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    Automedicación

    Sr. Director:

    En la edición de Búsqueda No 2106 se publica el artículo Medicamento que se usa como antiparasitario se agotó en farmacias por sus supuestos beneficios contra el CoViD.

    Esto nos trae directamente al tema de la automedicación en nuestra población, que ahora surge a la luz pública por la pandemia de SARS-CoV-2, pero que tenemos que tener claro que es endémica. Desde ya declaro que este fenómeno, tan peligroso, se debe combatir fundamentalmente con dos armas: educación y receta médica universal.

    La automedicación es peligrosa por dos tipos de consecuencias. En primer lugar, todos los medicamentos tienen efectos adversos leves, moderados o graves. Un efecto adverso se distingue de uno tóxico en que se verifica a las dosis estándar recetadas por el médico (no depende de la dosis ingerida) y porque no se da en todos los pacientes sino en algunos especialmente sensibles. Por lo tanto, cuando una persona recomienda un medicamento porque lo tomó y no le hizo nada, esto no asegura que la otra persona no vaya a sufrir una reacción adversa que puede ser grave.

    En segundo lugar, otra consecuencia de la automedicación es la falta de supervisión médica del tratamiento, con todo lo que esto implica: falta de un diagnóstico apropiado y evaluación de comorbilidades que contraindican ciertas medicaciones, ausencia de ajuste de la dosis, prevención de posibles interacciones con otros fármacos, ausencia de reporte cuando aparece una reacción adversa, etc. O sea, hoy día en países con alta vigilancia sanitaria no se concibe que cualquier persona pueda comprar un medicamento en la farmacia sin prescripción (excepto los autorizados como de venta libre u OTC).

    Algunos efectos adversos pasan desapercibidos o no se los asocia con la medicación, y no se reportan al Centro de Farmacovigilancia del MSP. Por ejemplo hemorragias digestivas por antirreumáticos, reacciones de la piel graves (dermatopatías) por antibióticos, afectación muscular (miopatía) por medicamentos para el colesterol, movimientos anormales o hiperprolactinemia por antipsicóticos, broncoespasmo por betabloqueantes (medicación para la hipertensión), osteoporosis por corticoides, etc.

    Dicho esto, nos enfocamos en el tema de las medicaciones que se usan off-label para el Covid. Recordamos a comienzo de la pandemia el uso de la hidroxicloroquina que surgió en los EE.UU. donde el presidente Donald Trump la recomendó sin ninguna base científica. En Europa se diseñó un estudio aleatorizado, controlado y bien potenciado que se llamó Recovery, con una rama que usaba el antimalárico como tratamiento para el Covid-19. Se asignaron al azar 1561 pacientes a hidroxicloroquina y 3155 pacientes recibieron tratamiento médico estándar. La conclusión del estudio fue que en el grupo con hidroxicloroquina no disminuyó la mortalidad en relación al grupo que recibía solamente el tratamiento médico usual.

    Esto pone de relieve que la prueba de eficacia y seguridad de un fármaco se debe verificar mediante estudios como el Recovery que tiene las siguientes características: 1) los pacientes se asignan al azar a los grupos de tratamiento y de control, respectivamente, de manera que la única diferencia entre los dos grupos es el medicamento que queremos probar, 2) el número de pacientes del estudio se debe calcular estadísticamente para que los resultados sean confiables (potencia del estudio) y 3) el estudio tiene que ser realizado de acuerdo con las Buenas Prácticas Clínicas de la Conferencia Internacional de Harmonización (GCP-ICH por sus siglas en inglés).

    Veamos ahora el caso de la ivermectina que ha sido objeto de difusión en los medios y discusión en las redes sociales en estos días. EL 3 de abril del 2020 se publicó online un artículo de Leon Caly y col. cuyo título en inglés se presta a confusión: The FDA-approved drug ivemectin inhibits the replication of SARS-CoV-2 in vitro. Hay personas y medios que han interpretado que la FDA había aprobado la ivermectina para el SARS-CoV-2. Esto es erróneo, los autores quisieron decir que un medicamento aprobado por la FDA, para otras indicaciones, había sido efectivo in vitro para inhibir la replicación del SARS-CoV-2. Los autores son del Royal Melbourne Hospital, Victoria y de la Monash University, Clayton Australia. De manera que el descubrimiento no tiene nada que ver con los EE.UU. ni con la FDA.

    Poco después, Virginia Schmith, una investigadora americana de Nuventra Pharma Sciences, Durham, NC, comunicó que la dosis en humanos para alcanzar las concentraciones que inhiben 50% la replicación del virus (IC50%) debería ser, por lo menos, 35 veces mayor que la concentración máxima (Cmax) de ivermectina medida en plasma de pacientes a los que se le administró una dosis usual. Esto hace, según la autora, muy difícil poder realizar estudios clínicos con ivermectina ya que el riesgo de toxicidad es muy alto.

    De todas maneras, ese artículo australiano provocó una estampida de estudios en países muy diversos, con metodología muy variada y con un denominador común: los estudios no cumplían con la adecuada potencia para obtener resultados confiables. En general son estudios pequeños observacionales o retrospectivos, algunos incluso aleatorizados pero que no cumplen con las especificaciones de la GCP-ICH.

    Frente a la acumulación de este tipo de estudios (ensayos clínicos) comenzaron a aparecer a fines del 2020 los llamados metaanálisis. ¿Qué es un metaanálisis? Es un análisis retrospectivo que colecta ensayos pequeños seleccionados en base a unos criterios preespecificados (revisión sistemática). Estos ensayos clínicos por sí mismos no son concluyentes. Mediante herramientas estadísticas adecuadas los ensayos se analizan como si fueran uno solo. Esto, entre otras cosas, hace que el número de pacientes evaluados aumente y el metaanálisis alcance una mayor potencia estadística.

    Sin embargo, también debemos decir que la robustez de los resultados de un metaanálisis depende directamente de la calidad de los datos que incluye y, si los ensayos clínicos incluidos están pobremente diseñados, los datos obtenidos serán poco confiables. Esto se debe principalmente a los sesgos (bias en inglés) que presentan los ensayos clínicos. Por ejemplo en el caso de los ensayos de ivermectina: a) el tamaño de las muestras de la mayoría fue pequeña, b) se usaron diferentes dosis y esquemas, c) algunos de los ensayos aleatorizados fueron a rótulo abierto (open-label), o sea tanto los participantes como los investigadores sabían cuál era el tratamiento, d) además de la ivermectina, los pacientes recibían varios tratamientos concomitantes, lo que confunde la evaluación de la verdadera eficacia y seguridad del medicamento e) la gravedad de Covid-19 en los participantes del estudio no siempre fue bien descrita, f) las medidas de eficacia clínica no siempre estuvieron claramente definidas y g) siempre existe el sesgo de publicación que genera una falsa percepción de éxito del producto.

    ¿Qué es el sesgo de publicación? La tendencia generalizada de la comunidad científica a no publicar los estudios negativos en los cuales el producto (en este caso ivermectina) no mejora o incluso empeora a los pacientes. Por lo tanto, la revisión sistemática del material para el metaanálisis considera principalmente los estudios que fueron exitosos. No hay forma de saber cuántos estudios dieron negativo y quedaron por el camino.

    El jueves pasado (14-01-2021) un panel de expertos de la National Institutes of Health (NIH) de los EE.UU. emitió el siguiente comunicado: “El panel de Guías de Tratamiento de Covid-19 ha determinado que en el momento actual no existe evidencia suficiente para recomendar o desestimar el uso de IVERMECTINA para el tratamiento de CoViD-19. Se necesitan resultados de estudios clínicos adecuadamente potenciados, bien diseñados y bien conducidos que provean directrices más específicas, basadas en evidencia, sobre el rol de la IVERMECTINA en el tratamiento del CoViD-19”.

    En fin, hoy día varios estudios aparentemente bien potenciados y diseñados están en curso. Seguiremos esperando que aparezca ese estudio, como el Recovery para la hidroxicloroquina, que ponga fin a esta discusión de una vez por todas. Mientras tanto no debemos automedicarnos con ivermectina porque, independientemente de que en el futuro apareciera la prueba irrefutable de que es efectiva para el Covid-19 hoy, lo que sí sabemos, es que no es inocua. La ivermectina presenta diversos efectos adversos, algunos de los cuales pueden ser graves (hipotensión ortostática, agravamiento del asma, enfermedades graves de la piel, alteración de las enzimas hepáticas y de la bilirrubina, trastornos hematológicos, náuseas, vómitos, diarrea, mareos, ataxia, convulsiones, etc.) y a altas dosis puede ser tóxica.

    Dr. Francisco E. Estevez Carrizo

    CI 1.291.111-8