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    Cadena de valor

    Columnista de Búsqueda

    N° 1779 - 28 de Agosto al 03 de Setiembre de 2014

    La vulgaridad y el honor no se llevan: pertenecen a mundos diferentes; por eso no pueden convivir en la misma persona. El concepto de honor en sus orígenes está ligado, casi podría decir, soldado, a la noción de nobleza. Por contraste, la ordinariez y la autocomplacencia, el relajamiento de las costumbres, el pragmatismo barato son atributos igualmente propios de los caracteres toscos y groseros. La memorable primera escena del quinto acto de Enrique IV tiene un parlamento del tosco y sin embargo amable Falstaff que sienta doctrina al respecto: “El honor me aguijonea. ¿Sí, pero si el honor, empujándome hacia adelante, me empuja al otro mundo? ¿Y luego? ¿Puede el honor reponerme una pierna? No. ¿O un brazo? No. ¿O suprimir el dolor de una herida? No. ¿El honor no es diestro en cirugía? No. ¿Qué es el honor? Un soplo. ¡Hermosa compensación! ¿Quién lo obtiene? El que se murió el miércoles pasado. ¿Lo siente? No. ¿Lo oye? Tampoco. ¿Es entonces cosa insensible? Sí, para los muertos. ¿Pero puede vivir con los vivos? No. ¿Por qué? La maledicencia no lo permite. Por consiguiente, no quiero saber nada con él; el honor es un mero escudo funerario y así concluye mi catecismo”.

    Werner Jaeger estudia en detalle esta distinción sociocultural en el primer capítulo de Paideia (Fondo de Cultura Económica, México, 1978, páginas 19-29), que es una suerte de introducción a los puentes que sostienen el ideal heroico en el albor de la cultura griega. Dice allí que la literatura homérica ofrece el modelo de las cualidades morales que es factible esperar de los héroes; nos informa que el vocablo areté —signo que habrá de distinguir por siempre el horizonte de aspiraciones y de perfección de aquella única sociedad— está vinculado al sentido de señorío, de nobleza, de honor, de valentía. Ilustra su alegato invocando el paradigmático caso de Aquiles, para quien el triunfo significó siempre no la mera y vulgar supervivencia, ni siquiera la celebrada victoria en los combates, sino la muy querida muerte heroica, es decir, la muerte generosa, abierta, admirada, rodeada de gloria y desprendimiento. Sostiene que el sentido del honor constituía en aquella Grecia arcaica el elemento central en la vida de los nobles: “Para Homero y el mundo de la nobleza de su tiempo la negación del honor era la mayor tragedia humana” .

    Esa idea, aunque morigerada, sobrevive en Aristóteles, quien afirma que el valor y el honor están decididamente unidos. En su Ética a Nicómaco define el valor como el punto medio entre dos extremos viciosos: por un lado, el miedo y, por otro, la audacia. Y define el temor como “la aprensión de un mal”, esto es que el miedo ocurre al concebir la posibilidad de un daño. Según este filósofo “tememos los males de toda clase, el deshonor, la pobreza, la enfermedad, el abandono, la muerte. Pero el hombre valiente no parece que deba tener valor contra todos los males sin excepción. Hay más de uno, por el contrario, que debe temerse, que es honroso temer y que sería cosa vergonzosa no temer: el deshonor, por ejemplo. El hombre que teme el deshonor es un hombre digno de estimación, porque tiene el sentimiento del honor. Por el contrario, el que no lo teme es un miserable sin vergüenza”.

    No es solo el honor, sin embargo, lo que interviene en la conformación del valor, también el plano de la fisis y los reclamos del ethos participan en la aventura de presentarse como dignos ante situaciones materiales de riesgo; es claro que hay una parte que afecta al instintivo temor ante una amenaza de daño corporal y, a la vez, otra que concierne a la conciencia, al sentido de responsabilidad. Karl von Clausewitz, que ha reflexionado sobre las condiciones y requisitos de la guerra, dedica parte importante de un capítulo (III) de su afamado libro (De la Guerra) a identificar el valor. Dice: “El valor puede ser de dos clases: primero, el valor en presencia del peligro hacia la persona, y segundo, el valor en presencia de la responsabilidad, ya sea ante el tribunal de una autoridad externa o ante el de una autoridad interna, que es la conciencia. (…) Es comprensible que estas dos clases de valor actúen en forma diferente.  La primera es más segura, pues, habiéndose transformado en una segunda naturaleza, nunca abandona al hombre; la segunda, a menudo lo conduce hacia adelante. La firmeza pertenece más a la primera; la intrepidez, a la segunda. La primera deja más en calma a la inteligencia; la segunda a veces aumenta su poder, pero también a menudo la deja perpleja. Las dos clases combinadas constituyen la forma más perfecta del valor”. 

    Atrapados en una mentalidad dominante caracterizada por la cobardía, la grosería y la traición, cabe pensar que estas referencias bibliográficas pueden ser útiles a los que se resisten a ser convertidos  a la fuerza por el imperio de un medioambiente que cada día más premia lo abyecto y aplaude lo mediocre como modelos de virtud.

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