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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa reciente condena al Ec. Fernando Calloia me generó sentimientos encontrados. Por un lado la satisfacción por el accionar de la Justicia, una vez más imparcial e independiente. La arbitrariedad en el accionar del acusado, pasándose por alto toda normativa y procedimiento, era evidente desde el primer día.
Pero por otro lado, vaya si será una pena que luego de 40 años de una impoluta trayectoria como funcionario del Banco República (su único sumario fue el participar en la huelga de 1973); más allá del fuerte enfrentamiento que los funcionarios tuvimos con él en el conflicto del 2011, y más allá de que luego del remate de Pluna, cuando se sentía acorralado por todos lados, comenzó a perder los estribos acusando a los blancos de ser todos corruptos, no se puede dejar de observar que se trató de un funcionario que quería a la institución, se dedicó a ella, trabajó incansablemente para sacarla adelante. El banco dio ganancias en cada año de su gestión, recobró buena parte de su cartera morosa y recibió innumerables reconocimientos (por mencionar algunos pocos logros de su gestión). Veinticuatro horas antes del malogrado remate de Pluna, nadie imaginaba este final.
Su trayectoria pedía un final decoroso, un irse por la puerta grande, con reconocimiento y loas a una vida dedicada a la institución.
Pero tan solamente una firma. Un momento. Un acto administrativo. Una mala decisión, y todo lo que construyó durante una vida se vino abajo como un castillo de naipes.
¿Qué habrá pasado por la mente de Calloia? Un tipo que se jactaba de una enorme responsabilidad y prolijidad en su gestión, al punto extremo de casi tocar el ridículo. ¿Fue compromiso político? ¿No le podía negar nada a Mujica? ¿Se creyó dueño del banco y que podía hacer lo que quería? No sé.
Más allá de las razones que motivaron su decisión, puso su prestigio, su carrera y trayectoria a la orden de su gobierno y se inmoló, hoy diríamos, por nada. Pluna no existe, ALAS UY tampoco. Es decir, Calloia ofrendó lo más valioso que una persona tiene (su buen nombre y su trayectoria) para nada. Accedió, ante su sola solicitud, al pedido de un Mujica que no tuvo ni el coraje ni la hombría de bien (¿cuándo la tuvo en toda su vida?) para ponerle el pecho él a la bala y dar la cara por su fiel operador. Lo dejó tirado. Lo traicionó. Lo entregó.
Nada justifica el accionar de Calloia. Eso está dirimido. Una pena que al día de hoy ya no pueda acreditar buena conducta en función de información sumaria de vidas y costumbres, como el estatuto de la institución les pide a sus funcionarios.
Pero en el juego de lealtades y coberturas políticas, Calloia quedó en cueros. Y es una lástima que termine así, luego de una vida dedicada a la institución.
Cada uno elige con qué quedarse. Yo elijo dejar de lado las discrepancias, el enfrentamiento que con él se tuvo y las ofensas recibidas; elijo dejar de lado el caso del aval, y recordarlo como un excelente funcionario. Y lo voy a tomar de ejemplo de lo que no se debe hacer. No hay lealtad política, ni a persona alguna, ni a partido alguno, que deba estar por encima del bien hacer, los principios, el orden y la ley. Quien me pida que me salga de eso, no merece mi sacrificio.
Cordiales saludos
Emanuel Seropián Dive