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    Ataque soviético

    Cien años de la Revolución de Octubre

    Hace cien años, en Petrogrado y también en Moscú, la temperatura invernal llegó a los 12º bajo cero, un valor considerablemente más bajo que el habitual. Rusia sufría su peor crisis: una guerra mundial que aún no había terminado, escasez de alimentos, el zar Nicolás II —ya una figura irrelevante— había abdicado en favor de un gobierno provisional de republicanos desesperados y el caos era general, con cientos de miles de obreros en huelga, miseria deambulando por las calles, olor a sangre derramada e inminente cambio social. Un auténtico invierno crudo en el país más extenso del mundo y el que limita con la mayor cantidad de naciones. Richard Pipes dice en su libro La Revolución rusa (Debate) que en 1917, 60.000 vagones cargados con alimentos, forraje y combustible quedaron varados por la nieve. La bomba estaba por detonar.

    Una revolución siempre resulta ser un proceso caótico, sucio y violento. No hay diálogo posible ni gente pidiendo la palabra desde sus cómodos asientos parlamentarios, hay gritos y movilizaciones; no hay agravios ni tortazos, hay balas y explosiones. Las negociaciones pueden prescindir de la violencia, aunque no de la suciedad, pero las revoluciones son un desmadre. Y la Revolución rusa —la más importante de la historia después de la francesa—, además de caótica, sucia y violenta fue extremadamente ambiciosa: sustituir el capitalismo por el comunismo.

    El padre, estratega y líder absoluto del levantamiento obrero es un abogado, un tal Vladímir Ilich Uliánov, un hombre bajo y corpulento de indomable disciplina que vive en Zurich en un humilde departamento detrás de la casa de un zapatero remendón. El mundo lo conocerá más tarde como Lenin. No habla con nadie, tiene un solo traje bastante gastado y acude todos los días a la biblioteca pública a leer sobre marxismo y aledaños. Hijo de un conservador liberal y de una madre fiel a los rituales de la Iglesia ortodoxa, lleva a cuestas un pasado trágico y dostoievskiano: su hermano fue arrestado y ejecutado por intentar asesinar al zar con una bomba.

    Lenin está en Suiza de paso, sufriendo el exilio, a la espera del momento —y de la revancha— en que pueda volver a su amada tierra, donde se formó pero también donde experimentó la cárcel y el destierro en Siberia. Y lo hará en un tren precintado por los alemanes, quienes confían en que su presencia vuelva aún más caótica la suerte de madre Rusia, su enemiga. Junto a Lenin y su familia viaja un camarada, más que un camarada un paquete sorpresa que muestra “una singular y misteriosa sonrisa en el oscuro compartimiento de tercera clase, iluminado por un vacilante cabo de vela”, como escribe Stefan Zweig en Momentos estelares de la humanidad (Acantilado). Es Stalin.

    Aunque adhiera a la causa bolchevique (la palabra viene de “mayoría”), un poeta no percibe del mismo modo que un estratega. El poeta ve con las entrañas, intuye la plasticidad del mundo y transmite su música; el estratega piensa y especula, mueve piezas mentales en el tablero del sistema y no se puede permitir una sola falla.

    En 1917, el poeta ruso Iliá Ehrenburg estaba en París. Vivía de lo que podía, escribía versos, frecuentaba La Rotonde, el célebre café donde se reunían los escritores, los artistas, los revolucionarios y los locos, y se quedaba hasta la madrugada conversando con Modigliani, Picasso y Léger, mientras todo daba vueltas a su alrededor. Inquieto, encendido y simpatizante de las ideas comunistas, Ehrenburg decide volver a Rusia y participar de algún modo en semejante gesta, tal vez en el ejército, tal vez como poeta, en definitiva: donde lo necesiten. Así describe Moscú en su monumental libro Gente, años, vida (Acantilado, más de 2.000 páginas que valen la pena): “No estaba sometido al gobierno provisional, ni al Sóviet de Diputados Obreros y Soldados ni a la milicia. La espléndida Torre de Sujarevka (luego demolida por Stalin en 1934) se alzaba sobre el gran mercado; allí parecía vivir aún la antigua Rusia, se oía a los ciegos entonar canciones melancólicas, con sus mendigos y sus ascetas locos por Cristo. Las blasfemias se mezclaban con los lamentos, los viejos juramentos invocando a Dios con las conversaciones sobre los kerenki (papel moneda puesto en circulación por el gobierno de Kerenski), sobre los burgueses y los bolcheviques. Y qué de gente se podía ver: desertores, mujeres orondas de los pueblos vecinos, amas de llave, institutrices que se habían quedado sin trabajo, esposas de funcionarios muy serias, ladrones reincidentes, mocosos que vendían cigarrillos emboquillados a granel y popes llevando en los brazos gallinas que no dejaban de cacarear. Todo aquello producía un ruido infernal; blasfemaban, gritaban, pataleaban: una auténtica marea humana”.

    Piensen en las enormes distancias de Rusia, en la cantidad de pueblos, culturas e idiomas que encierran sus caóticas fronteras. El poeta constata con la belleza de su pluma el desorden total. La Policía no sabe a quién detener, qué retratos deben ser colgados y cuáles no, qué dinero tomar por válido, dice Ehrenburg. Esto, en su totalidad, es lo que debemos subvertir, piensa Lenin, quien dirigirá desde su sede del sóviet en el Instituto Smolny, en Petrogrado (futura Leningrado, actual San Petersburgo), la toma del Palacio de Invierno el 6 y 7 de noviembre (la Rusia prerrevolucionaria se manejaba con el calendario juliano; las fechas en concreto fueron el 25 y 26 de octubre). El Palacio de Invierno, antaño residencia de los zares y en ese momento sede del gobierno provisional de Kerenski, tomada por el Ejército Rojo. Cuánta historia en el imponente edificio de Pedro el Grande, hoy sede del Museo Hermitage y donde Aleksandr Sokurov filmó con un solo plano secuencia meticuloso, cuidado y recontraensayado, El arca rusa.

    Llegamos así a los dos días en la vida de la revolución, el momento en que la clase obrera se hace con el poder, el nacimiento de la Unión Soviética. Está bien: así son los aniversarios. Pero, ¿dónde comienza y dónde termina una revolución? Una vez concentrado todo el poder en los sóviets (consejos obreros), el país siguió peleando contra foquismos zaristas y contrarrevolucionarios (los cosacos, los ejércitos blancos) durante tres años. Ucrania era controlada por los alemanes; en el Báltico había permanentes revueltas nacionalistas; los japoneses tuvieron poder sobre el ferrocarril transiberiano en el sector oriental hasta 1922.

    El poeta viaja, el estratega anticipa jugadas y controla el poder y el periodista —que también es escritor— pregunta e informa.

    H. G. Wells viaja a Rusia en 1920. Pasea por las derruidas calles de Petrogrado y Moscú, transitadas por mendigos, gente miserablemente vestida y apurada, y le llama la atención la ausencia de comercios y negocios —exceptuando una tienda gubernamental de cerámicas y una florería—, todos cerrados, con los vidrios opacos y rotos, los escaparates vacíos o tapiados y en un polvoriento rincón del piso, un viejo producto que allí se vendía, arruinado, pisoteado. Dice el británico: sin comercios, estas ciudades desaparecerán, no tendrán razón de ser. Ha escrito La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau, El hombre invisible y La guerra de los mundos, cuatro novelas que parecen unificar elementos esenciales de la Revolución rusa: el tiempo, los monstruos, el poder en las sombras y las guerras. Hombre de izquierdas pero de profundas convicciones democráticas y republicanas, Wells consigue una entrevista con el inaccesible Lenin en el Kremlin. El novelista ha dado paso al periodista y al historiador: quiere saber qué piensa el líder soviético, hacia dónde va el proceso revolucionario, qué deparará el futuro.

    Después de una entrada que se complica con “formalidades sin fin”, apunta Wells en Reportajes de la historia, de Martín de Riquer y Borja de Riquer (Acantilado, tomo II), accede al gabinete de Lenin acompañado por un fotógrafo (“un camarada americano”) y un funcionario bien conocido en los círculos bolcheviques londinenses.

    Lenin habla un excelente inglés. Su escritorio está lleno de hojarasca desordenada. Al principio muestra una risa seductora pero no tarda en volverse cínico y, debido a un defecto visual, “guiña fuertemente un ojo cuando ha terminado de hablar”, dice Wells.

    Hablan sobre socialismo y economía pero no se ponen de acuerdo. El camarada americano saca fotos sin parar y el funcionario bolchevique interrumpe la charla cada dos por tres con disquisiciones que no vienen al caso. Lenin insiste en terminar de una vez por todas con el capitalismo (en discursos anteriores había empleado los términos un tanto más tajantes “terror revolucionario” y “exterminio”), exhorta a que se haga lo mismo en Inglaterra, y Wells replica que la justicia social que ha visto hasta el momento en Rusia es apenas un embrión.

    —Vuelva usted dentro de diez años a ver lo que habremos realizado para entonces —concluye Lenin.

    Pero una herida de bala en un atentado y una posterior apoplejía terminan con el líder de los sóviets en 1924.

    El poeta, el estratega y el periodista quedan atrás. Ha llegado el turno de aquel paquete sorpresa de “singular y misteriosa sonrisa” que venía en el tren: Stalin, el dictador.

    Que sueñen los poetas, especulen los estrategas y pregunten los periodistas. Yo ejecuto, dice Stalin. Y lo hizo literal e ininterrumpidamente hasta 1953, cuando una hemorragia cerebral se interpuso en su camino. Así fue el estertor del tirano según su hija Svetlana en La hija de Stalin, de Rosemary Sullivan (Debate): “En lo que parecía el último instante abrió de pronto los ojos y arrojó una mirada a todos los que estaban en el cuarto. Fue una mirada terrible, demente o quizás enojada y llena de miedo a la muerte y a los rostros desconocidos de los médicos inclinados sobre él. La mirada recorrió a todos en un segundo. Entonces sucedió algo incomprensible e impresionante que no puedo olvidar ni entender hasta el día de hoy. De pronto levantó la mano izquierda como si estuviera apuntando hacia algo arriba y trayendo una amenaza sobre nosotros. El gesto era incomprensible y lleno de amenaza, y nadie podía estar seguro de qué hacía o a quién iba dirigido. Un momento después, tras un esfuerzo final, su espíritu se liberó de su carne”.

    En la biografía también nos enteramos, por ejemplo, de lo difícil que es ser el pichoncito del hombre más poderoso y sanguinario del reino; del cariño de papá cuando reía con esos bigotazos y de las rabietas de papá cuando fruncía el ceño con esos mismos bigotazos; del pánico en el cuerpo —en todo el cuerpo— de los otros al saber que tenían enfrente a la hija de Stalin, el innombrable, la bestia negra, el hombre que solo temía a su madre (hay una foto en el libro de la abuela de Svetlana y te da miedo). Pues bien: Svetlana­ no tuvo mejor idea que pedir asilo político en la Embajada de… Estados Unidos en Nueva Delhi, un día de 1967, cuando la Revolución rusa cumplía… 50 años.

    Condenado dos veces a Siberia por sus convicciones revolucionarias durante el zarismo, el georgiano Iosif Visarionovich escapó en ambas oportunidades de esos centros correctivos, lugares a los que él mismo envió luego, siguiendo las máximas del “terror revolucionario” y del “exterminio”, a cientos de miles de soviéticos disidentes. ¿Traicionó la revolución? ¿Potenció el comunismo? ¿Se tomó literalmente y un poco más aquello de la dictadura del proletariado? Lo cierto es que Stalin salió victorioso en la II Guerra Mundial, solidificó a la Unión Soviética como una potencia internacional —privilegiando las hambrunas, las deportaciones y las masacres— y, más allá de las diferencias de los “discípulos”, dejó una escuela de atildado personalismo con Kruschev, Brézhnev, Andrópov, Chernenko, Gromyko y el resignado —o infiltrado o héroe— Gorbachov, que llevó al comunismo soviético hasta la desintegración total en 1991.

    Vida Cultural
    2017-10-19T00:00:00

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