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    Adolfo Esteve Martínez

    Sr. Director:

    El 27 de noviembre pasado se cumplieron 10 años de que se nos fue el Flaco Adolfo Esteve, contador, funcionario del Tribunal de Cuentas, socialista y utópico.

    Pegó el estirón cuando entró en Facultad, por eso para sus compañeros de preparatorios siempre será el Petiso Adolfo. Ese petiso, un año mayor que yo, vivía a dos cuadras de casa; nos conocíamos del barrio o de cuando jugábamos al fútbol al costado del club de tiro, por el parque Batlle. A fines de los sesenta coincidíamos en el IAVA y en la Facultad. Su padre, que había fallecido poco antes, colorado y batllista de Vasconcellos, era maestro, fue director de Institutos Penales (cuando estos daban prioridad a la recuperación de los presos y dependían del Ministerio de Instrucción Pública). Gracias a este vinculo político con Don Pose, el caudillo del barrio, Adolfito, como le decía su madre (doña Laura), ingresó al TCR.

    Los años 1968 y 1969 nos encontraron en el IAVA, viviendo la intensidad de una formación que solo la podemos contar quienes la vivimos. Profesores exministros, como Secco Ellauri, literatos, como la misma Idea Vilariño, sabios, como José Pedro Barran, o incipientes futuros cancilleres, como Didier Opperti, filosofos, como San Miguel o Llambias de Azevedo, teníamos para elegir, de derecha a izquierda lo más radical de la época, y absorbíamos como esponja ideas y pensamientos.

    El Petiso, con antepasados ácratas y muchas historias verdaderas o imaginarias de sus abuelos, agarró para la militancia en el Partido Socialista, convirtiéndose en fanático de las tésis de el Gordo Trías, y del profesor de historia Machado. La Historia de los orientales y Las venas abiertas de América Latina, bajo el brazo, no afectaron su capacidad de estudio. El método aprendido con Carlitos en la residencia del Opus Dei hizo que el Petiso no perdiera un solo examen en facultad, después de sortear algunas dificultades en el primero del IAVA

    En el año 1971, él ya afiliado y casi un cuadro del PS, y yo católico, de las primeras comunidades cristianas formadas desde los grupos de reflexión de la parroquia San Ignacio, vimos la necesidad de participar en el Frente Amplio. También nos afectó mucho la muerte de Julio Spósito, a quien conocíamos los dos, del barrio y del IAVA.

    Los comités de base Estación Pocitos y Arizona del FA eran los de nuestra zona y había quedado un espacio de ocho manzanas sin cobertura donde no se repartían volantes, no se pegatinaba, no se pintaban los árboles ni se hacían barriadas. Planteamos en la coordinadora M, en la calle Chucarro, hacer un comité nuevo, el sueño del comité de base propio. Y así el 30 de setiembre de 1971, el día en que el FA hacía 700 actos simultáneos, lanzamos el comité 30 de Setiembre, en Rivera y MacEachen.

    Creíamos en un futuro posible y diferente, donde no hubiera coches baratos, ni 383, ni Baris González, ni Segovias, ni políticos corruptos en general; un futuro con justicia y propuestas para alcanzar un país más igualitario, con más oportunidades y formación para todos, donde todos tuvieran trabajo y donde el gobierno fuera admirado por capacidad, honradez y por ser garante de justicia social. Poco nos importaba, es verdad, esa democracia representativa, que ni siquiera podía levantar las medidas de seguridad. Discusiones sobre la lucha armada, foco o partido, el documento 5 del MLN..., en fin, horas de inútiles elucubraciones y, si lo miramos hoy, casi tan inútiles como inexplicables.

    Y creímos en ese Frente Amplio recién formado como si estuviéramos en Chile, sin saber mucho y poniendo ilusión antes que realidad. Pero la realidad fue mucho más fuerte y se nos cayó la ilusión y aprendimos sin quererlo a valorar lo que perdimos: la democracia.

    Cuando jóvenes, doña Laura nos carajeaba por agarrar el garaje de su casa para pintar carteles. Un viernes de 1974, Adolfo fue requerido en un comunicado, de las 20 horas, de las fuerzas conjuntas, junto con otros compañeros de la facultad por pertenecer a las “agrupaciones revolucionarias estudiantiles” ARE.

    Adolfo me trajo a casa libros, los discos del Alberto, que estaba en Chile, y panfletos (ya estando trabajando en el TCR) . Pasó el fin de semana en casa esperando que allanaran la suya, pero nunca sucedió y, al lunes siguiente, se presentó como siempre a trabajar al TCR, habló con el director que lo había hecho entrar, dijo qué pasaba y tampoco pasó nada. Nunca pudimos saber por qué zafó. Siguió yendo todos los días a trabajar y nunca fueron siquiera a revisar su casa. Al tiempo le devolví los libros; los discos de Alberto los tengo yo hasta ahora.

    Cuando retornamos a la democracia, yo descreí del FA y me reprochó bajarme. El Petiso siguió firme hasta el final; casi hasta la locura defendía que la administración pública tenía arreglo, aunque había que echar a una manga de inservibles que obviamente venían de las administraciones anteriores. Claro que en el 2005 empezó a darse cuenta de algunas cosas, como que esos inservibles que aumentaban eran votos y que algunos ideales quedaban postergados por los intereses particulares, y le tocó padecer en carne propia: nunca fue director del TCR, aunque méritos y militancia le sobraron.

    Y él, cada vez que me veía, me mostraba su foto con el general Seregni, orgulloso de su amistad. El Petiso era honesto intelectualmente, creía en un mejor Uruguay, creía en la fuerza ética del FA y en el Estado al servicio de la sociedad. Le había tocado auditar las oficinas de Pluna en Tel Aviv y en Buenos Aires, me contó alguna cosa, muchas otras se las guardaba.

    Sufrió un fatal ACV al fin de una conferencia sobre la actuación de las auditorías privadas en la gestión pública, luego de, como casi siempre, denunciar la limitante burocracia en las jornadas de la Ulatoc (Unión Latinoamericana de Trabajadores de Organismos de Contralor) del 2008.

    Adolfo, a diez años de tu partida, y en recuerdo de aquel Frente por el que militamos y para todos los Adolfo idealistas del primer Frente, solamente mando un saludo afectuoso como el que le daríamos al Petiso al ver esta realidad que nos pega como un látigo moral, con ética relativizada, con manejos del poder en beneficio propio o de algunos; todo tan lejos de los ideales, pero tan cercano a lo que nos repugnaba y aborrecíamos e íbamos a cambiar. Esta realidad que mató aquella utopía del 1971, haga forjar nuevas y más realizables, como las que quería el Petiso.

    Vaya como un recuerdo al querido flaco Cr. Adolfo Esteve (1952-2008), frentista de la primera hora.

    Cr. Jorge Bergalli