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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDos episodios nos convocan: la masacre antisemita perpetrada en una sinagoga de Pittsburgh en los Estados Unidos, y el acto auspiciado por el PIT-CNT en adhesión al movimiento denominado BDS (boycott, divest, sanction), que promueve el ostracismo del Estado de Israel.
Ambos hechos —separados por miles de kilómetros— pueden lucir inconexos. Sin embargo, son las dos caras de una misma moneda: el antisemitismo.
Ningún ataque antijudío, por solitario que parezca, irrumpe de la nada. Él se inserta, siempre, en un clima propenso a los desmanes. Es el corolario —natural e inexorable— de un entorno que lo ambienta de múltiples maneras, algunas explícitas, otras solapadas y en clave. Estamos hablando del discurso del odio. Estamos hablando también —para aterrizar el tema en el aquí y en el ahora— del sentimiento antiisraelí a voz en cuello, del silencio ante el terrorismo, del doble estándar permanente. Estamos hablando, en fin, de ese clima en el cual el prejuicio florece: la permisividad ante el agravio, el resquebrajamiento de la autoridad, la nula ejecución de las leyes: existen pero no se aplican.
¿Cómo reaccionar ante la presencia desafiante del músico Roger Waters en el acto del viernes del PIT-CNT, rodeado de una parafernalia antisemita que nada tenía que envidiar a la mejor propaganda nazi?
En un Estado que se precie de ser democrático, la respuesta solo puede estar en la ley, el mejor instrumento de convivencia social hasta ahora inventado: “El que públicamente o mediante cualquier medio apto para su difusión incitare al odio, al desprecio, o a cualquier forma de violencia moral o física contra una o más personas en razón del color de su piel, su raza, religión, origen nacional o étnico (…) será castigado con (…)”. (Art. 149 bis del Código Penal).
Pero el tema no es la ley antidiscriminatoria —que es una ley modelo— sino el sistema: la ley antidiscriminatoria se aplica poco y nada. ¿Dónde está la Comisión contra el Racismo que la misma ley sabiamente creó? ¿Qué hizo esa Comisión cuando las pintadas en el Memorial del Holocausto, o cuando la expulsión de los turistas israelíes en Valizas, o tan solo ahora, con esta incitación infame de Roger Waters, antisemita y anticapitalista de larga prosapia (del capital ajeno, huelga decirlo)?
Me temo que los uruguayos poco hemos aprendido del salvaje asesinato de David Fremd un par de años atrás (De paso, el expediente penal de su asesino sigue peregrinando indefinido en los anaqueles de los estrados judiciales. Sin comentarios). En el concierto en el Centenario, algunos incluso festejaron el inflable desplegado por el Sr. Waters, con su cerdo característico y su simbología, tan “reducidora” como destructiva. Creo que pecan de ingenuidad; creen que ellos son ajenos a esas conductas, que no es a ellos contra quienes el ataque va dirigido. Se equivocan. Desconocen que tarde o temprano, ellos también habrán de sufrir las consecuencias de esa conducta irresponsable. Porque estos acontecimientos por supuesto agravian a los judíos. Pero no solamente a ellos: tanto o más que agraviar al judío, nos rebajan y nos denigran a todos.
Transcribo el pensamiento de mi padre, Nahum Bergstein: “Aquellas sociedades donde prosperan las semillas venenosas de la discriminación, del racismo, del antisemitismo o de la xenofobia, terminan carcomidas en sus cimientos, y caemos todos bajo sus escombros. Por eso, estamos ante un problema nacional más importante para el país y para la sociedad en su conjunto que para los presuntos aludidos por la conducta”.
Jonás Bergstein
CI 1.316.079-4