Carlos Fuentes se marchó sin avisar. No por eso dejó inconclusa su extensa e iluminadora obra en pro de una Latinoamérica mejor, a la que siempre tuvo como centro de sus desvelos.
Carlos Fuentes se marchó sin avisar. No por eso dejó inconclusa su extensa e iluminadora obra en pro de una Latinoamérica mejor, a la que siempre tuvo como centro de sus desvelos.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHasta ayer se podía leer su habitual columna en periódicos latinoamericanos en las que reflejaba su agudeza y capacidad analítica, plenas de lucidez para analizar, diagnosticar, proponer y advertir.
En su reciente paso por Cartagena de Indias, entrevistado a propósito de múltiples temas, como siempre ocurría que un periodista lo encaraba, ante la pregunta ¿cuál es la prioridad para Latinoamérica?, respondió: “Educación, educación, educación”.
Para Carlos Fuentes, la educación es la revolución de nuestro tiempo.
Pero a lo largo de sus 83 años, ya fuera en obras cumbres como “La región más transparente” (1958), primera versión histórico-novelada indispensable para conocer México; o en sus innumerables ensayos —en los que abordó todos los temas con singular precisión idiomática y envidiable erudición— Fuentes es el ejemplo del latinoamericano culto, equilibrado, antinovelero, autocrítico —cuando reconoce su error de haber apoyado al presidente mexicano Luis Echeverría (1970-1976)— y, por eso mismo, ajeno para aquellos lectores latinoamericanos que han buscado en sus autores preferidos a quienes les digan lo que quieren oír, antes de leer a quienes escriben lo que deben saber.
¿Qué mejor definición de la amistad que esta, propuesta por Carlos Fuentes?: “Lo que no tenemos, lo encontramos en el amigo (…). La amistad es la gran liga inicial entre el hogar y el mundo (...). Sin la amistad externa, la morada interna se desmoronaría”.
O sobre el amor de pareja, respecto del cual escribió en su obra “En esto creo” (2002), que “acomodarse a la costumbre puede ser visto por algunos como una pesada carga, un desierto final, repetitivo y tedioso cuyo único oasis es la muerte, la televisión o la recámara aparte. Pero ¿cuántas parejas no han descubierto en la costumbre el amor más cierto y duradero, el que mejor acoge y cobija la compañía y el apoyo que también son nombres del amor?”.
Sobre el amor, Fuentes destaca y le pide a sus lectores que tengan siempre presente un aspecto: “la calidad de la atención. El amor como atención. Prestarle atención al otro. Abrirse a la atención. Porque la atención extrema es la facultad creadora y su condición es el amor”.
Fuentes decía que pronunciar el nombre de la libertad es ya un acto de esperanza. ”Quienes carecen de ella, saben mejor que nadie valorarla. Quienes la dan por descontada, corren el riesgo de perderla. Quienes luchan por ella, han de tener conciencia de los peligros que encierra la lucha misma por la libertad”.
Y lúcidamente señaló que del combate por la libertad han nacido formas extremas de opresión que, sin embargo, llegan a legitimarse invocando su origen revolucionario.
Como muchos latinoamericanos, en los sesenta apoyó la revolución cubana y años después rechazó a la dictadura en que se convirtió aquel proceso de cambios.
Carlos Fuentes se va cuando su México querido —más allá de que él nació en Panamá— vive una de las etapas más difíciles de su historia que tuvo, en Fuentes, su honesto escudriñador.
La Ciudad de México de “La región más transparente” contaba con un millón de habitantes. Hoy la superpueblan 20 millones.
Pero la tragedia que hunde a México en el momento de su partida es la peor que pudo conocer Fuentes. En seis años 50.000 muertos generados por el crimen organizado. Deja un México que “se ha convertido en una necrópolis moderna donde los seres humanos no valen ni en su muerte ni en su vida”, como ha descrito Julia Estela Monárrez Fregoso, investigadora del Colegio de la Frontera Norte de Ciudad Juárez, epicentro del feminicidio que no cesa.
Decenas de descuartizados, cadáveres que cuelgan de los puentes urbanos, periodistas decapitados luego de horribles torturas.
Sostuvo hasta el final que la despenalización de la droga es un inicio de solución para desarmar al narcotráfico. Y no lo dijo en soledad. Estuvo acompañado por varios expresidentes latinoamericanos y personalidades.
Pero quizás, sin juzgar sus bondades literarias, que para eso están los especialistas en literatura, su preocupación fundamental fue la educación.
“El crecimiento económico depende de la calidad de la información y esta de la calidad de la educación. El lugar privilegiado de la modernidad económica lo ocupan los creadores y productores de información más que de productos materiales”.
“Los ricos de antaño producían acero (Carnegie, Krupp, Manchester). Los ricos de hogaño producen equipos electrónicos (Bill Gates, Sony, Silicon Valley)”.
“Las naciones del sur cuentan con el 60 por ciento de la población mundial de estudiantes pero solo el 12 por ciento del presupuesto mundial para la educación”.
“Tan solo un uno por ciento de rebaja en gastos militares en el mundo sería suficiente para sentar frente a un pizarrón a todos los niños del mundo”.
“La base de la desigualdad en América Latina es la exclusión del sistema educativo. (…) ¿Puede haber desarrollo cuando solo el 50 por ciento de los latinoamericanos que inician primaria la terminan? ¿Puede haberlo cuando un maestro de escuela latinoamericano solo gana cuatro mil dólares anuales, en tanto su equivalente alemán o japonés percibe cincuenta mil dólares al año?”.
“El capitalismo triunfó sobre el feudalismo porque multiplicó oportunidades para la ciudadanía, empezando por la educación. Los capitalistas latinoamericanos deben contribuir a la creación de bancos nacionales para la educación en cada uno de nuestros países, con fondos y administraciones mixtas y representación de la empresa, el Estado y la sociedad civil, que con espíritu de justicia, de eficiencia y de provecho para todos los factores, invierta en la base educativa del país, distribuya préstamos y también donaciones y becas, tanto a los planteles más necesitados como a los más necesarios, desde las escuelas rurales y artesanales a las de alta tecnología. Y, desde luego, la universidad”.
Hace poco más de un año, Fuentes reiteró su preocupación por la necesidad de mejorar la calidad de educación y de información.
“En el año 2000, había 300 millones de usuarios de Internet. Hoy, hay 800 millones”.
“Internet, Facebook, Twitter reúnen a las multitudes que hemos visto en las calles de Túnez, El Cairo y Alejandría. Esas multitudes representan a una clase media y una clase trabajadora ignorada por el estrecho círculo del poder ejercido desde arriba y solo para los de arriba, con algunos mendrugos arrojados a los de abajo. Solo que los de abajo son la mayoría”, dijo Carlos Fuentes, en febrero de 2011 cuando el periódico “El Tiempo”, de Bogotá, le invitó a exponer sobre el presente latinoamericano.
Se le va a extrañar.
Hugo Machín
CI 1.312.624-1