Si hubiese sido por él, no habría nacido. Tal era su fastidio contra la humanidad. Su madre era austríaca, pero como había quedado embarazada y el padre se había desentendido del asunto, decidió tener el hijo en un hospital para madres solteras en Heerlen, Países Bajos, donde nació Thomas Bernhard el 9 de febrero de 1931. En los primeros meses vivió en un barco atracado en el puerto de Rotterdam, colgando de hamacas junto a otros niños bastardos y al cuidado de una señora. Su madre lo visitaba una vez al mes. Luego se fue a vivir con su abuelo materno, una de las poquísimas personas por quien Bernhard sintió real afecto en toda su vida.
De adolescente padeció una afección pulmonar de la que nunca se recuperó. Tuvo largas internaciones en el hospital de Grafenhof, plagado de moribundos, donde Bernhard fue consciente de pertenecer a la hermandad del dañado para toda la vida. Cualquier enfermedad, diría, es también una enfermedad del alma. Días y días en la cama, observando la misma montaña que se recortaba en la única ventana de la sala, nuevos enfermos que ingresaban y otros que salían convertidos en cadáveres. Las mantas grises, las toses, los escupitajos permanentes y las enfermeras lavando las sábanas, el rojo sobre el blanco para dejarlo nuevamente de un blanco inmaculado, hasta ser alcanzado por nuevas manchas rojas. Buena parte de su infancia y de estos días de encierro están registrados en su monumental autobiografía de cinco tomos editada por Anagrama (El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño), que ahora se consiguen en uno solo en la colección Otra Vuelta de Tuerca de la misma editorial.
Trabajó como dependiente en un almacén, hizo periodismo de tribunales e incluso fue camionero, quién lo hubiese dicho… Bernhard camionero. Alternando campo y ciudad, estudios de canto y musicología y ya siendo parte del ambiente cultural primero de Salzburgo y después de Viena, se transformó en escritor y dramaturgo, uno de los más furibundos y malditos, y estampó en sus libros todo su pesimismo por el ser humano, pesimismo que mamó de niño, de joven, de adulto.
Una vida dedicada a cultivar la soledad. “En mi época escolar, totalmente solo. Se tiene un compañero de banco en la escuela y se está solo. Se habla con la gente, se está solo. Se tienen opiniones, ajenas, propias, se está siempre solo. Y cuando se escribe un libro, o se escriben libros como yo, se está todavía más solo…”.
Su primera novela fue Helada, publicada en 1963, en la que ya exhibía ese lenguaje único, hiperlúcido e hiperdemencial, a través de un autodestructivo pintor encerrado en un remoto valle austríaco. Pero fue con la segunda, Trastorno (Verstörung, 1967), que se instaló como un escritor pensante, de ritmo obsesivo y musical, capaz de crear una ficción sin historia, o mejor aún, capaz de destruir cualquier atisbo de historia que se levanta en la lejanía y, sin embargo, hipnotizar aún más al lector, inocularle el virus TB. Es muy difícil encontrar otro escritor que tenga semejante poder viral, que sea capaz de instalarse en la mente del lector una vez que este ha cerrado el libro y pretende conciliar el sueño. La admiración no llega tanto por el costado técnico, sino por ese atributo de mancha voraz que lo inunda todo, de movimiento monstruoso que hay en las letras de cada página y de cada libro suyo. Sin embargo, Bernhard reniega de cualquier traducción: “No, al fin y al cabo no se puede traducir. Una composición musical se toca, como está en la partitura, en todo el mundo. Pero un libro tendría que interpretarse en todas partes en alemán, en mi caso. Con orquesta”. A pesar de lo que diga, algo queda, y es mucho. Traducido por un mono (y no me refiero a Miguel Sáenz, estupendo traductor), en jerga extraterrestre o lo que sea, Bernhard en español es impresionante.
Trastorno (Alfaguara, 1978) es, básicamente, la experiencia de un médico rural, el único en kilómetros a la redonda, que visita con su hijo a los enfermos, físicos y mentales: un posadero brutal que golpea a su mujer; jornaleros no menos salvajes que, desesperados por el canto de pájaros exóticos en una enorme jaula, los matan rompiéndoles el cuello uno por uno; un joven contrahecho que ha servido a un príncipe y ese mismo príncipe, Saurau, a esta altura uno de los personajes más locos y lúcidos que haya dado la literatura del siglo XX.
Hochgobernitz, el castillo del príncipe. No hay más descripciones ni detalles, no son necesarios. Al llegar el médico y su hijo, el príncipe se encuentra paseando por las murallas interiores, los saluda con naturalidad y sigue su paso, de modo que el padre y el hijo deben acompasar el movimiento, sumarse a él. Y a partir de aquí se desatará un maravilloso monólogo que es prácticamente una narración musical. Se desparraman palabras y conceptos que se repiten una y otra vez por un pentagrama, que es la mente insondable del propio príncipe, el director de esta sinfonía alucinada. Saurau está inquieto, le confiesa al médico, por haber subestimado la dificultad de encontrar un nuevo administrador para su castillo. Los aspirantes para ocupar el cargo, un tal Huber y un tal Zehetmayer, son piezas en esta pesadillesca escenografía que dirige el príncipe, como el lago y la comarca de Puschach, y en especial ciertas palabras o términos que, dice el príncipe, no se nos pueden decir debido a que por algún resorte emocional o desajuste con la realidad, no asimilamos bien (o nos exasperan), como topo, remolacha, lienzo, vomitar, mineros, torcido, champaña de Crimea, política realista o Auschwitz. Estas últimas no las podía decir el príncipe en presencia de su padre. Así, el lector entra de lleno en el juego y agrega las suyas: occipucio, ambientado, aparato Geiger, achuras, paisito o influencer.
Este deliro circular, cuya finalidad es machacar una y otra vez, nos lleva a otro punto: el humor que destila toda su obra, a pesar del nihilismo, a pesar de que todo sea nauseabundo y devastador y tenga un efecto aniquilador y sea irreversible. Es imposible no reírse y festejar las ocurrencias de Bernhard. En Extinción, una de sus últimas novelas, que se divide en dos extensos capítulos (El telegrama y El testamento), el protagonista define despectivamente al marido de su hermana como “el fabricante de tapones para botellas de vino”. Luego de la muerte de sus padres en un accidente de auto, el protagonista no tiene más remedio que abandonar Roma y volver a Austria para los funerales, y entonces observa cómo su cuñado discute con su hermana delicados asuntos familiares, como si los conociese de toda la vida. Durante la misa de difuntos, el cura hace referencia al dolor de los deudos e incluye al cuñado, y el protagonista se siente tentado a ponerse de pie y llamarlo, para que todos en la iglesia lo escuchen, “el vendedor de tapones para botellas de vino”. Otro personaje lateral, Spadolini, es un alto y muy oscuro representante del clero. Su presencia está siempre marcada por un par de zapatos impecablemente lustrados. “Los zapatos de Spadolini”, otro de los latiguillos.
Detenerse de por vida ante una pintura, como el protagonista de Maestros antiguos, que va todos los días al Kunsthistorisches Museum a contemplar El hombre de la barba blanca, de Tintoretto, y así poder reflexionar. O huir de este mundo apestoso para siempre, como pretende el héroe de Corrección, que planea construir un gran cono en el centro del bosque para meterse en él.
No todos festejaron el humor de este tremendo escritor. En 1983, la novela Tala describía con la ironía más afilada que pueda existir una “cena artística” a la que TB había sido invitado por el prestigioso músico Auersberger y su mujer. Desde su “sillón de orejas” y sin decir casi una palabra, el escritor despedazaba la conversación entre el matrimonio dueño de casa y los intelectuales invitados (otros escritores, un actor del Burgtheater que llega tarde y toma la sopa como un desesperado). El compositor Gerhard Lampersberg, “el Novalis de los sonidos y seguidor de Webern, que se había quedado estancado ya en los años cincuenta”, así lo define TB en la novela, se sintió aludido y no solo por la similitud con el apellido Auersberger, y demandó al escritor. Tala fue secuestrada por orden judicial. Funcionarios policiales retiraron los ejemplares de las librerías, al mejor estilo nacionalsocialista. TB contraatacó y prohibió la representación de sus obras teatrales por el Burgtheater, que es la compañía estatal. Al año siguiente la demanda contra Tala fue retirada. Una novela memorable con un final apoteósico, a las corridas por Viena, en la que TB se incluye en la cloaca (“qué ser más bajo y mentiroso soy”).
En 1949 se dio a conocer con Así en la Tierra como en el Infierno, una serie de poemas líricos que muestran la influencia de una de sus grandes lecturas: Pascal. Muy pronto el diálogo con Dios quedaría cortado.
En sus primeros trabajos en prosa necesitaba páginas y páginas para decir las cosas. Como él mismo lo recuerda con humor en Conversaciones con Thomas Bernhard (Anagrama, 1991), de Kurt Hofmann, “en aquella época escribía ya novelas, muy largas, de trescientas páginas. Una se llamaba Peter va a la ciudad, e iba yo por la página cien, y Peter estaba todavía en la estación”.
Los actores tienen ataques de apendicitis y mueren. En cambio, la letra de imprenta sobrevive, lo que es una ventaja de la prosa sobre el teatro. Nuestro dramaturgo no ha tenido buenas experiencias con los actores. Hizo piezas especialmente para Bernhard Minetti, a quien admiraba, y para Bruno Ganz, pero no pudo trabajar con este último porque el sindicato de intérpretes del Burgtheater se opuso (Ganz es suizo). Tampoco tiene una mejor opinión del teatro en sí y de su público: “Opino que se podría representar también cualquier mierda. Se levanta el telón y hay allí un montón de caca y cada vez vienen más moscas, y otra vez cae el telón”. De joven había asistido a cantidad de ensayos y le llamaba la atención que los directores tuvieran que señalarles a consagrados actores, incluso a estrellas, cosas elementales como: “Cuando tu pareja diga eso, tú tienes que pensarlo”. Todo se deduce del texto, dice Bernhard. Cuantas más acotaciones, menos margen de libertad para los actores.
Murió solo, y muy poco le debe haber importado, el 12 de febrero de 1989, hace 30 años, en su caserón del condado de Ohlsdorf, una localidad del distrito de Gmunden, en la Alta Austria. Un caserón cuyas habitaciones superiores ya no se usaban y en el cual los fantasmas dirían: “Guarda, ahí viene Thomas Bernhard”.