—Cuando yo muera no planten un sauce en mi tumba, planten una máquina de escribir.
—Cuando yo muera no planten un sauce en mi tumba, planten una máquina de escribir.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEsto dijo alguna vez, sin dramatismo, Enrique González Tuñón —Buenos Aires, 1901-Cosquín, 1943—, en una suerte de mirada al espejo con algo de humor negro en su lírica sentencia: otro de los grandes personajes vinculados al tango y a sus noches que han quedado difumados en la niebla del olvido. Periodista policial y de aguafuertes, muy al estilo de Roberto Arlt, en Crítica, colaboró en las revistas Proa, Martín Fierro y Caras y Caretas, fue escritor y poeta como su hermano Raúl e hizo piezas teatrales, sainetes, folletines y guiones para radio y cine. Según Ulyses Petit de Murat, “renovó el estilo periodístico tradicional y fue el primer exégeta cultural del tango”, ayudando, con sus apuntes, a que los letristas de su época mejoraran el estilo que imperaba.
Enrique González Tuñón —cuya corta vida la pasó muchos años convaleciendo de una tuberculosis a cuya cura poco contribuía— fue un anarquista romántico y un bohemio empedernido, pareja por años de la poeta María Luisa Carnelli, a quien se asegura introdujo en el gusto del tango. Esta relación adquirió tal intensidad que hasta motivó un mal entendido que perdura: hay quienes siguen diciendo que la letra del tango Pa’l cambalache, con música de Rafael Rossi, es de su autoría, cuando está probado que la escribió su compañera, la que por escapar a la censura paterna firmaba sus obras populares con dos seudónimos masculinos: “Luis Mario” y “Mario Castro”.
En pocos años, Enrique González Tuñón, que casi siempre vivió en la pobreza, al igual que Raúl, se convirtió en un personaje de la ciudad que, aunque esencialmente dedicado a otras cosas, se rodeó de amigos del tango e influyó en ellos con sus opiniones y escritos. Su mejor libro, según la mayoría de críticos, es Camas desde un peso (1932), en el que aparece la fonda “El puchero misterioso” donde ocurren peripecias muy extrañas que inspiraron a más de un letrista tanguero. Pero hay algo más significativo en su obra: el primer libro de cuentos que escribió, precisamente glosando letras de la música ciudadana, fue titulado Tangos (1926). Dijo su hermano Raúl, enorme poeta que sí pudo superar las fronteras de su país: “Enrique fue el más porteño de los periodistas; por lo tanto, posiblemente, uno de los que entendió mejor al tango”.
Uno de los mayores aportes de este hombre tan singular fue su sentido del humor, que no usaba solo para escribir sus textos sino en la vida misma, cotidiana e imperfecta, y que ayudó a muchos tangueros —Cátulo, Troilo, Manzi, Ortiz, Discépolo y otros— a mirar la realidad, aunque fuera por unos días, de otra manera. Cierta vez, reunido junto a estos compañeros, confesó que lo tenía molesto un chino que había colocado en una Ciudad de los Césares de ambiente sudamericano para un folletín que escribía en entregas: “Lo dejé colgado con un abismo a sus pies, mientras se acerca un animal salvaje y llegan incas a atacarlo. ¡Que se joda el chino!”. Los otros se inquietaron: “Pero Enrique, si es el protagonista no puede morir”. González Tuñón —mientras iniciaba el vuelo extático de la primera copa, al decir de Petit de Murat— concedió: “Está bien… pero mientras se me ocurre algo ¡que sufra y yo me divierto!”.
La cualidad de hombre bueno siempre le cupo a medida: solía pasarse horas en un boliche, ciertamente sin descuidar la bebida, con algún letrista que terminó con más reconocimiento público que él, ayudándole a concluir, o cuanto menos mejorar, uno que otro verso de tangos que hoy son memorables. Y era su costumbre, en épocas de pan escaso, apelar a su cada día más menguada biblioteca de clásicos y salir con un par de libros rumbo a la casa de empeños, triste pero convencido, “a conseguir unos mangos para la pensión y para mi hermano Raúl”.
Raúl González Tuñón, reconocido hoy como uno de los más grandes poetas de América Latina, admiró sin tasa a Enrique. Y, a la muerte de éste, prefirió recodarlo con una anécdota que, a su juicio, lo retrataba fielmente.
Una tarde, visitándolo en Cosquín, adonde el autor de La calle de los sueños perdidos daba su pelea final contra la tuberculosis, Enrique lo sorprendió presentándole a quien calificó de “un amigo del alma”:
—Es el dueño de la empresa de pompas fúnebres de acá.
El individuo, sonriendo, abrazó efusivamente a Raúl, que le correspondió.
—No te engañes —dijo enseguida Enrique. —Mirá que te está tomando las medidas…