En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Notoriamente, vivir una realidad no es igual a identificarla conceptualmente; si la vivencia es, como corresponde, muy intensa, la aproximación conceptual suele ser problemática. Es lo que le ocurre a Víctor Hugo, rey del movimiento romántico en Francia, que no acierta a encerrar en una cláusula más o menos directa lo que vive y postula esa corriente. Después de confesar que ignora profundamente qué es el género clásico y qué el género romántico, afirma lo siguiente: “Ciertos críticos han convenido en honrar con el nombre de clásico las producciones de todo escritor anterior a esta época, mientras que es romántica toda esta literatura que crece y se desarrolla con el siglo XIX” (1824).
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Esa mirada, podríamos decir perspectivista, se adscribe demasiado al impulso inicial de los jóvenes del Sturm und Drang, quienes con Schiller y Goethe a la cabeza proclamaban derribar los moldes, fronteras, convenciones, cánones e ideas preconcebidas que identificaron al clasicismo. Esa rebelión, que se dio en el campo de las formas porque era la forma lo que constreñía, enseguida pasó a ser un motín de orden moral, estético, psicológico: el artista no es ya el ejecutor excelente de un plan conforme a las leyes de la perfección, sino una persona única que tiene trato y competencia con la divinidad. Lo que vendrá después es una lineal consecuencia de esta asunción; alcanza con ver lo que propuso Víctor Hugo en el prefacio de Hernani, donde dice: “El romanticismo, tantas veces mal definido, no es juzgado en conjunto si no se considera que él no es otra cosa que el liberalismo en literatura. Esta verdad ha sido comprendida aproximadamente por casi todos los espíritus. A la libertad en el arte y a la libertad en la sociedad es lo que deben tender los espíritus consecuentes y lógicos. He ahí la doble luz que une a bien pocas inteligencias. La libertad literaria es hija de la libertad política anterior. Cada progreso en el país hará conmover todo lo que ellos mismos (los padres) habrían levantado… Hemos salido de la vieja forma social; ¿cómo no saldremos de la vieja forma poética?”.
Víctor Hugo nos desconcierta al introducir el liberalismo como sinónimo de jacobinismo, pero en parte se redime cuando simplifica y da a entender que el romanticismo debe hacer en literatura lo que cree hizo la revolución de 1793. Esto nos lleva a considerar que, si hay identificación entre el orden político y el orden literario, no sabemos exactamente lo que el romanticismo debe hacer, aunque sí algunas cosas que positivamente no debe hacer; las más notorias: guardar homogeneidad formal; ocultar la pasión. En varios momentos el autor ha sentido visiblemente la necesidad de definir alguna otra vez lo que él mismo nos dice en este prólogo; veamos lo que a propósito del tema presenta en el prólogo a las Baladas(1826): “El pensamiento es una tierra virgen, fecunda, en que las producciones quieren crecer libremente… Nosotros no decimos dónde está la belleza, sino dónde está el orden y dónde está la belleza, dónde está el orden y dónde está el desorden. He ahí que algunas aguas cautivas no broten más que para purificarse. Por todos lados, el orden natural subvertido. Aquí, por lo contrario (en una selva del Nuevo Mundo), todo obedece a una ley invariable. Las gotas de agua corren por su vertiente y forman ríos, que formarán mares…”.
Hay inconsistencias, contradicciones en estas tiradas de Victor Hugo. Me parece que en medio de tantos circunloquios quiere dar a entender tan solo que cierta libertad, cierta espontaneidad de creación, debe ser la condición primera de toda literatura conjugada con cierta rebelde veneración por lo antiguo, con una suerte de aprecio trabajado bajo un nuevo lenguaje, o nuevos gestos. Lo expresa en una imagen que siempre me pareció memorable por su elocuencia: “Por qué no sucedería con una literatura tomada en conjunto como con esas bellas ciudades de España donde nosotros encontramos de todo, viejas plazas cerradas, otras abiertas, casas altas, bajas, blancas, negras, de todas clases: palacios, conventos, cuarteles; mercados llenos de vida, cementerios donde los vivos se callan como los muertos; en el centro, la gran catedral gótica, sus soportales, su friso resplandeciente como un collar, sus columnas en haces, sus ojivas, y finalmente, en otro extremo de la ciudad, la mezquita oriental, sus cazoletas que humean día y noche, sus versos del Korán sobre las puertas”.
Tal experiencia podría ser finalmente el romanticismo.