N° 1696 - 10 al 16 de Enero de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos antiguos griegos llamaron hado a la misteriosa voluntad de los dioses, a ese conjunto de dilemas y de acontecimientos que se cruzan para torcer, premiar o confundir el camino de los mortales. El hado que visitó a Wilhelm Richard Wagner el 23 de mayo de 1813 estableció que el recién nacido habría de perder a su padre, secretario de la Jefatura de Policía, apenas abriera los ojos, que su madre se casaría con el actor Ludwig Geyer, el mejor amigo del difunto (que también lo fue secretamente de ella mucho antes de su viudez). Quiso también el Hado que el bueno de Geyer le ofreciera al muchacho una educación muy calificada en los mejores colegios de su región, donde aprendió latín, griego y literatura clásica; según lo testimonia Wagner en su dulcificada autobiografía (“Mi Vida”, Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, 1944). En el colegio tomó gusto por el arte de Sófocles, autor al que tradujo en varios de sus pasajes con muy buenas notas y del que nunca podría distanciarse.
Agazapada en la tragedia ática estaba la música, y por eso cuando en plena adolescencia se encuentra con el portento de Der Freischütz —en especial con el coro de los cazadores, que tiene tanto impulso vital, tanta luz—, su vida sufre un vuelco importante. Enseguida se convierte en devoto de Weber, al que integra a su galería de admirados sin reservas junto a Goethe, a Mozart, a Bach. Tanto llegó a gustarle la música de Weber que, además de estudiar algunos instrumentos para holgarse en interpretarla, también se aplicó a la afanosa tarea de transcribir al piano algunas de sus partituras. En eso estaba cuando irrumpió Beethoven en su alma. El momento tiene fecha y lugar: fue en Leipzig, en marzo de 1828.
Lo que sigue es historia conocida. Wagner se brinda al estudio de Beethoven con la misma entrega y devoción con que un exégeta trata con la Sagrada Escritura; no hay nota, pausa, apostilla o detalle que escape a su obsesivo dominio. Es cierto que cuando trató con Don Giovanni también puso un empeño desmedido y casi alcanzó, dice, las franjas del éxtasis; pero Beethoven sobrepujó todas sus previsiones y todos sus sueños y marcó a fuego su destino. En poco tiempo lo vemos ensayando como director de orquesta y más adelante convirtiéndose en una autoridad de la batuta precisamente por su tratamiento de las sinfonías de Beethoven (hasta sus más enconados detractores, entre los que se encontraban Berlioz y Brahms, reconocieron que nadie hizo sonar las sinfonías con la exactitud expresiva del Wagner director).
En línea paralela a sus buenos sucesos en el teatro, se dedicó a la composición de obras perfectas y a la crítica musical. Y también a producir infelicidad y admiración en cuantos le rodeaban. Bajo el lema “el mundo me debe aquello que necesito”, se dio a todos los excesos que le están permitidos a un enviado de los dioses: se casó con una cantante a la que se ocupó de hacer muy infeliz, exigió dinero o mecenas de sus amigos (entre ellos Listz, quien cometió la imprudencia de felicitarlo por sus primeras óperas y acabó financiando sus aventuras); fue revolucionario junto a Bakunin, fundador del anarquismo violento y amigo de las artes; fue huésped mantenido, junto a su familia, del banquero Otto Wesendonck en una magnifica villa de Zurich, y no tuvo mejor idea que cortejar a la esposa de su benefactor, convertirse en su amante, componerle canciones de amor, inspirarse en su ilícita relación para escribir “Tristán e Isolda”, traicionarla y mofarse de ella.
Como para mantener este promedio, y luego de un memorable llanto en Venecia (el que dio por resultado nada menos que la muerte de Isolda), Wagner volvió a ejercer sosegada y firmemente su característica maldad; convirtió su amistad con un celebrado director de orquesta, Hans von Bülow, que lo apreciaba, que lo consideraba el más grande artista de su tiempo, en un lodazal, ya que en poco menos de dos infernales años de amable convivencia le robó a la esposa, que era hija de su amigo Liszt, el buen nombre y, encima, lo destrató en el campo profesional. No conforme con esto, dejó escapar sus bajos instintos y predicó contra el arte de Meyerbeer, acusándolo de “judío”; lo mismo hizo con el cristiano de origen judío Felix Mendelssohn; al primero lo condena por su buen suceso en los ambientes donde él estaba fracasando, a Mendelssohn lo detesta desde siempre por cuanto no comulga con sus ideas musicales. Ya casado con Cósima Liszt, esta será su ángel negro para que nunca más abandone su abyección en esa materia.
Nada de esto, sin embargo, pone siquiera un átomo de sombra sobre la prepotente llamada con la que nos bendijo. Su música infinita ha rebasado la estrecha sombra que algún día afligió a los justos de este mundo. Por lo tanto, hoy lo que importa es el arte, que siempre es inocente y que, como enseñó Oscar Wilde, nunca puede ser inmoral.