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    Aquel profesor de piano

    Consagratoria actuación de Agustín Urrutia en Devenir Felisberto

    Uno de los rasgos distintivos de la década que está terminando en el teatro uruguayo es, sin dudas, el interés de los directores y dramaturgos por el universo extraño y alucinado de Felisberto Hernández, uno de los más importantes escritores uruguayos, que vivió entre 1902 y 1964. A fines de 2013 Mariana Percovich convirtió todas las habitaciones de una casa de Parque Rodó en los escenarios de Las hortensias, El balcón y otros cuentos del insular narrador. Cada uno de los relatos fue adaptado por un dramaturgo diferente. Allí, el espectador debía optar por una de las cuatro habitaciones, donde se desplegaba una microescena, y así, de a poco, se armaba el rompecabezas felisbertiano. Un par de años después Diana Veneziano se centró con su compañía Kalibán Teatro en la propia vida de Felisberto: Los estrafalarios de Hernández, en una rústica sala de la Ciudad Vieja, resultó una puesta cargada de utilería y memorabilia relacionada con la vida y la obra del escritor, con un elenco que desarrolló un código de actuación muy corporal, con abundante presencia de la danza y el teatro físico.

    Ahora se acaba de estrenar en la sala Estela Medina del Centro Cultural de España Devenir Felisberto, producción independiente dirigida por Doménico Caperchione, basada en la nouvelle Por los tiempos de Clemente Colling, relato publicado en 1942 que narra la época en la que Hernández se convirtió en músico, mientras crecía dentro suyo la pulsión por la escritura. La obra, en cartel los viernes, sábados y domingos a las 21 h, ganó en 2018 la convocatoria del Instituto Nacional de Artes Escénicas De la Narrativa a la Escena. Y está entre lo mejor de la temporada.

    Un actor (Agustín Urrutia) y un pianista (Agustín Texeira) están juntos en escena. El músico a un costado, frente a un elegante piano de cola negro, marca Steinway. En una mesita, sobre una alta pila de libros, una lámpara. En el escenario, unos pocos elementos de utilería, y más lámparas. Quizá la sala del CCE, algo fría y lejana de la sensibilidad de esta historia, no sea el mejor espacio para ambientarla. Pero una vez superado este mínimo escollo, este pequeño grupo de artistas nos hacen entrar por el aro con su despliegue de talento para contar esta historia.

    La música, compuesta mayormente por Santiago Caetano y Texeira, está presente durante casi la totalidad de los 70 minutos que dura el espectáculo, que por momentos se convierte en un musical. Urrutia, un actor de 29 años que ganó en 2012 el Florencio Revelación y ha actuado en una veintena de obras teatrales y protagonizó el filme Dios local (2014), en los últimos años se destacó en títulos recientes de Marianella Morena como No daré hijos, daré versos, Labios pendientes y Rabiosa melancolía. Ahora entrega una actuación realmente consagratoria, con una gran soltura para narrar esta historia entrañable. Y lo que hace está a la altura de este texto formidable, escrito cuando Felisberto comenzó a dejar atrás su pasado de pianista itinerante e intérprete de bandas sonoras de cine mudo, para consagrarse a la literatura.

    Colling es un profesor de piano ciego y andrajoso, un gran personaje que contiene gran parte de los rasgos contradictorios de cientos de artistas uruguayos, en todas las épocas: tradición europea, formación erudita y clásica, bohemia urbana, carencias materiales, falta de interés en las responsabilidades familiares y sociales. La propagación de la noticia de que el maestro de piano se había dado un baño es uno de los tantos pasajes descacharrantes de un texto que destila generosas dosis de (buen) humor y evoca una Montevideo más pueblerina, la de la primera mitad del siglo XX.

    Con asombrosa naturalidad, Urrutia transmuta de Colling al propio Felisberto que recuerda esos pasajes de su adolescencia, y a los personajes femeninos desopilantes, como la Tía con su risa terrorífica y las Longevas, en quienes se transforma sacando magistral provecho de apenas un chal negro. La imagen de su rostro cubierto con la tela solo con la boca a la vista, verdaderamente inquietante, permanece en la retina, indeleble, mucho más allá del final de la obra.

    Devenir Felisberto es también un salto artístico para el director, Caperchione, formado como actor en la escuela de El Galpón con un puñado de trabajos en las tablas montevideanas y apenas dos antecedentes como realizador: debutó hace solo tres años, con Niña con cara de jirafa, de Natalia Casielles, y en 2018 dirigió Socavón, un electrizante unipersonal en el que Hugo Piccinini encarnó a un preso en condición de aislamiento.

    Texeira interpreta con gran expresividad los nocturnos y las sonatas de impronta clásica que componen la banda sonora. Incluso recrea Crepúsculo, una de las escasas composiciones que firmó Hernández, que transmite un profundo aire nostálgico. Gracias a la acertada dirección de Doménico Caperchione, la narración nunca se desbalancea hacia la sensiblería y el golpe bajo emotivo. La dramaturgia es obra del director y del actor protagónico, que aporta su frescura también en la adaptación. Esa frescura que aporta incluso Texeira en sus escasas intervenciones de diálogo con Urrutia, en su código natural de no-actor, que aquí funciona perfecto, en contraste con el alto histrionismo de su partener.

    En los estertores de la temporada teatral, Devenir Felisberto, hasta el domingo 15, con entradas a $ 330 y reservas a [email protected]), es sin dudas, de lo más recomendable de la cartelera montevideana en estos días.

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