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    Benito Nardone

    Sr. Director:

    En recuerdo y homenaje de Chico Tazo. ¡Qué fenomeno! ¡Qué increíble fenomeno! Estoy leyendo el libro José Artigas, escrito por Chico Tazo, que me prestara Benito Van Lommel hace más de 30 años. (Perdona Benito, ya te lo voy a devolver cuando lo termine).

    Está escrito en forma de teatro y Benito Nardone tuvo la habilidad de difundirlo por Radio Rural en forma de radio novela. Sí, porque Chico Tazo y Benito Nardone es la misma persona. Debemos aclararlo porque las nuevas generaciones no deben saber que Chico Tazo y Benito Nardone es la misma persona. Probablemente ni sepan, si es que alguna vez oyeron hablar, quién fue Benito Nardone, hoy apenas reconocido por alguna callecita en Montevideo y en el interior. En el interior no conocemos ningún pueblo o ciudad que tenga alguna calle con su nombre.

    Sin embargo, en su momento tuvo una enorme influencia y arrastre en la campaña, que lo catapultó a ganar las elecciones de 1958 y ser Consejero Nacional. Y a llegar al extremo de que la gente bautizaba a los hijos con su nombre. Perdona Benito, pero supongo que tu padre, Francisco Van Lommel, excelente, extraordinario vecino de Paso de los Toros, compañero mío en la Cooperativa Agropecuaria de Sarandí de la China, te bautizó con ese nombre en recuerdo de Nardone.

    Yo también supe conocer a Nardone en casa de Don Juan José Gari. Recuerdo un día —pocos meses antes de ser electo Consejero Nacional— que cayó con la enorme novelería —casi propia de nene chico— de que se había comprado un auto. Era un auto usado. Un espantoso Citroen de aquellos años cincuenta y poco.

    Nardone era muy modesto. Increíblemente tímido. Recuerdo también un día en una rueda, ante el planteamiento de una señora, manifestar que era anticomunista, profundamente anticomunista. Para él, ser comunista era descalificador, en consonancia con la opinión pública dominante en esa época. Tanto que para descalificar al batllismo de Luis Batlle acuñó el epíteto “comunismo chapa 15”, que constantemente repetía en su audición como recurso de oratoria. Hoy —con los cambios y degradación de nuestra cultura y de nuestra educación— decir que uno es anticomunista es casi descalificador o, por lo menos, políticamente incorrecto.

    Estas virtudes, y sobre todo su fe federalista, sobre todo su fe artiguista, es lo que me llevaron —en su oportunidad— a respetarlo. Y, con el tiempo, poco a poco, creo que llegar a admirarlo, algo. Hasta llegar a hoy, en que francamente me  animo a decir que es admirable después de leer su libro sobre Artigas.

    Y más admirable es si miro para atrás desde este Uruguay de hoy, donde son tan solo un recuerdo los cabildos abiertos, las agremiaciones ruralistas federales dispersas por todo el interior. Donde políticamente la campaña está más olvidada que nunca. Donde sus otrora poderosos caudillos, rústicos y rurales, como Don Homero Andrade, como Don Zacarías Palomeque, por citar nada más que a los que conocí personalmente, son una especie extinguida o en vías de extinción. Mismo Domingo Burgueño Miguel, en una etapa un poco más evolucionada o terminal del caudillismo, fue un poderoso ejemplo de adhesión popular, pese a haber integrado el proceso cívico militar desde una banca en el Parlamento. Lo que es una prueba más de lo que a continuación vamos a decir. Donde la opinión pública se ha tragado, casi silenciosamente, una “historia reciente” que es una burla a la verdad. La historia la escriben los vencedores. Lo que vivimos fue una guerra y los vencedores se han permitido —como ha sucedido siempre— escribir la historia a su conveniencia, porque también han copado la opinión pública, dictando qué es lo políticamente correcto y que es lo políticamente incorrecto a su gusto.

    En ese sentido recordamos a Nardone y su espacio radial como un fantástico formador de opinión publica que seguramente hoy —por su reconocida valentía— se hubiera erguido contra esa fábula de la “historia reciente” y la tendenciosa etiqueta de políticamente incorrecto.

    Donde seguramente —aunque Nardone nunca estuvo con la dictadura, al igual que nosotros, que ni votamos la reforma constitucional de los militares— hubiera tenido la valentía de denunciar lo que con toda razón podría  calificarse como corrupción de la Justicia. (1)

    Desconociendo lo que el Derecho Penal llama circunstancias  atenuantes, como lo es en este caso el haber reaccionado contra una agresión de que fueron víctimas y que además fue violentísima y estuvo a punto de triunfar. (2)

    Sabemos que el fin no justifica los medios, pero sí constituye una circunstancia atenuante. Para algunos de nuestros jueces y fiscales parecería que el esfuerzo extremo por impedir esa victoria sediciosa constituye no una circunstancia atenuante, sino una circunstancia agravante.

    Suponemos que el interior tuvo conciencia de todo esto cuando su voto refrendó por dos veces el apoyo a la ley de amnistía a los militares. Pero una vez más, la voz del interior ha sido acallada.

    Hoy más que nunca suponemos que estas voces mudas sienten en lo profundo el dolor de ver a esos ancianos que con más de 80 años sufren —además de las violaciones del Derecho mencionadas— prisión, a pesar de su avanzada edad, violando así —otra vez más— la ley. El caso de Juan Carlos Blanco es el más notorio, pues además de ser inocente, es una persona de una santidad sólo encontrable en los conventos, incapaz de matar a una mosca.

    ¡Qué fenómeno! ¡Qué increíble fenómeno Benito Nardone! ¡Qué cultura y conocimiento histórico increíble contiene su libro! ¡Cómo conoce el detalle de los hechos de la época de Artigas! Los nombres de los personajes, aun los de segunda y tercera categoría. Aun los de la Francia revolucionaria de la época y también, en menor medida, de los españoles. El nombre de varios charrúas y minuanes, así como varios vocablos suyos. También numerosos vocablos de los negros africanos. El nombre de los portugueses que se instalaban en nuestra frontera. La anécdota de los marineros de los numerosos buques (con sus nombres) venidos de Europa y sobre todo de Boston y Filadelfia, que mantenían al tanto a nuestros criollos de los acontecimientos y contenido de la Revolucion Norteamericana, despertando sus inquietudes, así como también a los negros de los episodios de la revolución independentista de Haití con el precario triunfo de su líder, el para mí desconocido Tusanlaventure. También los nombres de los arroyos de todo el Uruguay.

    Llegamos al extremo de descubrir a quién obedecía el nombre del arroyo que pasa por nuestra estancia: Minas de Callorda. Según Chico Tazo, Gaspar Castro y Callorda era un latifundista de la época de la Colonia que tenía campos que llegaban desde el río Yi hasta el río Negro, o casi.

    Absolutamente increíble. Suponemos que es todo auténticamente verdadero. No lo serán los parlamentos. Pero todo lo demás, las costumbres, las palabras españolas de la época hasta el juego de naipes que se jugaba en Montevideo, además de lo mencionado más arriba, parecen auténticos. Demuestran una documentación y lectura fenomenal, que parece imposible en una sola persona. Tiene cosas infantiles, pero en general está bien construido, atrapa y tiene algunos pasajes, como los amoríos en la corte española, que despiertan suspenso de telenovela.

    A pesar de nuestro juvenil respeto e incipiente admiración por Benito Nardone, Chico Tazo, siempre nos pareció intelectualmente limitado. Hoy, después de estar leyendo su libro, debemos modificar radicalmente esta opinión. Si es que lo escribió él, y no tenemos por qué pensar lo contrario, es absolutamente increíble el grado de conocimiento, documentación y lectura que el mismo indica.

    Un motivo más para evocar y recordar su nombre. Y sobre todo su legado, la Liga Federal de Acción Ruralista, los cabildos, el ideario y gesta artiguista, su defensa del Uruguay interior, su permanente visión y lucha por la democracia, su desvelo por poner de manifiesto a los enemigos de ésta y de nuestra libertad. Seguramente si hoy estuviera él vigente, la serie de circunstancias negativas que vivimos y que enunciamos más arriba no serían tan graves porque el interior hubiera tenido un liderazgo y una voz que hoy no tiene.

    (1) Esto es, jueces que condenan no aplicando la ley vigente sino aplicando su ideología, violando sagradas instituciones del Derecho Penal como el principio de que todo ciudadano —y los militares son ciudadanos, aunque parecería que algunos piensan que son una clase diferente— es inocente hasta que se pruebe lo contrario, invirtiendo la carga de la prueba (in dubio pro reo); sustituyendo la prueba por la presunción; violando el instituto de la prescripción; violando el principio de que una ley penal no puede ser retroactiva (nulla pena sine legge), desconociendo la soberanía de nuestro Poder Legislativo y por ende de nuestras leyes, al desconocer y violar las mismas en aras de una muy discutible supremacía de un régimen supranacional dictado por autoridades que nadie sabe quién nombró; o sea, que carecen de legitimidad democrática.

    (2) Nuestro padre recordaba una conversación con el general Queirolo (mi padre era miembro de la Comisión Honoraria de Salto Grande) en que éste le había manifestado que la guerra con los tupamaros estaba perdida.

    Diego Posadas

    CI 773.338-1