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    Adiós micomandante

    Esta columna no es políticamente correcta.

    Si usted es de esas personas que creen que cuando un malo se muere, automáticamente se vuelve bueno, simplemente baje un piso, y visite a Darwin o al Gato Garfield, que son muy divertidos. Y no siga adelante con esta lectura.

    Yo por mi parte creo que el misterioso veneno que un agente encubierto de los Estados Unidos le inoculó al Hugo y que finalmente terminó aniquilándolo, logró que todo el aire del planeta, y muy especialmente el de América Latina, se sienta más fresco y respirable.

    El flipper del Hugo, que se llama Maduro pero debería llamarse “Más Duro”, cuando  dio urbi et orbi la noticia del fallecimiento del presidente re-re-reelecto, dijo que en Venezuela se estaba ya investigando desde qué rincón del imperio maldito y gusano del Norte (el mismo al que Venezuela le vende 5.500 millones de dólares en petróleo cada año) había salido el críptico jugo envenenado que los gringos le habían inyectado al desdichado coronel, infectándolo de muerte.

    Yo te cuento, Más Duro: todo ocurrió hace unos años en una cumbre presidencial, en la que coincidieron Chávez y Obama.

    Tras su habitual perorata de varias horas, y aprovechando que en esa cumbre no estaba el rey Juan Carlos para gritarle “¡¿por qué no te callas?!”, Chávez se dirigió al lugar donde estaba sentado el presidente Obama, y le obsequió un ejemplar del culebrón de Hughes Galeano “Las Venas Abiertas de América Latina”.

    Obama, que ya había leído la versión en inglés y sabía lo que decía el libro, se lo agradeció de todas maneras con un apretón de manos. Cuando le dio la mano —Más Duro, andá llevando— del anillo que lleva Obama en su mano derecha salió una finísima aguja emponzoñada que le inoculó indoloramente el germen maldito que finalmente lo llevaría a la muerte al comandante.

    Yo lo comprendo a Obama, porque si a mí me regalan ese libro, le hago lo mismo al que haya tenido tamaña ocurrencia.

    Una cosa le critico, eso sí.

    El veneno fue tan lento, que entre el pinchazo y la muerte le dio tiempo al personaje para cerrar varios canales de televisión, radios y periódicos, encarcelar a los jueces que sentenciaban contra sus caprichos y arbitrariedades, nombrar otros jueces que dictaban las sentencias que él ordenaba, reformar la Constitución a su gusto, cambiar el escudo, la bandera, el huso horario, abrirle bases territoriales a Irán en territorio venezolano, recibir en olor de santidad a Mahmud Ahmadinejad, reunirse con Muamar el Gadafi (ya deben estar juntos de nuevo), comprarle armas y aviones a Putin, regalarle 100.000 barriles de petróleo por día a Cuba para alargarles el reinado a los Castro Brothers, asociarse con su chequera y meterse en los asuntos internos de varios países, abriendo sucursales bolivarianas en Argentina, Nicaragua, Bolivia y Ecuador, mandarle valijas llenas de dólares a los Kirchner por medio de Antonini Wilson, sacarle las castañas del fuego a Tabaré inventando el Bandes, que se está fundiendo, para salvar a una financiera que también se estaba fundiendo en el 2005, hablar 35.589 horas en su audición Aló Presidente, mentirles a los habitantes del Pueblo Bolívar de Canelones (que se llama así porque uno de sus fundadores fue don Bolívar Bermúdez) diciéndoles que el primer pueblo bolivariano del Uruguay recibiría una policlínica y una escuela de regalo de parte del socialismo revolucionario y bolivariano del siglo XXI (que nunca aparecieron), y hasta cantar —desafinando mal— las canciones de Los Olimareños.

    En fija que en una primera etapa marchó para allá arriba, gracias a los crucifijos que siempre andaba besando, y gracias también a la misa que le organizó su monaguillo ad-hoc, el Pepe Mujica.

    Cuando San Pedro le preguntó qué andaba haciendo por ahí, el hombre miró una nube confortable y le dijo “¡exprópiese!”, y eso debe haber sido suficiente para que el patrón de allá arriba le diera a San Pedro la orden de que lo mandara para abajo, sin escalas en el Purgatorio porque ahí ya no quedan vacantes.

    En fija que, cuando llegó a su destino final, Lucifer lo recibió con bombas, bombos y platillos, y le dejó que eligiera la hoguera en la que será horneado a fuego lento, cerca de Stalin (que ya había elegido hace 60 años el mismo día que él para alejarse de la tierra) del Can Ario don Adolfo, de Muamar el Gadafi, y de tantos otros personajes que la historia ha elegido para que llenen el otro plato de la balanza, a veces emparejando con el de los buenos, a veces desemparejándolo para el lado de los malos, en fin, en ese vaivén de los tiempos que llevaba a uno de mis abuelos, que era bastante pesimista, a decir “los hombres y las mujeres son la gente peor del mundo”.

    Para cerrar esta columna, que hoy no es cómica pero se sigue llamando “no es broma”, traigo a colación una anécdota que circula en el mundillo político uruguayo desde mediados del siglo pasado, y refiere a dos connotados dirigentes del Partido Nacional (no los voy a nombrar, porque no viene al caso quiénes eran) que estaban duramente enemistados. Uno falleció, y el otro fue al entierro. Al llegar, alguien le dice al inesperado visitante “qué bien, doctor, frente a la muerte arriamos las banderas de la enemistad, ha venido usted a despedir al correligionario”. A lo que el doctor le respondió: “No, en realidad vine para comprobar que efectivamente está muerto”.