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    Aniversario del golpe de Estado

    Sr. Director:

    El fin de la Segunda Guerra Mundial sucedió en mayo del año 1945, dejando tras de sí un continente devastado social y económicamente.

    ¿Se imaginan ustedes cómo era el ánimo de todos aquellos que habían perdido familiares, parte de su integridad física, sus bienes, su patria, su vida emocional e intelectual los sobrevivientes del Holocausto?

    Tras declaraciones como la llamada en 1946 de Winston Churchill para crear los Estados Unidos de Europa, en 1949 se estableció el Consejo de Europa, como la primera organización paneuropea. Al año siguiente, el 9 de mayo de 1950, el ministro de Exteriores de Francia, Robert Schuman, propuso la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Sobre la base de ese discurso, Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo y la Alemania Occidental firmaron el Tratado de París (1951), que creó la CECA al año siguiente. El tratado dio origen a las primeras instituciones, como la Alta Autoridad (hoy la Comisión Europea) y la Asamblea Común (ahora el Parlamento Europeo). Posteriormente una Conferencia Intergubernamental sobre el Mercado Común y Euratom se centró en la unidad económica y dio lugar a los tratados de Roma, firmados en 1957, que establecieron la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom) cuya misión sería integrar a los sectores de la energía nuclear, mientras que la CEE desarrollaría una unión aduanera entre los miembros.

    Del texto precedente, se desea destacar años (fin de la guerra, 1945, primera declaración y llamado, 1946, primeros hechos: 1949, 1950, 1957).

    Los padres fundadores de la Unión Europea son un grupo de ocho políticos europeos —activos en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial— considerados oficialmente como los principales impulsores de la integración europea en sus inicios durante la década de 1950. Sin embargo, varias han sido las personas que han participado en la construcción de las comunidades europeas, primero, y de la Unión Europea (UE), después, a partir de la llamada Declaración Schuman de 1950. Algunas de estas personas han jugado un papel destacado en la vida de sus propios países de origen, papel que incluso puede ser más significativo que el que han representado en el seno de la Unión.

    La Comisión Europea (CE) oficialmente considera como tales a Konrad Adenauer, Jean Monnet, Winston Churchill, Robert Schuman, Alcide de Gasperi, Paul-Henri Spaak, Walter Hallstein y Altiero Spinelli.

    Se observa que los padres fundadores de la Unión Europea pertenecen tanto a los países que “ganaron la guerra” como a los que la perdieron, en una situación en la que todos perdieron mucho.

    ¿Qué se aprende de estos hechos?

    1. Cincuenta años del golpe de Estado. En el mes de febrero, ya se recordó el “febrero amargo”. El próximo mes de junio se recordarán los 50 años del día del golpe de Estado. Si bien es una desgracia nacional, se pelearán para demostrar quién sufrió más y también para agraviar a los culpables y los cómplices de aquellos hechos.

    En tiempos de grieta que se juega con fuego, queda claro que no aprendimos nada.

    Y no avanzamos nada.

    2. Rehenes: “lo que resistes persiste, lo que rechazas te somete”. En un artículo titulado Cómo pensar, decir o hacer precisamente lo peor para cada ocasión, el psicólogo de Harvard Daniel Wegner explica el mecanismo cognitivo de la desafortunada tendencia de la mente de poner de manifiesto algún delicado asunto que habíamos resuelto omitir.

    Dicha tendencia es precisamente lo que Edgar Allan Poe denomina como “el demonio de la perversidad” (Goleman, Daniel, 2013, Focus, El motor oculto de la excelencia, Ediciones B Argentina S.A., pág. 44).

    Si bien el dolor es inevitable, cuando lo transitamos con toda la rabia, la pena o la impotencia que ello trae, “el demonio de la perversidad” (Edgar Allan Poe) lo retroalimenta de manera tal que pasamos la vida rehenes de aquellos que nos infligieron el daño.

    Estos efectos paradójicos de la represión de pensamientos son normales.

    Cuando una persona intenta reprimir algo, este deja de ser un proceso pasivo en su cerebro para convertirse en algo activo, por lo que una mayor proporción del cerebro se ve implicado y hace que la persona se vea más consciente en el tema (Burnett, Dean, 2018, El cerebro feliz, Paidós, Argentina, pág. 303). Esta idea adquiere prioridad sobre los otros pensamientos, lo que hace que se preocupe más en el tema.

    Así que frente a la persistencia del tema en la propia mente y al bombardeo en los medios de comunicación, “el mejor modo de confirmar los límites y satisfacer la curiosidad es tocando la valla electrificada” (Burnett, Dean, 2018, op. cit., pág. 303).

    El dolor es inevitable y va a ocurrir igual. El dolor no se sana. Las penas grandes no se superan, y muchas veces se reactivan y hay que caminar con ellas. Y en ese transitar hay días buenos y malos. Pretender más que eso es darle al ser humano una omnipotencia que no tiene o anhelar un ideal que no existe. El solo hecho de que el tiempo transcurra conlleva a que los dolores, que siempre deben ser respetados y escuchados, decanten. El apego es la mayor causa de sufrimiento humano, porque con las tendencias posesivas se sufre más. Uno nace y muere solo y debe aceptar las partidas y las pérdidas, aunque nunca se esté preparado para ellas. Esa habilidad se desarrolla en el camino, sabiendo que quien se fue siempre algo nos dejó. Y cuando uno entiende que nada es nuestro y que el amor superior se antepone a uno se es capaz de soltar a pesar del desgarro. Es un salto de evolución. Creer, por ejemplo, que nuestros hijos siempre nos van a sobrevivir es esperar de la vida una linealidad que no tiene. Nuestras seguridades no pueden estar puestas fuera de nosotros.

    Elegir superar el dolor es un esfuerzo. Las maratones muestran la necesidad del ser humano de hacer algo que cueste, de probar los límites en relación con la capacidad de resistencia. Siempre lo que más se disfruta en la vida es lo que más nos ha costado.

    El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional, ¿qué podemos hacer para que los verdugos no sigan ganando la guerra y nosotros seguir siendo sus rehenes?

    3. Terroristas. Los terroristas son maestros en el control de las mentes. Matan a pocas personas pero logran aterrorizar a miles. El terrorismo es una estrategia militar que pretende cambiar la situación política extendiendo el terror. En general, esta estrategia la adoptan grupos muy débiles que carecen de otro tipo de armas. Piensan como productores teatrales, montan un espectáculo aterrador que se apodera de nuestra imaginación y son juzgados por el impacto emocional que nos causan. El teatro de terror no puede tener éxito sin publicidad, por tanto, su éxito o fracaso depende de si permitimos que nuestra imaginación caiga presa de los terroristas.

    Si después reaccionamos de manera exagerada por nuestros propios temores, el terrorismo triunfará.

    Si nos liberamos de los terroristas y reaccionamos de una manera equilibrada y fría, el terrorismo fracasará.

    Porque, ¡cuidado!, “Quién controla el pasado, controla el futuro”. El pasado es alterable por naturaleza (George Orwell, 1984).

    4. Aceptar. “Resignarse es una cobardía, es el sentimiento que justifica el abandono de aquello por lo cual vale la pena luchar, es, de alguna manera, una indignidad. La aceptación es reconocer la voluntad del otro, sea este un ser humano o el destino mismo. No nace del miedo como la resignación, sino que es más bien un fruto” (Sábato, Ernesto, 2.000, La resistencia, 1ª ed., Grupo Editorial Planeta, págs. 139 y 140).

    Las voluntades de otros, que son muy distintas a las mías y que por tanto contrarias a mi proceder. Pero son reales, existen. Y si hoy mienten y callan sobre lo que sucedió, es porque mentir integra el menú de conductas terroristas, de los que matan y secuestran con fines políticos. Recordar a aquellos que también secuestraron y mataron con fines políticos, que con todo el poder del Estado a su favor mintieron y armaron todo un circo político en el caso de Pluna con “el caballero de la derecha”.

    El reto consiste en aprender a aceptarlo tal como es, lo cual no quiere decir mostrarnos insensibles e indiferentes. Aceptar tampoco significa estar de acuerdo con lo que en él sucede. Mucho menos, resignarnos. Si bien la resignación es un punto de llegada, la aceptación es un punto de partida. Al aceptar la realidad tal como es dejamos de perturbarnos a nosotros mismos y no nos victimizamos. Y, en consecuencia, disponemos de más energía y lucidez para actuar en coherencia con nuestros valores y con nuestra conciencia ética, dando lo mejor de nosotros mismos desde nuestra verdadera esencia.

    Este aprendizaje también nos lleva a aceptar que los demás no nos acepten. Es decir, a no reaccionar ni ponernos a la defensiva cada vez que otras personas proyectan una imagen limitada acerca de nosotros. Más que nada porque están en su derecho de mirarnos, interpretarnos y etiquetarnos según la información distorsionada que les llega a través de sus respectivos modelos mentales y sesgos cognitivos.

    De hecho, al haber trascendido de nuestro falso concepto de identidad ya no sentimos la necesidad de justificarnos ni de defendernos. Sabemos quiénes somos y eso es más que suficiente.

    “Aquello que no eres capaz de aceptar es la única causa de tu sufrimiento” (Gerardo Schmedling).

    Rafael Rubio

    C.I. 1.267.677-8