Nº 2095 - 29 de Octubre al 4 de Noviembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn un capítulo de la serie Borgen, la primera ministra danesa tiene un cruce con su ministro de Justicia, a cuenta de unas eventuales escuchas ilegales a un partido político minoritario. Tras un episodio lleno de idas y venidas, en donde el ministro convoca dos ruedas de prensa por su cuenta y sigue una estrategia errática y moralmente dudosa para defender sus actos, la primera ministra se reúne con él y le dice que si bien no puede despedirlo por una cuestión de imagen (sería una señal de debilidad para su gobierno), para ella él ya es un muerto político. No piensa convocarlo a ninguna reunión de gabinete, no lo quiere ver por la casa de gobierno y solo piensa interactuar lo mínimamente necesario. Y que todo eso es así porque ya no puede confiar en él.
Algo parecido ocurrió fuera de la ficción y no en Dinamarca sino en territorio oriental: el jefe de Policía de Montevideo, Erode Ruiz, presentó su renuncia al cargo (y esta fue aceptada) tras hacerse pública una reunión informal que sostuvo con el exdirector de Convivencia del Ministerio del Interior Gustavo Leal. De inmediato, las usinas militantes de un lado y otro (venimos bien, estamos en camino de ser Argentina, no aflojemos) comenzaron a intercambiar la munición que tienen preparada para estos casos: que pedirle la renuncia a Ruiz era una “venganza” del ministro Jorge Larrañaga (lo de la “venganza” lo dijo el propio Leal, quien desde la campaña electoral sigue en modo militante, borrando con el codo todo lo distinto que hizo en su momento), que no había nada de malo en consultar a “un ciudadano” (esta es cómica por cínica), que lo de Leal era un intento de “desestabilizar” al gobierno (qué poca fe le tenés al gobierno si pensás que esto lo puede sacudir) y que Larrañaga es un crack apretando al jefe de Policía porque así “pone orden” (una forma bastante limitada de entender los vínculos entre quienes están por un rato en el Estado).
Me interesa otra perspectiva, una que en vez de regodearse con encontrar culpables para poder tirárselos al rival/enemigo ideológico por la cabeza, se concentre en pensar qué pasaría si en vez de hacer todo lo posible por desconectar con los gobiernos previos, se lograran pensar los asuntos esenciales (la seguridad es uno de ellos) como parte de un continuo que para poder ser transformado necesita de un continuo de eventuales soluciones. Es decir, desarrollando lo que decía en la columna de la semana pasada, a través de un conjunto de políticas acordadas entre todos los partidos que tienen posibilidad de gobernar. A través de políticas de Estado.
Por un lado, es claro que un asunto tan delicado como la reunión del jefe de Policía de Montevideo con un exjerarca de la administración previa no puede ser algo que se haga sin conocimiento del máximo responsable de esa cartera. Fuera informal o no esa charla, es de recibo que Larrañaga debía ser informado de su existencia. El argumento de que si le informaban, la iba a rechazar corre a favor del ministro: con más razón debía ser consultado si creía que era mejor no hacerla. Pero al mismo tiempo, el gesto de Ruiz mina la confianza que el ministro necesita tener para poder trabajar de manera adecuada. Que uno de tus máximos jerarcas pase por alto que ya existe un nuevo director de Convivencia y no informe a sus superiores de esa reunión, dinamita la confianza del ministro, sin duda. Como dice la primera ministra en Borgen, aunque todo haya salido bien, ella ya no confía en su ministro de Justicia y lo considera un muerto político en su gobierno. Para evitar esa tensión es que renuncia Ruiz.
Por otro, nada de esto ocurriría si quienes llegan al poder en este país se tomaran la tarea de pensar en los problemas sociales profundos que tenemos no como algo que debe ser parchado cada cinco años. O algo que en esos cinco años adquiera la apariencia de estar solucionándose, así me aseguro el voto y tengo otros cinco años para que siga pareciendo que las cosas cambian. También ayudaría si cada nueva administración que llega al poder se olvidara por un rato del realismo mágico que tan famosa hizo la literatura latinoamericana y le dice sin tapujos al ciudadano que hay problemas que superan su arco de acción. Que hay problemas que son tan profundos y estructurales que necesitan de acuerdos que vayan más allá de cinco años y de una paleta de soluciones acotada por la propia ideología partidaria.
Obviamente, mientras la democracia sea una democracia de mercado, es decir, una que ofrece soluciones de gobierno como quien ofrece opciones de suavizante para ropa, es difícil que nadie en ningún partido juegue esa carta: decir la verdad (y esto lo sufrió Jorge Batlle en carne propia) puede y suele tener un precio en las urnas. Decirle la verdad a un elector que se ve a sí mismo como un consumidor de detergente político y no como un tipo con responsabilidades colectivas, sale caro. Pero no hay vuelta, es el único camino para los cambios estructurales. Si lo que se quiere es mejorar de manera estructural los problemas de un sector, la reunión entre un jefe de Policía y un exjerarca del gobierno previo debería ser algo natural y aceitado en el marco de una política de Estado en materia de seguridad y no un problema para el gobierno.
Y ese es, creo yo, el núcleo del asunto: Uruguay enfrenta problemas serios y complejos en determinadas áreas que, para poder ser superados o siquiera mejorados, necesitan un arco de trabajo mucho más largo que cinco años. Y cuya solución tampoco puede depender de que un partido repita el tiempo suficiente en el gobierno para que se solucionen. Entre otras cosas porque, lo sabemos de manera empírica, ningún partido tiene recetas mágicas para solucionar esos problemas. No importa si eso es lo que cada uno de esos partidos dijo en cada elección, cualquier ciudadano que tenga algunas elecciones a sus espaldas sabe que eso es chatarra para ganar y nada más. Nuestro problema es que los partidos no tienen incentivos para esto y los ciudadanos no somos capaces de organizar nuestra perspectiva de manera independiente. Un clásico lose lose.
El pragmatismo bien entendido empieza por reconocer los propios límites ideológicos y por asumir que no todo en el mundo real depende de la buena o mala voluntad. Que la solución a problemas complejos que nos involucran a todos, necesita marcos de trabajo y de acuerdo que van más allá del propio partido o coalición. El gobierno multicolor afirma ser pragmático, sería bueno verlo impulsar estrategias que tiendan a buscar acuerdos macro con la oposición para estos temas clave. Con esos marcos de largo alcance, la charla entre Erode Ruiz y Gustavo Leal sería un intercambio saludable para el país y no una letal pérdida de confianza para un ministro.