N° 1759 - 03 al 09 de Abril de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl ingeniero Juan Carlos Bassi, exdirector de Calidad de Ford Argentina, sostenía en una entrevista que le realizara “El Observador” que “los gerentes son responsables por todo lo que se hace en una empresa y lo que se deja de hacer: por el orden, la limpieza y la calidad. Cuando el gerente abandona ciertos roles de liderazgo, es la gente la que empieza a ocupar el lugar de la gerencia y lo hace con menos energía”.
Este principio, que es regla en la actividad privada, parece ser la excepción en la actividad pública. A un gerente de la actividad privada solo le aceptan resultados, no excusas. Pero en los organismos públicos es al revés: las excusas funcionan de maravilla y los buenos resultados brillan por su ausencia.
Dos conocidos refranes entran en total confrontación ante estos hechos: el que dice “lo que vale es la intención” y el otro que sostiene “de buenas intenciones está pavimentado el camino al Infierno”. El primero lo utilizan los mediocres; el segundo, los líderes.
Al patético caso de Pluna, donde nada se hizo bien y terminó con el procesamiento de Lorenzo y Calloia, se le suma ahora el caso del intendente de Colonia Walter Zimmer, quien también fue procesado por el mismo delito de “abuso de funciones”.
El común denominador de estos casos fue apelar a las “buenas intenciones” de estos administradores de la cosa pública, buscando con ello zafar de la condena judicial y, sobre todo, de la condena social.
Es que para la “uruguayez”, el karma de las “buenas intenciones” parece tener un efecto curativo inmediato sobre las culpas e ineptitudes de los burócratas, pero —paradójicamente— no sana las cuitas de la actividad privada: aquí valen los resultados, no solo las intenciones.
Llama la atención que tirios y troyanos hayan organizado visitas y manifestaciones en “solidaridad” con estos malos gestores, pero nunca he visto a nadie salir en defensa del médico “bien intencionado” que por un par de errores “involuntarios” mató a un joven en la sala de operaciones. Tampoco los imagino aplaudiendo a ese arquitecto “honrado” al que por un “involuntario error de cálculo” se le vino un edificio abajo con varias familias adentro. ¿Por qué a los administradores públicos los defienden en sus errores y a los privados los condenan?
En Nueva Zelanda (un verdadero país de primera), los jerarcas públicos son evaluados por sus resultados; si los logran, hasta cobran un premio; si no, los sacan del cargo para poner a otro más competente. Nadie se “solidariza” con los ineptos.
Uruguay está lejos de ser un país de primera. Entre otras tantas cosas porque los uruguayos no medimos con criterios “de primera” la gestión de los administradores públicos y, a veces, ni siquiera la de los privados.
Dice Bassi: “La gerencia en Sudamérica, particularmente en Argentina y Uruguay, no se ha actualizado profesionalmente de manera tal de acceder a conocimientos, procesos y métodos de administración modernos. Lo que era razonable y efectivo hacer hace 30 años, hoy está totalmente obsoleto. Y muchos siguen haciendo lo mismo que hacían hace 30 años”.
Si a esa falta de profesionalismo que señala Bassi le agregamos el placebo de las “buenas intenciones”, la coraza contra la responsabilidad, la calidad y los buenos resultados se vuelve absolutamente inexpugnable.