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    Buen jazz pero sin sudor

    Wynton Marsalis y su orquesta en el Teatro Solís

    Es el antidivo. Se ubica en la última fila de la orquesta junto a sus tres compañeros de la línea de trompetas. Marsalis es un maestro de ceremonias siempre sentado. Desde su lugar toma el micrófono y presenta a los solistas destacados de lo que se acaba de escuchar y el nombre y características del próximo título que harán.

    Ese carácter de antidivo, generoso con sus colegas y el público, relució también en las dos jornadas de charlas y workshops. Allí se mostró como un apasionado por la dimensión colectiva de la música, alegó por el jazz como herramienta educativa integradora de diferentes culturas y clases sociales, y criticó severamente al rap por ser “ofensivo hacia la mujer y promotor de la ignorancia y la violencia”.

    No obstante su bajo perfil, es un trompetista feroz, de técnica quizás sin parangón con otros colegas, que saca de su instrumento sonidos insólitos con una amplia gama de colores y de dinámica.

    Es el director musical de la Jazz at Lincoln Center Orchestra, una formación de quince músicos con cuatro trompetas, tres trombones, dos saxos tenor, dos saxos altos, un saxo barítono, piano, contrabajo y batería. En algunos temas, los saxofonistas mutan su instrumento al clarinete o al saxo soprano. Todos son músicos de primerísimo nivel, como quedó demostrado a lo largo del concierto del martes 24 con las distintas intervenciones solistas. El conjunto luce un sonido suntuoso porque suntuosos son cada uno de sus sectores. El lunes 23 intervino como invitado en dos temas el saxofonista uruguayo Héctor “Fino” Bingert, quien demostró su talento en diálogo con Sherman Irby.

    Sin embargo, disfrutable como lo fue el concierto del martes 24, hay un par de cuestiones que impiden que el espectador llegue a levitar, como generalmente ocurre con un buen conjunto de jazz a medida que calientan el pico. Una primera cuestión es que la JLCO no es una orquesta con un estilo propio. Como su función es principalmente didáctica, Marsalis y los suyos nos pasean y nos enseñan el jazz de distintas etapas históricas. Lo hacen con enorme profesionalismo, al punto que cuando tocan temas de Ellington, la orquesta se parece a la de Ellington. Lo mismo con Count Basie o Benny Carter. Es una cualidad camaleónica, de transformar su sonido y su enfoque en el de la época histórica a que pertenece el tema que están haciendo o en el de la orquesta que lo hizo famoso. Y una segunda cuestión es que cualquier música, para que conmueva al oyente, hay que sudarla. Y los muchachos de la JLCO, salvo alguna excepción esporádica, están envueltos en un manto de control y de orden donde nadie transpira ni se despeina mucho. Esa ausencia de visceralidad hace que uno tenga la impresión de haber escuchado un concierto sanitizado, como desinfectado, exento de gérmenes, aunque con un alto nivel de profesionalismo.

    La velada comenzó con un muy disfrutable All of Me, con exquisitos arreglos y el destaque de Dan Nimmer como un pianista original y distinto. El mismo Nimmer se transformó luego en un pianista de estilo stride para abordar el clásico de Ellington Black and Tan Fantasy, donde pudo apreciarse la dulzura de sonido del saxo alto de Ted Nash, luego reiterada en I’m in the Mood for Love y los malabarismos de color y sonido de Marsalis. Sin duda Ellington es un preferido del trompetista, porque de él hizo además un vertiginoso Breaking Bread lleno de breaks, nuevamente con lucimiento de Marsalis, y Warm Valley, un estupendo tema lento donde brilló la línea de saxofones, que en un momento cambiaron todos a clarinetes. Los saxos tuvieron también su destaque como grupo en Ugly Beauty, de Thelonious Monk. Un muy interesante saxo tenor, Walter Blanding, tuvo su oportunidad en Yes Sir, That’s my Baby. Los trombonistas tuvieron su cuarto de hora en la famosa I Got Rhythm, de Gershwin, y dos de ellos (Vincent Gardner y Chris Crenshaw) cantaron con gran calidad y gracia en I’m in the Mood for Love, tema muy disfrutable donde el conjunto pareció despegar algo del libreto y transitar la espontaneidad. Lo mismo ocurrió cuando abordaron un blues de Count Basie con gran entusiasmo. Allí escuchamos un prolongado y visceral solo del trompetista Marcus Printup que registró un verdadero crescendo que contagió al resto.

    El trío de piano (Dan Nimmer), contrabajo (Carlos Henríquez) y batería (Ali Jackson) aportó una base rítmica y armónica sin fisuras. Henríquez brilló en Yes Sir, That’s My Baby y Jackson es un estilizado baterista de ritmo infalible, por suerte mucho más ocupado en el color de la percusión que en el ruido.

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