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No es novedoso que grandes artistas hayan vivido en la pobreza y el anonimato. Van Gogh es el ejemplo más conocido. O el aduanero Henri Rousseau, un gris funcionario parisino que pintaba animales para no morirse de angustia. Contemporáneo de Rousseau pero en una tierra más árida y lejana, la campiña de Georgia y sus pueblos aledaños, allí nació y murió Niko Pirosmani (1862-1918), un pintor primitivista o naïf que también dibujaba animales y escenas campestres por pura vocación. Alto, desgarbado y con un bigotazo, siempre atravesaba el paisaje cargando cansinamente su valijita de pinturas de un lado para el otro. Las obras de este artista vocacional colgaban en las cantinas y sótanos y adornaban los almacenes de Tbilisi. Huérfano, criado por unas tías y consciente de que la agricultura no era lo suyo, se largó a crear escenas coloridas donde priman las figuras estilizadas y alargadas, una especie de Modigliani pero mucho más cándido e inocente. Su espontaneidad natural lo llevó a ganarse la admiración de Picasso, un genio que acumulaba academia y luchó toda su vida para despojarse de esa misma academia.
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Fue campesino y lo dejó. Trabajó de sirviente para gente adinerada y lo dejó. Fue maquinista de trenes y también lo dejó. Pintó carteles, encaló fachadas de casas y, por supuesto, dejó más de 200 obras que en su momento cambiaba por comida y vodka y actualmente, a más de un siglo de su muerte, valen millones y se exhiben en los museos. La vieja historia del arte: el reconocimiento atrasa como la luz de las estrellas.
Pirosmani estuvo a punto de casarse y en plena boda, en medio del baile y los festejos, decidió que eso no era lo suyo y pasito a pasito literalmente se fue alejando de la novia, de los familiares, de los músicos y de los invitados. Puso un almacén y era tan torpe en el comercio que debió dejar el negocio, pero antes regaló todos los productos a los pobres que pedían fiado: el pan, la leche, el queso y la miel. Antes de cerrar la puerta definitivamente descolgó los dos cuadros que adornaban la fachada del establecimiento, emplazado en el medio de la nada.
Un día asistió a un pequeño teatro —bueno, en realidad un restaurante con un escenario al fondo— donde cantaba y bailaba una bella actriz francesa llamada Margarita. Pirosmani, mediante un hechizo fáustico, queda enamorado al instante. Averigua la dirección de la señorita, compra todas las flores del pueblo y de los alrededores y se las envía a la puerta de la casa, servidas como un enorme lago de exóticos aromas. Margarita sale agradecida y le da un beso, el único beso erótico que Pirosmani recibe en toda su vida. Al rato la bailarina se retira de ese pueblo ignoto en el que solo ha caído para flechar a un alma inconsolable.
—Bebe, Niko, bebe y sanseacabó —le aconseja un cantinero al pintor, uno de los pocos y universales consejos que pueden dar los cantineros.
Elogiado por algunos colegas, criticado por naïf en la prensa y ninguneado por los pueblerinos, Pirosmani se retira al cuarto de las escobas, donde vive y apenas entra una cama (una cama, bueno, un montón de paja en el piso), y termina así sus días. Es enterrado en una tumba sin nombre que hoy nadie sabe ubicar.
Esto es más o menos lo que describe Pirosmani (1969), escrita y dirigida por Giorgi Shengelaia, que integra la filmoteca de tantas películas valiosas que hay en Mubi. No es solo la biopic de un artista anónimo de los tantos que dieron y dan vueltas por el planeta. Tiene la estilización de sus cuadros, como si el universo del pintor cobrase vida: las fiestas campestres con animales y cosacos bailando, las carretas, los sacos de harina y las vasijas de vino, los niños correteando entre cabras y ovejas, las iglesias que se levantan en medio de un paisaje lunar, las calles empedradas y laberínticas de un pueblo de fachadas miserables que se caen a pedazos pero conservan la magia de lo pictórico, porque precisamente están puestas ahí para generar una resonancia interior, plástica, antes que para provocar la alarma por el desamparo de sus habitantes. Así vive mucha gente y la mayoría de las veces nada ni nadie puede cambiar las cosas.
El molino y la cruz (2010, Lech Majewski) reconstruía el mundo de Brueghel, también campestre aunque más fantasmagórico. Pirosmani destila el folclore y desapego de los georgianos pintados por la sensibilidad de su artista más importante, ese que transitó entre los suyos igual de frágil y desamparado. La interpretación recae en el actor amateur —y también pintor— Avtandil Varazi, que se mueve como si el autorretrato del artista se despojase de su marco y visitase nuestro aciago mundo, con la mayor candidez e inocencia que pueda existir para contemplarlo.
Shengelaia (1937-2020) también murió en Georgia. Era amigo de Tarkovski y compartió las penurias de todo cineasta humanista y sensible en la Unión Soviética. A lo largo de sus 82 años solo pudo dirigir 14 películas. Tarkovski, que vivió menos, filmó exactamente la mitad. Los que no proponían historias que exaltasen la grandeza social o científica de la URSS o su idea de realismo socialista, podían esperar sentados a que los burócratas aprobasen sus proyectos. Pintores de íconos religiosos, pintores naïf, patrañas burguesas que no interesaban al sistema comunista. Shengelaia, hijo de un director de cine y de una actriz, iba de niño a las casas de los amigos de sus padres, donde siempre había algún Pirosmani colgando en la pared. Y mientras los adultos hablaban de sus cosas, el niño quedaba embelesado apreciándolo con la idea de que tal vez algún día él también ayudaría a esa pintura a salir de su marco y convertirse en movimiento. A más de 50 años, ese movimiento del óleo al celuloide sigue siendo una obra maestra.