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    Ancap, Resta In Pace (RIP)

    N° 1846 - 17 al 23 de Diciembre de 2015

    La “aventura” de Ancap comenzó a principios del siglo XIX, cuando don José Batlle y Ordóñez, por 1912, quería contar con una fuente de energía propia, fuera en base a petróleo o alcohol. Hasta el día de hoy —cien años después— no se consiguió ni lo uno ni lo otro. Lo que sí se consiguió fue despilfarrar miles de millones de dólares detrás de un sueño que hace décadas es una pesadilla. Y la pregunta a hacerse es: ¿tiene sentido seguir intentándolo?

    El negocio de la venta de petróleo y sus derivados es hoy un commodity, un negocio con enormes costos de inversión y una rentabilidad muy fluctuante. Los que ya están metidos en él, siguen, pero en las últimas décadas ninguna empresa ha ingresado a este rubro porque, simplemente, no es tan atractivo como se lo ve desde afuera.

    Cuando se creó Ancap en 1931 se temía que Uruguay se quedara sin proveedores de combustibles lo que fue y es una fantasía. Y hoy lo es más aún, dados los avances en la energía eólica, solar, biomasa o nuclear, que hacen que el petróleo sea cada vez menos atractivo.

    Si no tiene sentido que el Estado se meta en el negocio de los combustibles, menos sentido tiene que lo haga en el de las bebidas alcohólicas. El gran argumento para justificar al Estado fabricando whisky, caña o grapa es siempre el mismo: “proteger” a los consumidores. La verdad es que yo (y mi estómago e hígado) nos sentimos mucho más “protegidos” consumiendo bebidas “double black” importadas de Escocia sin impuestos, que pagando caro las bebidas que fabrican nuestros funcionarios públicos.

    Otro negocio incompresible en manos del Estado es el del portland. ¿Para qué? ¿Acaso esto ha servido para construir viviendas más baratas? En Uruguay hay fábricas privadas que corren con sus propios riesgos (no con el dinero de los contribuyentes) y en la región hay verdaderos gigantes que nos pueden proveer sin problemas. Entonces, ¿para qué esta otra fantasía?

    El gran problema que tenemos los uruguayos es creer que las empresas públicas siempre van a ganar dinero y lo van a “repartir” generosamente entre los “más necesitados”. Nunca sucedió y nunca va a suceder.

    Primero, porque la rentabilidad de un negocio no está asegurada jamás. Se requiere de habilidades gerenciales, innovación y buenos productos, atributos que suelen escasear en manos del Estado, y por eso la “blindaron” con un monopolio. ¿Qué lograron? Esquilmar los bolsillos de los consumidores, que pagamos el combustible más caro y, para colmo, la terminaron fundiendo. Es como salir a pescar con un balde y terminar ahogado.

    Mientras las rutas nacionales están semidestruidas, no hay dinero para darle remedios a un enfermo terminal de cáncer y se cortó la inversión en fibra óptica limitándonos el imprescindible “más ancho de banda”, ahora van a “invertir” (¿despilfarrar?) más de mil millones de dólares para capitalizar a este monstruo de siete cabezas.

    A esta altura del partido los uruguayos deberíamos haber aprendido algunas lecciones.

    Primero: que el Estado no tiene que meterse a administrar negocios y cuando lo hace, suele ser un mal gestor. Lo que sí tiene que hacer el Estado —y no hace— es crear las condiciones óptimas para que se desarrollen negocios sanos y transparentes. Y si nuestros gobernantes no saben cómo hacerlo, que lean el ranking Doing Business del Banco Mundial, donde encontrarán muchas respuestas.

    Segundo: ya sabemos que es una gran farsa que las empresas públicas nos hacen más “soberanos” o que son “estratégicas”. Si el bochornoso cierre de Pluna no fue lección suficiente, no sé qué otro cataclismo debe acontecer para abrir la esclerosada mente uruguaya.

    Tercero: las empresas públicas no son “de los uruguayos” sino de los empleados públicos, de los políticos que se valen de ellas y de un grupo de empresarios que revolotean a su alrededor. Casi ninguno de los beneficios de trabajar en ellas llega a Juan Pueblo, pero sí llegan todas sus desgracias.

    Poner más dinero en Ancap, bajo un panorama que avizora negros nubarrones en el horizonte regional, no tiene justificativo alguno. Si quieren arriesgar dinero que lo hagan en negocios con más futuro, como la biotecnología, la robótica, la nanotecnología o la inteligencia artificial.

    Los buenos banqueros aplican una máxima que dice: “No tires dinero bueno detrás de dinero malo”. Asumamos las pérdidas de Ancap. Démosle un entierro de lujo. Pero no entierren las oportunidades de miles de uruguayos que tendrán que pagar las erróneas decisiones que se tomen ahora. Ancap: Resta In Pace (RIP).

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