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    Arotxa, Caudillos y silencios

    Sr. Director:

    “Si de todo lo creado, / es el cielo lo mejor, / ‘el cielo’ ha de ser el baile / de los pueblos de la Unión. / Cielito, cielito y más cielo, / cielito siempre cantad, / que la alegría es del cielo, / del cielo es la libertad” (Bartolomé Hidalgo).

    La muestra del pintor Arotxa (Montevideo, 1958) —muy conocido por su trabajo en prensa como caricaturista— se presenta en el museo del Parque Rodó (MNAV) hasta el 2 de agosto y lleva por nombre Caudillos y silencios. Se trata de óleos sobre madera que totalizan 55 obras, de tamaño medio y grande. Los temas son dos: por un lado, rostros de caudillos, gauchos montoneros, del siglo XIX; por otro, cielos en el contexto del campo. También pueden verse como un solo tema: los gauchos del pasado y los paisajes donde estos habitaron, que siguen existiendo al día de hoy.

    Los caudillos montoneros, versionados en caras y en general hasta los hombros, son como apariciones del pasado, espectrales; crujen, portan misterio. Están ahí, nos miran con mayor o menor nitidez, a veces con empastamiento entre fondo y figura. Algunos fondos son similares a determinados cielos de la otra parte de la exposición. No son retratos, son semblantes informalmente plasmados de humanos anónimos, construidos a partir de documentos visuales que alimentaron la abundante sensibilidad y disciplinada imaginación de Arotxa.

    Este expone unos caudillos —gauchos que parecen tener sangre caliente, con una racionalidad guerrera a flor de piel; piel y barbas templadas a la intemperie, rústicas, ajadas como la vestimenta—. Son los protagonistas masculinos, rurales, de los enfrentamientos bélicos por la independencia contra españoles y portugueses, cuando estos lares eran la Banda Oriental, y de las guerras internas entre las divisas blanca y colorada del siglo XIX y hasta principios del XX, cuando ya éramos Uruguay.

    Algunos de esos rostros de caudillos están lacerados, una licencia estética con valor en sí misma presente en varias obras de Arotxa, los podemos encontrar en algunos dibujos con trazos punzantes, a rayas, en sus trabajos sobre candombe de la década del 90. Esas laceraciones pueden significar la resistencia que deben vencer las figuras de los cuadros para llegar hasta nosotros, a la actualidad.

    Las obras tienen una relación caprichosa con el presente, una atmósfera impetuosa, como si quisieran salirse del marco para mostrarse en su totalidad, lo que resulta desafiante, crudo. Arotxa, el pintor, se encarga de darnos, de proponer, una visión de quiénes eran esos guerreros con lealtades bien definidas: en un momento, la patria; en otro, las divisas.

    Estos gauchos de Arotxa son originales; no tienen antecedentes estéticos nacionales ni internacionales. ¿A qué se parece toda la obra de Arotxa? A nada. Los personajes y sus correspondientes femeninos —presentes en la muestra solo en un cuadro— estaban ligados entre sí por cuestiones como un instinto de libertad visceral, existencial, el coraje; así lo recoge buena parte de los relatos históricos y sus evocaciones contemporáneas. El gaucho fue un mestizo de españoles, portugueses e indígenas, es una figura perteneciente a una amplia comunidad rural que sabía hacer muchas cosas: cocinar, producir charque, velas, jabones, fabricar carretas, viviendas, objetos de talabartería, criar y manejar ganado, confeccionar ropa, cultivar la tierra, domesticar caballos, hacer y mantener negocios como las pulperías, gestionar estancias, comprometerse en la actividad política, orientarse en una geografía que solo tenía referencias naturales y algunos pocos trillos, celebrar encuentros, con música, poesía y danzas propias. Desde hace mucho tiempo se habla de “gauchaje” en referencia a todo aquello experimentado en el medio rural. El gaucho y el caudillo son mitos de un pasado al cual la obra de Arotxa colabora a esculpir.

    Actualmente, la Semana Criolla en Montevideo, la Fiesta de la Patria Gaucha en Tacuarembó y muchos eventos similares (tradicionalistas) se muestran y recrean los objetos, las actividades y los valores de la cultura rural-gauchesca, donde destacan las jineteadas, de las que formaron parte los caudillos, la élite política, los jefes carismáticos de tierra adentro.

    Los caudillos y el gaucho hoy en día ya no existen desde hace mucho tiempo; desaparecieron definitivamente hace un poco más de un siglo. La recreación de lo gauchesco en dichas actividades y en la vida cotidiana convive con ceibalitas, celulares, energía eléctrica, motos, cuatriciclos, que sustituyeron a algunos desempeños que se hacían a caballo, el ser que más identidad portaban el gaucho y el caudillo.

    Los caudillos de Arotxa pueden inscribirse en las descripciones y los sentimientos que nos brindan creaciones literarias como Los cielitos (1818) de Bartolomé Hidalgo y el Martín Fierro (1872) de José Hernández. También la música folclórica transmitida de generación en generación hasta el presente, así como la registrada e investigada por Lauro Ayestarán (Montevideo, 1913-1966), quien recorrió todo el país con ese propósito, nos remiten a escenas, sentimientos y valores de los personajes de la exposición.

    José Pedro Varela, sin embargo, expresa en el artículo Los gauchos (1865) y en otros escritos que estos eran “haraganes”, “ociosos”, “de malos sentimientos”, “criminales”, “no morales”, “disolventes”, “improductivos”, “brutos”, de “hidalguías” trasnochadas. Para él y otros montevideanos representaban “la barbarie” a la que educar a fin de obtener la necesaria “civilización”, una versión anglosajona del progreso material y espiritual.

    Un segundo capítulo de esta exhibición son los denominados Silencios, distintas versiones de cielos naturales. Los hay despejados, luminosos, de tormenta, con heladas, primaverales, con nubes que forman empedrados y otros motivos. La mayoría deja un espacio muy delgado para el campo. En estos Arotxa inventa una mirada, un encuadre que no es posible en la visión común de la realidad: enfocar una faja de campo tan fina con un cielo tan inmenso. Armó una composición suelo-cielo para magnificar este último, con cromatismos que despiertan un apetito sensorial y producen placer. Se activa una apreciación prácticamente infinita del espacio, donde se constata una mística de libertad, una metafísica, una evocación de trascendencia que pertenece tanto al pasado como a la actualidad.

    Ciertas notas de los paisajes dan escala. Pueden ser pequeñísimas figuras de ranchos, osarios, árboles, que intensifican una sensación de desolación romántica. No hay presencia humana ni animal. Es un campo un tanto desértico, una “penillanura suavemente ondulada”, Uruguay. Estas intemperies ofrecen nuevos motivos plásticos, composiciones visuales no tratadas hasta el momento en el arte nacional ni en el internacional conocible (de nuevo, ¿a qué se parece Arotxa?, a nada). Estos Silencios (o cielos) son hermosos, bellos en el sentido tradicional de estos adjetivos, dentro de toda la historia de las artes visuales hasta la actualidad. La melancolía es otra de las sensaciones que evocan los cielos, aunque también producen subidones de ánimo por la contundencia, por lo genuino de lo enmarcado.

    La muestra en su conjunto se caracteriza por una gran intensidad, por la presencia desembozada del artista, decisiva, enérgica. Arotxa desafía al espectador. Parece decir: “¡Acá tenés! ¿Qué te despierta? ¿Indiferencia, apatía o empatía?”. Cada uno elige, cada uno tiene su experiencia, su evaluación. No es necesario ser un espectador “erudito”, el conjunto de esta exposición no lo necesita. Con un poco de curiosidad, apertura a ver algo nuevo, con un mínimo de atención alcanza para saldar un interno “me gusta” o “no me gusta”.

    El artista, al mismo tiempo que domina los temas, los enaltece, los respeta, los captura y los hace suyos, e invita al espectador a empaparse de ellos. Se trata de una recreación con una muy marcada incidencia terrenal, arraigada, que se sucede dentro de la figuración, pero sin ser realista.

    La exposición no busca complacer o bregar por pleitesía. Es inquietante, aunque, como todo lo de Arotxa, se oferta una cálida empatía, una familiaridad, posibilidades siempre disponibles en sus propuestas, en los vínculos de sus realizaciones con el espectador.

    El conjunto de la muestra es arte figurativo y esto demuestra que no está todo dicho dentro de ese trillo. Acá está Arotxa desafiante, y tiene con qué. La exhibición en su conjunto o en versión reducida merece el esfuerzo de ser expuesta en el interior del país, así como en el exterior. Nos representa como patria (según el diccionario, “lugar o comunidad con la que la persona se siente identificada por razones afectivas”).

    Lo de “pinta tu aldea y pintarás el mundo” está justificado. La obra de Arotxa es uruguaya —y en estos Caudillos y silencios, también de Argentina, Río Grande del Sur y parte de Paraguay—, y desde aquí se presenta al mundo, un mundo que llega a nosotros con sus artistas, con sus trabajos. Estos 55 cuadros son parte de la identidad nacional, el gran tema y compromiso que orienta y sostiene el autor.

    El muy logrado catálogo nos amplía, nos enriquece, y veremos mucho más si nos imbuimos de él. Los textos nos educan y las reproducciones de las imágenes permiten llevárnoslas con nosotros, para el presente y la posteridad. Su adquisición por 1.000 pesos (en billetes, no hay pos) puede constituir un singular regalo o autorregalo. También se encuentra disponible gratuitamente en Internet; basta con googlear “Arotxa catálogo”.

    Bueno, a no perderse esta exposición, que, como un buen plato de buseca, colabora a sobrellevar el frío de este invierno. Arotxa, Caudillos y silencios, Museo Nacional de Artes Visuales, Tomás Giribaldi y Julio Herrera y Reissig, Parque Rodó, Montevideo, Uruguay. Abierto de martes a domingos de 13 a 20 horas. Entrada gratuita.

    Apuntes finales. Primero, merece que la Comisión de Patrimonio Cultural de la Nación o el propio museo evalúen adquirir algunas piezas, dada la significación que ya hoy portan. Segundo, reciba el museo un reconocimiento por todo lo que le corresponda en la materialización de esta muestra. No es una novedad; hace ya unos años que la institución actúa con tino, eficacia, responsabilidad, pluralismo y apertura al público. Tercero, hay que destacar que el museo goza de una confianza y autonomía que ha trascendido a más de una administración de distintos partidos políticos, ambiente institucional que permite el desarrollo de proyectos de mediano y largo plazo.

    MAEI