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Marcos Aguinis y Mariano Grondona son dos de los intelectuales argentinos contemporáneos de mayor claridad analítica, con una prosa cautivante y culta. Ambos tienen una larga lista de títulos en los cuales tratan diversos aspectos de la realidad y la historia de su país; ambos son críticos del fenómeno populista en su versión peronista; ambos parten de un punto de partida culturalista, según el cual los valores predominantes en una sociedad son decisivos para impulsar o frenar el crecimiento integral de dicha sociedad; ambos son víctimas del síndrome nacional y por eso siguen a rajatabla el esquema clásico de la historia argentina, el cual divide a la misma en tres fases: un pasado glorioso, un presente deplorable y un porvenir brillante.
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Esta trilogía tiene la marca argentina por excelencia. Se cultiva en otros lados, pero es en Argentina que se ha llevado a sus últimas consecuencias. He abundado en este fenómeno en mis columnas y libros, y por ello me limitaré a recordar que ya a mediados del siglo XIX, el futuro presidente nacional Carlos Pellegrini escribió que debido a sus características naturales y humanas, el futuro brillante de Argentina era “un hecho forzoso y fatal”.
Nada hay más optimista que un argentino cuando se trata de pronosticar el porvenir de su país. Hoy, mientras los problemas internos y externos se acumulan, el gobierno da por descartado que pueda haber motivos de preocupación. No debe asombrarnos: hace 127 años, cuando el país se arrimaba al default, Julio Argentino Roca, figura central de la vida nacional y dos veces presidente de la República, viajó a Londres para renegociar la deuda. “La República Argentina”, enfatizó ante sus acreedores, “será algún día una gran nación”.
Pero no se clausuró la deuda ni se construyó una gran nación.
Otro presidente, Arturo Frondizi, también se emborrachó de optimismo argentino, que es una versión superlativa del optimismo, y exclamó que su país estaba en condiciones de lograr todo lo que habían logrado Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Suiza y Japón. Bastaba con poner manos a la obra.
La fórmula mágica de este síndrome nacional la registró sin embargo Roberto Noble, fundador del diario “Clarín”, cuando en 1960 tituló un libro suyo “Argentina potencia mundial”.
Acorde con todo esto, el ex presidente Duhalde insiste desde hace décadas en que “Argentina está condenada al éxito”. Estar condenada al éxito implica que el país no tiene escapatoria; significa que haga lo que haga su futuro está predeterminado.
Sin embargo, esa condena, ese futuro “forzoso y fatal” de gran potencia mundial se hace esperar y los argentinos, mientras evocan un pasado corto pero glorioso y un futuro de máximo esplendor planetario, sufren un presente que es una pesadilla de nunca acabar.
Todo esto lo comprendió perfectamente el filósofo español José Ortega y Gasset al poco tiempo de llegar por primera vez al Río de la Plata. Filoso y sagaz en el estudio de los fenómenos sociales, Ortega lanzó hace casi un siglo un veredicto que aún arde de validez: “Acaso lo esencial de la vida argentina es eso: ser promesa”.
La explicación a este fenómeno, según Ortega, era que en Argentina nadie estaba en donde realmente estaba sino que en un sitio mucho más adelante, y desde ese sitio desfasado de la realidad presente vivía su vida como si fuese real. Por eso, el pensador español definió la forma de existencia del argentino como “futurismo concreto de cada cual”. El país estaba poblado por personas que vivían sus ilusiones “como si ellas fuesen ya la realidad”.
Pasaron un par de décadas y nada cambiaba en la argentina república. Hastiado, Ortega le espetó a su público en una conferencia: “Argentinos, ¡a las cosas!”. Es decir, basta de seguir soñando con un futuro de gloria que nunca ha de venir si no se comienza a construirlo hoy mismo. Al final, los argentinos se cansaron de los latigazos verbales del filoso filósofo y Ortega ya no regresó al país.
Mucho ha sucedido en Argentina en el último medio siglo largo. La situación económica y la social han ido de mal en peor, con un notable aumento de la pobreza y la indigencia a pesar de las ingentes entradas por concepto de exportaciones y muchos años de crecimiento “a tasas chinas”.
Pero lo que más se ha deteriorado es la situación cultural, golpeada por un fuerte avance del analfabetismo, de la deserción escolar y por un bajón de la calidad educativa que explican los motivos por los cuales el país se encuentra en el fondo del ranking internacional.
Pero hay algo que sigue firme en su lugar: es la creencia ciega de los argentinos sobre ese futuro de potencia mundial que nada podrá impedir.
Al presentar un libro suyo (“Sobrevivir Argentina”), hace un mes, Abel Posse, diplomático y ex ministro de Educación porteño, no tuvo empacho en asegurar que “la Argentina está intacta, como una Ferrari estacionada en el gallinero del fondo porque el dueño no sabe manejarla”.