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    Ampliación del campo de batalla

    El bramido de Düsseldorf: la autoficción definitiva de Sergio Blanco

    Una estructura de paneles blancos de unos dos metros y medio de alto define nítidamente los límites del escenario. El mismo material compone la totalidad del piso. Sobre esta caja blanca/pantalla se proyecta la escenografía. Es decir, cualquier cosa: una plaza, un campo de concentración, un consultorio, el rostro de Marlene Dietrich cantando en primer plano. Frases clave del texto o los nombres de los tres actores también forman parte de la videoescenificación. La puesta en escena de El bramido de Düsseldorf atrapa al espectador, lo seduce y renueva constantemente su atención durante los cien minutos de alto vuelo que propone Sergio Blanco.

    Hace 40 años, el crítico y novelista francés Serge Dubrovsky publicó una novela titulada Hijos, que cruzaba un relato autobiográfico con subtramas ficticias protagonizadas por el mismo personaje, encarnado en el escritor-narrador. La mezcla de realidad y fantasía es un recurso narrativo más viejo que el papel y la tinta, y siempre que alguien contó una historia, la misma fue adornada con algún detalle de color. Lo que hacen autores como Dubrovsky y ahora Blanco es, con semejante recurso, un género en sí mismo.

    Se trata del cuarto título consecutivo, enmarcado en esta nueva tendencia teatral, que el dramaturgo montevideano radicado en París estrena en Montevideo. En 2013 montó Tebas Land, sobre el vínculo entre un escritor y un preso por parricidio; en 2015 estrenó Ostia, interpretada por él mismo junto a su hermana Roxana Blanco, y ese mismo año llegó La ira de Narciso, en la que Gabriel Calderón encarnó al personaje llamado Sergio Blanco, envuelto en una trama policial en un hotel de la capital de Eslovenia, donde se aprestaba a dar una conferencia. En esta nueva incursión autoficcional, Sergio Blanco —interpretado por Gustavo Saffores, quien en Tebas Land era un escritor llamado S— va de visita a Düsseldorf junto a su padre (Walter Rey) para concretar un nuevo proyecto laboral, pero todo se ve alterado cuando el anciano sufre un infarto y pasa sus últimos días en un hospital, acompañado por su hijo. La actriz Soledad Frugone interpreta todos los roles femeninos: una enfermera, una productora audiovisual y una narradora de un documental. La crónica de la agonía y muerte del progenitor —y todo lo que puede suceder entre un padre y un hijo mientras el padre se despide de la existencia en una clínica— es el eje de gravedad de esta historia. Y el modo en que Blanco decide contarla pone en órbita una cantidad de satélites narrativos que multiplican el interés y la profundidad del relato.

    En una verdadera rareza en el teatro uruguayo, la dupla Frugone-Saffores actúa seis días a la semana. Además de esta obra, que va entre semana en la Zavala Muniz, ambos protagonizan en El Galpón, de viernes a domingos, Nerium Park, drama del catalán Josep María Miró.

    Tenemos a tres actores que ponen mucho de su vida, enraizando parlamentos de su personaje con anécdotas laterales de ellos mismos, como la formación en el método Bayerthal que Rey hizo en su juventud y que le permite al actor de El Galpón poder bailar tecno en escena con casi 80 años. Blanco desliza a través de sus actores gran cantidad de información sobre su vida, mezclando datos reales con otros inventados, como el de la muerte de su padre, que —vale la aclaración— presenció el estreno de esta obra.

    El protagonista está en la ciudad alemana por tres motivos. Uno es la inauguración de una muestra (de la que escribió el catálogo) sobre Peter Kürten, un célebre asesino serial alemán de principios del siglo XX, conocido como “El vampiro de Düsseldorf”, que inspiró el célebre filme de Fritz Lang M, el vampiro de Düsseldorf (el título de la obra remite sonoramente a esta cinta). Otra de sus tareas es negociar y firmar un contrato como guionista de películas pornográficas con un peso pesado de la industria porno europea. Y el otro renglón subrayado en su agenda es ir a la sinagoga de Düsseldorf para tramitar su conversión al judaísmo. Así, Blanco, un autor eminentemente discursivo, comparte con los espectadores su visión del mundo, de la política, del arte, de la religión y asuntos de orden filosófico, como la libertad y la evolución de la sexualidad en la sociedad. También tienen su espacio historias secundarias, imágenes ilustrativas de gran belleza poética.

    El certero entretejido de la trama garantiza dinamismo y coherencia en la organización del relato, un juego muy entretenido que fluye libremente en medio de su aparente complejidad. Esa estructura textual en la que los personajes están todo el tiempo entrando y saliendo de la ficción, y en la que —esto es centra— poco importa qué es verdad y qué es mentira ficcional, garantiza una agradable y necesaria sensación de verdad escénica. Las emociones se precipitan y se mezclan como en torbellino, de la mano de tres notables intérpretes que, dirigidos con mano maestra, se sienten a sus anchas. Especialmente Rey, un actor de la vieja guardia, quien pasa de interpretar las imponentes líneas del rabino, dichas con toda la pompa, a mirar a su hijo y decirle con picardía: “¡Cómo estuve, ¿eh?!”.

    Al igual que en La ira de Narciso, obra de la que El bramido de Düsseldorf es natural consecuencia, la música juega un rol central. Sin llegar a plantear un musical convencional, Blanco usa las canciones de la banda sonora como un espacio de relajación para el espectador, un momento de reflexión sobre lo que acaba de suceder y un separador de gran belleza y funcionalidad entre las escenas. Un parlamento dicho con el tono preciso, sobre la música indicada, multiplica exponencialmente su poder emotivo. El uso de micrófonos amplificados permite un más que interesante juego de efectos vocales para sumar la producción sonora a los rubros que brillan en la puesta.

    No es casualidad que Sergio Blanco sea hoy el autor teatral uruguayo más difundido en el mundo y que en este momento haya más de una docena de títulos suyos en cartel en tres continentes. Sus obras son totalmente autorreferenciales y su propia figura es central en su dramaturgia actual. Pero esto no es necesariamente algo negativo si lo que cuentan sus creaciones es interesante y entretenido. Además, el texto está cargado con muchas de las objeciones y críticas que el propio Blanco recibe por esa reiterada conducta egocéntrica.

    No es casual tampoco el premio al mejor texto que ganó la versión británica de Tebas Land a fines del año pasado. Quien presencie este bramido escénico se enfrentará a un artista que claramente está haciendo punta en un estilo de teatro contemporáneo rico en ideas, en poesía y en emociones. Y que sin dudas está ampliando los límites del escenario teatral, el campo de batalla de los actores.

    El bramido de Düsseldorf. Texto y Dirección: Sergio Blanco. Intérpretes: Gustavo Saffores, Walter Rey y Soledad Frugone. Video Arte: Miguel Grompone. Escenografía, Vestuario y Luces: Laura Leifert y Sebastián Marrero. Diseño de Sonido: Fernando Tato Castro. Sala Zavala Muniz, martes, miércoles y jueves, 21 h. Entradas: $ 500.

    Vida Cultural
    2017-08-24T00:00:00

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