¿Qué nos lleva a, cada vez más, acompañarnos con animales, un fenómeno que convive con tendencias demográficas —mayor proporción de hogares unipersonales, menos nacimientos y envejecimiento de la población— que pueden traer cola como sociedad y para la economía? ¿Cuánto abarca el negocio en torno al cuidado, cada vez más humanizado, de las mascotas? ¿Deberíamos pensar en infraestructuras y prestaciones específicas para perros y gatos? ¿Y en impuestos por tenerlos? No me ladres, no estoy proponiendo ideas; son preguntas que se formulan sociedades de otros países, y algunas ya han encontrado respuestas.
Aunque las cantidades absolutas y los porcentajes de hogares difieren de los registrados por ese censo, encuestas realizadas por Equipos Consultores permiten asegurar que hay más hogares con animales que en 2014 (56%).
Buscando profundizar en el análisis, para esta newsletter le pedí ayuda al economista Alejo Estavillo con el procesamiento de microdatos del censo; surgieron algunas comparaciones interesantes.
Considerando la tenencia promedio, en Canelones, Soriano, Durazno y Maldonado, siete de cada 10 hogares tienen al menos un animal doméstico, mientras que solo uno de cada 10 tiene un niño o una niña de entre 0 y 6 años. Por municipios, el contraste es más extremo, ya que hay muchos hogares en el interior del país sin ningún menor de esa edad.
Acompañados
Las respuestas más repetidas desde la sociología y la psicología a la pregunta de por qué son cada vez más comunes las familias “multiespecie” aluden, entre otras cosas, al declive del “mandato” de tener hijos y a que el cuidado de una mascota es relativamente menos demandante en tiempo, responsabilidad y dinero que criar a un niño (sobre esos costos ya escribí en esta anterior entrega de Detrás de los números).
Una encuesta de 2017 de Equipos preguntó al dueño qué es lo que más valora de tener un perro. Las menciones a la “compañía”, al “entretenimiento”, la “amistad”, la “fidelidad”, la “nobleza” y el “cariño” duplicaron al argumento de que la mascota da “seguridad” al hogar. En casa, cuando yo era chico, teníamos perro y gatos, y empatizo con esas respuestas.
El informe que presenta los resultados de esa encuesta menciona la mayor posesión de animales domésticos como “uno de los principales cambios en la vida urbana en las últimas décadas, no solo en Uruguay sino en el mundo entero (...). La convivencia entre humanos y animales ha generado un conjunto de desafíos para nuestras sociedades, algunos de ellos vinculados a la salubridad, otros al uso compartido de los espacios públicos, discusiones sobre los niveles de responsabilidad en la tenencia, y problemas de convivencia social por ruidos molestos o ataques eventuales de mascotas a seres humanos. Los beneficios de convivir con mascotas generan, también, algunos problemas concomitantes”.
Desde hace algunos años tenemos disposiciones específicas que fijan pautas sobre la tenencia responsable y cuidado del bienestar de los animales, en particular de perros y gatos.
Por las encuestas de Equipos y por lo que veo en las calles de Montevideo, son más los que cumplen con la obligación de recoger la caca de su perro que los que no. Pero no es infrecuente encontrarse con el calzado sucio.
También es común ver canes que son paseados sin correa (ni bozal, requerido para las razas peligrosas).
Una consultoría de 2017, contratada al Área de Economía y Administración de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de la República, calculó los costos económicos de las lesiones por mordeduras de perros —propios o ajenos, ocurridas en la calle— en US$ 207.147, con base en los casos denunciados, y en US$ 1.172.379 según una “estimación real”.
En el campo, los perros salvajes están siendo un problema serio para muchos productores ganaderos.
Controles
A los propietarios se les exige anotar a sus mascotas en el Registro Nacional de Animales de Compañía. Para esta newsletter, en abril le pedí al Instituto Nacional de Bienestar Animal la cantidad de animales inscriptos al cierre de 2025, además del número de prestadores de servicios para animales registrados y de datos sobre las sanciones aplicadas a los incumplidores. Después de reclamar hace unas semanas, ya expirados largamente los plazos legales para el derecho al acceso a la información pública, lo último que supe fue que la respuesta estaba en preparación.
La “patente de perro” fue derogada en 2023 y se sustituyó por una tasa —de hasta 4% del valor de importación o costo de producción por kilo— a los alimentos para perros y gatos, cobrada como contraprestación por la certificación del producto para su comercialización en el mercado interno; eso financia políticas de bienestar animal del Ministerio de Ganadería y a la Comisión Nacional Honoraria de Zoonosis.
En varios países avanzados, como Alemania, además de la obligación de registrar al animal y brindar información identificatoria del responsable, ciudades o municipios cobran un impuesto por cada perro (Hundesteuer), como forma de controlar la población canina y para financiar la limpieza de sitios públicos o infraestructuras comunitarias.
¿A alguien por acá se le ocurriría proponer nuestro Hundesteuer?
Por otro lado, si aceptamos que los animales de compañía contribuyen al bienestar emocional de los hogares “multiespecie”, ¿debería haber incentivos y políticas públicas que favorezcan la adopción? ¿Se me soltó la correa?
Negocio animal
En Uruguay, el sector proveedor de productos o servicios para mascotas festeja como perro con dos colas la creciente integración de mascotas a los hogares.
Según las encuestas de Equipos que mencioné antes, los propietarios que alimentan a su perro con “ración o pastillas” duplicaban a los que le hacían la comida.
Las importaciones de raciones rondaron los US$ 80 millones anuales desde 2022, superando largamente los US$ 52 millones de 2020, de acuerdo con cifras que obtuve de una compañía que suministra estadísticas de comercio exterior. En 2025, unas 30 empresas trajeron estos productos para mascotas.
Aunque cabría pensar que los veterinarios tienen cada vez más trabajo, según Equipos predomina la decisión de consultar “esporádicamente, sólo cuando le pasa algo”.
Además de los paseadores o las guarderías, muchas veces imprescindibles cuando el dueño trabaja, viaja o toma vacaciones, el gasto en torno a las mascotas se diversificó hacia otros rubros, desde accesorios para entretenimiento hasta peluquerías, baños en cabinas especiales, pólizas de seguro —que cubren, por ejemplo, gastos veterinarios, medicamentos y responsabilidad civil— y servicios de sepultura o cremación.
Disconforme con aspectos de la “gran transformación” que vive la humanidad, el economista serbio-estadounidense Branko Milanovic cuestiona que muchas actividades típicas de la vida hogareña se han ido mercantilizando, desde lo que comemos hasta el cuidado de niños, ancianos y mascotas. La consecuencia, postula, es una cuasi desaparición de la institución familiar y un mundo en soledad.
Hay algo de eso en nuestro Uruguay “pet friendly”; quizás por eso Rodolfo me ladra y con sus dueños apenas nos saludamos.
Antes de despedirme, te recomiendo lectura de Búsqueda: esta columna de Alejandro Laborde porque, desde otra perspectiva —la generacional—, también tiene que ver con los vínculos interpersonales.
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