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    Aquella “mano de Dios”

    N° 1967 - 03 al 09 de Mayo de 2018

    Probablemente, muchos aficionados desconozcan que al pie de la Torre de los Homenajes de la Tribuna Olímpica existe el Museo del Fútbol. Allí, a la entrada, en una vitrina, como mudo testimonio de tantas glorias pasadas, hay una pelota de fútbol de cuero, de las con “tiento” (para la gente joven: este era un grueso cordón que cosía la lengüeta, por donde se inflaba el balón). Ese tipo de pelota se usó, al menos, hasta la década de los 50, y cuando llovía y había barro pesaba tanto que cabecearla era una suerte de tormento.

    Su inevitable comparación con los cada vez más sofisticados balones —que van perfeccionándose de un Mundial a otro— muestra la incidencia que la tecnología ha tenido en la práctica de este deporte. Otro tanto ocurre con los modernos zapatos, adaptados al pie de cada futbolista, como si fueran guantes, que han dejado sepultados en el tiempo los recordados “tamangos”, con tapones de madera clavados (que el legendario Obdulio, martillo en mano, se encargaba de ajustar antes de cada partido); o con las canchas de césped sintético, que hoy aseguran el normal desarrollo del juego ante cualquier circunstancia climática.

    Si esa paulatina irrupción de la moderna tecnología en el fútbol fue recibida con general beneplácito, ello no ocurre, en cambio, con la reciente decisión de la cúpula de la FIFA de aplicar el videoarbitraje (o VAR) en el próximo Mundial de Rusia. Es que ya no se trata del aerosol evanescente, para marcar, en el pasto, el lugar donde debe armarse la barrera ante un tiro libre; o el uso de intercomunicadores entre los integrantes de la terna arbitral; o incluso, el más reciente Ojo de Halcón, cuyas cámaras permiten detectar y avisarle al árbitro, al instante, si la pelota traspuso o no la línea del gol.

    La presente innovación es más difícil de asimilar, pues para auxiliar a los árbitros, ante las complicaciones que el juego suele presentarles, se da cabida a la tecnología en las propias entrañas del fútbol; nada menos que incidiendo en la mismísima aplicación práctica de sus añejas y casi intocables reglas de juego; y, consecuentemente, en la propia definición de un partido, o un torneo. ¡Toda una revolución!

    Para quienes aún no lo saben, el VAR (Video Assistant Referee) es un sistema que cuenta con una sala de video, en el propio estadio, con varios jueces o veedores, que revisan permanentemente las acciones de juego, y graban e informan al árbitro las jugadas dudosas que detectan. El juez puede acatar sin más esa opinión, procediendo en consecuencia, o detener el partido para revisar personalmente la imagen, al borde de la cancha, antes de decidir; o bien, desestimar la indicación y proseguir el juego. Puede, también, por propia iniciativa, consultar a la sala de video, ante una jugada dudosa, lo que indicará al público gestualmente. En cualquier caso, será siempre suya la decisión final. Mediante el VAR solo podrán revisarse cuatro incidencias capitales: goles, penales, expulsiones y confusión de identidades, si no resulta claro el infractor.

    Esta tecnología (inaugurada oficialmente en el Mundial de Clubes en 2016), fue también utilizada en el Mundial Sub-20 del 2017, en Corea del Sur, siendo justamente nuestra selección la primera beneficiada, pues —a instancias de los veedores— el juez guatemalteco detuvo un ataque de la selección italiana, y sancionó un penal cometido al delantero Joaquín Ardaiz, en la jugada anterior. Aunque Nicolás de la Cruz malogró la ejecución, Uruguay igual ganó 1 a 0.

    El presidente de FIFA Gianni Infantino justificó su aplicación en Rusia: “No es posible que, en 2018, todo el mundo en el estadio o en su casa sepa, en unos segundos, si el árbitro cometió un error grave: todos. El único que no lo sabe es el árbitro”. Aunque, de hecho, eso es así, es también cierto que, donde fuera aplicado, el VAR ya despertó duras críticas. Así, en la semifinal de la Copa Libertadores del 2017, entre River y Lanús, el técnico “millonario” Marcelo Gallardo denunció una confabulación (supuestamente orquestada al más alto nivel, entre los veedores y el árbitro del partido), atribuyendo al incorrecto uso de esta nueva tecnología su derrota y consiguiente eliminación del torneo. Sin embargo, la aplicación más comentada ocurrió en un partido de una liga europea, cuando un penal —no sancionado por el árbitro, en la última jugada del primer tiempo— fue luego revisado y validado por este, durante el intervalo, a instancias de los veedores, y ejecutado… ¡al comienzo del segundo tiempo!, ante el lógico estupor de todo el estadio.

    A pesar de estas primeras críticas, y si no se le usa de modo abusivo, el aporte del VAR puede resultar muy positivo. Es que ya no deberían existir fallos groseramente erróneos, por cuanto lo que haya escapado a los ojos del juez en la cancha no ha de pasárseles por alto a los veedores (ello, aunque va a quedar al entero criterio del árbitro requerir o no dicha asistencia, frente a jugadas dudosas, así como acatar o no las indicaciones que reciba al respecto). Es incluso posible que la videovigilancia contribuya a mejorar la misma conducta de los futbolistas, que se cuidarán de no cometer acciones violentas contra sus rivales, pues —si fueran advertidas por las cámaras— pueden costarles la expulsión; y hasta que pueda ponérseles coto a los habituales e impunes “agarrones” dentro del área, ante la ejecución de una falta, que, detectados debidamente, pueden llevar al juez a sancionar un penal que antes no había advertido..

    Algunos han protestado: ¡qué va a ser del fútbol sin sus polémicas! Pero, como ya ha ocurrido, ellas seguirán existiendo (aunque “ya no en el bar, sino por el VAR”). De todos modos, lo único cierto es que si esta aplicación hubiera existido en épocas pasadas, algunos groseros y decisivos errores arbitrales, en torneos de capital importancia, podrían haberse evitado. Por ejemplo, entre otros: aquel “gol fantasma” de Hurst, en la final del Mundial de 1966, entre Inglaterra y Alemania, que le diera el título al anfitrión; o la famosa “mano de Dios” de Maradona, en aquel recordado partido frente a Inglaterra en México 86. Y, por injusta consecuencia, la historia reciente del fútbol no sería tal como hoy se la conoce.

    ¡Bienvenida, pues, esta nueva tecnología!, si su concurso asegura una mayor dosis de justicia en el fútbol, como ya viene aconteciendo en otros deportes.