Y eso que tenía pinta de gerente o vendedor de enciclopedias puerta a puerta. Así son los mejores actores: no tienen aspecto de actores. Con su eterna pelada trabajó para los más grandes cineastas, desde Jean Renoir hasta René Clair, desde Buñuel hasta Godard, desde Resnais y Varda hasta Hitchcock. Una estampa increíble en un físico común. Voy a recordar solo dos películas del francés Michel Piccoli, que murió de cansancio el martes 12 de mayo, sin el aditivo del coronavirus: Dillinger ha muerto (1968), de Marco Ferreri, y Salto al vacío (1979), de Marco Bellocchio. En esta última interpretaba a un solterón que vive con su hermana (Anouk Aimée), la clase de historia donde lo que sucede no es demasiado (comen, ven la tele, muy cada tanto hablan), pero precisamente por ello resulta un tremendo papel para el lucimiento de los actores, si tienen lo que hay que tener. Todo por dentro, sugerido, en silenciosa progresión de convulsiones emocionales. En la de Ferreri el asunto es, en cambio, de un extrañamiento radical, y la voy a resumir de principio a fin porque lo más probable es que nunca la vayan a ver. Piccoli aparece prácticamente solo en toda la película, y sin hablar. Está en su casa, va de aquí para allá realizando los actos más anodinos, abre la heladera, se sienta en un sillón, etc., etc., lee el diario, se rasca la cabeza, se pone de pie, etc., etc., revisa un ropero, etc., etc., revuelve un cajón, encuentra un viejo revólver, lo cuelga del techo, lo pinta de rosado, le coloca pintitas blancas mientras tararea una melodía, el tipo está jugando, tiene todo el tiempo del mundo, deja el revólver secar, lo mira así y asá, lo empuña, se dirige al piso superior donde su esposa duerme y le pega un tiro. En la toma final, que recién se abre a los exteriores, aborda un crucero y pregunta si hay trabajo. “De cocinero”, le contestan. Y sube. La película tiene la firma de Ferreri. Debería también llevar la de Michel Piccoli.

