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El Sr. Carlos Fedele, politólogo y convencional del Partido Colorado, firmó la semana pasada una “Carta al Director” titulada “La fusión de los partidos tradicionales”. Como sé que generalmente son los jefes de redacción quienes ponen los titulares, no le echaré en cara que este título es incorrecto para referirse a la propuesta de que el Partido Nacional y el Partido Colorado articulen una presencia electoral conjunta.
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El tema —que planteé en “El País” en diciembre del 2009— se resume así: las reglas electorales vigentes, que comprenden varios pasos, llevan a que en el momento culminante del proceso, la multiplicidad de actores políticos se tenga que acomodar en dos casilleros disponibles y solamente dos. Uno lo ocupa quien haya ganado la primera vuelta electoral y el otro es el espacio que queda para todos los demás: el que llegó segundo, el tercero y todos los que haya.
El sistema electoral vigente puede gustar o no —yo lamenté el abandono de la ley de lemas— pero es el que está vigente. Lo más sensato es, por consiguiente, tratar de emplearlo con inteligencia.
El Sr. Fedele recoge y hace suyas las principales objeciones que se han hecho a la invitación a explorar combinaciones electorales entre blancos y colorados. Afirma que no es correcto sostener “que entre el Partido Colorado y el Partido Nacional no existan diferencias sustantivas”. Yo creo lo mismo: existen. Agrega que no se debe subestimar “las diferencias de mentalidades, sensibilidades y sustrato ideológico entre colorados y blancos”. También estoy de acuerdo. Pero hago notar que, con todas esas diferencias vigentes, ya hemos votado juntos en tres elecciones, sin haber perdido ni identidad, ni autonomía, ni nada.
No existen los peligros de los que nos quieren prevenir: el planteo no encara fusiones, es solamente electoral y aritmético. Como dije y todos sabemos, el sistema electoral vigente, excluyendo el caso excepcional de triunfo en primera vuelta, culmina en el ballotage que es, matemáticamente, un cotejo entre dos, más allá de cualquier consideración filosófica o de tradiciones partidarias. Sea cual fuere la cantidad de partidos o actores políticos que se presenten a la elección, el último paso es una confrontación entre dos: por un lado el ganador de la primera vuelta y por el otro todos los demás. Nuestro sistema electoral está articulado según una lógica binaria.
Connotados dirigentes, tanto blancos como colorados, se han manifestado contrarios a hincarle el diente a este asunto. Sin embargo parece razonable explorar, sin temores ni prejuicios, las posibles combinaciones de ingeniería electoral que permitan al Partido Nacional y al Partido Colorado manejar en provecho propio las reglas del juego electoral o, por lo menos, reducir los inconvenientes obvios que ellas aparejan. Y más vale hacerlo ahora, alejados de las fechas electorales: mucho más ardua será la tarea si se pospone (y no te digo nada cuando haya que compartir con el Frente Amplio ese segundo casillero).