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Sr. Director:
En nuestra sociedad, la violencia, en todas sus expresiones y derivaciones, individuales o colectivas, está aumentando en cantidad, características e importancia. Lo comprobamos cuando:
* escuchamos insultos desmedidos y gratuitos provenientes de lujosos automóviles; el tono de las reclamaciones ciudadanas, gremiales y sindicales;
* vemos las vergonzosas agresiones y riñas dentro y fuera de las canchas de fútbol y básquetbol; las asonadas callejeras; la profusión de películas y seriales, transformadas en gratuitas enseñanzas delictivas; los informativos televisivos;
* leemos los diarios, etc.
La violencia cada vez es más difícil de encarar, soportar y superar.
Algunos medios:
* priorizan los delitos describiéndolos lujosamente como si estos fueran imprescindibles para la cultura y la instrucción del pueblo;
* delatan detalles que entorpecen la labor policial;
* infringen el horario de protección a menores con las imágenes;
* alimentan el consumo popular porque les aporta lucro económico (las noticias violentas facturan bien), alentados por las calificadoras a través del rating;
* buscan beneficios político-partidarios (descalificando al oponente) o supremacía en la generación de “opinión pública”.
El ser humano primitivo debió usar la fuerza física para vencer a los animales salvajes que lo amenazaban; a los que le proveían de alimento (cuando dejó de ser herbívoro) y de vestimenta, o para repeler a quienes querían usurpar sus bienes. Muchísimos siglos después, cuando esas causales primarias fueron superadas, encontramos que la violencia, además de incrementado, se ha diversificado, especializado y transformado.
El vis latino, que significaba fuerza, dio lugar a violentus (violento). Hoy nos referimos a la violencia:
* en los centros de estudio (p.e.: escolar bullying);
* doméstica de género (con desigualdad asimétrica en la relación entre hombres y mujeres);
* sexual (imponiendo conductas que limitan o anulan la libertad sexual en hogares o instituciones; generando la prostitución, tráfico de personas, homofobias a homosexuales, transgéneros, etc.);
* interpersonal y familiar (contra los niños, la mujer, los ancianos);
* estructural externa (represión, explotación, hambre, miseria de gobiernos que no satisfacen las necesidades básicas de la población);
* física (con daño de la integridad corporal);
* sicológica (afectando, manipulando la conducta, las creencias, la autoestima o las decisiones de las personas, infundiendo el miedo hasta el terror);
* económica (quitando el dinero que gana, impidiendo gastarlo en beneficio propio o de su familia, controlando su independencia);
* patrimonial (con daño o pérdida de bienes y recursos económicos).
La original violencia ya no es un mero exceso de fuerza; ahora está asociada a la agresividad, la crueldad, los delitos, el miedo, la inseguridad, los crímenes.
En la historia de la Humanidad, los ejemplos de violencia criminal en gran escala, no faltan. En el ignominioso paquete entran las guerras de conquistas; los exterminios étnicos y religiosos, las víctimas de las protestas sociales, y las emergentes de los sicotrópicos como el alcohol, las drogas duras, etc.
Primera conclusión: la violencia forma parte de los seres humanos como las otras características etológicas o sicobiológicas del comportamiento, que lo identifican y diferencian como: ser pensante (por generar conocimientos nuevos a partir de viejos); ser reflexivo y conciente; ser proyectivo (en cuanto a ideas, acciones y responsabilidades); ser simbólico (por su capacidad de simbolizar el lenguaje, el mundo exterior, la existencia, lo que está más allá del significado inmediato y de la razón, etc.).
Pero si la violencia es “una de las virtudes” del ser humano, como tal está sujeta a medida. El exceso o su falencia son igualmente perjudiciales para quien se ha educado como omnívoro. Todo se reduce a justificar, a discernir quién, cómo y por qué se aplica la violencia. Pero, a su vez, a quienes usan abusivamente de la violencia no se las puede convencer con palabras.
Podríamos entender —aunque no siempre justificar— el uso de la violencia para proteger la vida, las ideas, los principios, la fe, la religión o los bienes. Pero las actitudes de quienes asesinan a mansalva buscando jerarquizarse dentro del hampa, se amparan en el anonimato o se drogan para cometer desmanes y hasta asesinatos, ameritan otras lecturas y conclusiones.
¿Van contra el gobierno, la sociedad o una parte de estas? ¿Son erupciones de la personalidad individual y colectiva que no se han logrado “civilizar”? ¿Qué principio ético, moral, ideológico o religioso los mueve? ¿Cuáles son sus objetivos, a dónde quieren llegar? ¿Qué defienden a ultranza? ¿Cuáles son sus códigos? ¿Por qué esa necesidad imperiosa de pertecer a un grupo violento? ¿Qué puede disminuir o detener la violencia en el ser humano? ¿Debemos asumir que es algo inevitable como los tsunamis, las inundaciones, los tornados, las erupciones volcánicas, etc.?
Así como no creemos en la generación espontánea tampoco aceptamos que los desviados de hoy cayeron del árbol como fruta madura. La sociedad que los ignoró de mil formas, los gobiernos que no supieron atenderlos, ¿son los únicos responsables de los males que hoy cosechamos? ¿Cuántos hijos de iguales padres tienen diferentes color de ojos, pelo e intelecto?
Cuando surge una epidemia mortal, los científicos de todo el mundo tratan de encontrar la droga que la combata y de crear el conjunto de medidas que evite la enfermedad y su propagación. La sociedad es invocada para colaborar aplicando estas medidas.
¿Alguien duda que la violencia criminal humana es un mal epidémico globalmente perjudicial social y económicamente, sobre todo en los sectores más vulnerables, con resultados que afectan un cuantioso porcentaje de nuestro PIB?
La multiplicidad de especialistas afines a esta problemática como los sociólogos, sicólogos y siquiatras, ¿no pueden utilizar el análisis científico y los datos ya existentes sobre este tema y encontrar la solución? ¿Acaso no están capacitados para tratar a los violentos —y a sus víctimas— de una forma integral, estableciendo una estatregia de medidas inmediatas, a mediano y largo plazo? ¿Por qué para resolver la violencia desatada por los malvivientes se pretende modificar la vida de las potenciales víctimas? ¿Por qué se ataca sistemática y fundamentalmente las consecuencias en vez de resolver, también, las causas? La mayoría de nuestra población termina perdiendo sus derechos constitucionales, siendo víctima “antes de” cuando se debería suprimir al victimario.
Si los mandatarios, aquellos a quienes delegamos para desempeñar ciertos roles de familia y los servicios de salud, instrucción, seguridad, etc., a pesar de sus proselitistas promesas y los gravosos impuestos que obligan a pagar, no cumplen ni desempeñan sus obligaciones, solo quedan dos vías: destituirlos y sustituirlos o defendernos “a como dé lugar”. Pero ambas soluciones son insatisfactorias; la primera pues en el mejor de los casos sería “inconstitucional” o habría que esperar las elecciones, y la segunda pues, “gatillo fácil” de por medio, terminaría siendo peor el remedio que la enfermedad. Según la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito (Onudoc), en Uruguay hay 31,8 armas cada 100 habitantes. ¡Somos los primeros de América Latina! (http://www.elpais.com.uy/informacion/encuesta-posesion-armas.html)
La historia fáctica nos muestra que cuando los gobiernos no resuelven los urgentes problemas que acucian a la sociedad, amenazando su supervivencia, surgen los “indignados”, los “okupas”, las “primaveras” que no siempre anuncian florecimientos. Por eso, el resto de la sociedad, los mandantes, deben involucrarse cualquiera sea su rol o función. No podemos ni debemos permanecer expectantes en una tarea que es de todos.
Arq. Ignacio David Weisz
CI 612.364-2
Sr. Director:
Indignados hay por todos lados. Puede que en Uruguay también. Ni siquiera a los amantes del orden republicano y de las virtudes de canalizar nuestras inquietudes a través de los partidos políticos y la representación parlamentaria nos debe sorprender esta nueva forma de manifestación no tradicional y que utiliza como herramienta de convocatoria las “redes sociales” que no son más que un medio democrático tanto como el aire, por estos días.
Sigue habiendo dudas, aunque pocas, de los destinatarios de estas manifestaciones. Al menos en el mundo libre.
Me sumo al ensayo de que se trata de un llamado de atención a la ética de la clase política. Y descarto que sean movimientos subversivos.
Por tanto, como conviene poner las barbas en remojo, invito a pensar cómo andamos en este tema (la ética) por estos lares.
Habría mucho para decir sobre el peso del Estado, en qué se gasta, quién recibe premios y castigos, el peso de las corporaciones, cierto nivel de nepotismo y muchos otros etcéteras.
Se dirá que este es un fenómeno muy complejo de analizar. Pero me animo a hacer un resumen de la situación uruguaya.
En Uruguay los que la pasan peor son: los niños pobres, los enfermos psiquiátricos graves y los presos. Oh casualidad: ninguno vota.
Atención a la clase política. Creo que hay razones para indignarse. Y esas razones no solo pasan por el presupuesto quinquenal.
Sugiero una idea para medir el grado real de adhesión a nuestro sistema para que no haya sorpresas. Deroguen la obligatoriedad del voto. Los indignados están demostrando a la clase política que “la vaca nunca está atada”.
¡Atención!
EI
CI 1.764.862-5
Sr. Director:
Los indignados de Brasil. Se dice con razón que “cuando veas las bardas de tu vecino arder, pon las tuyas a remojar”. Sugerencia oportuna para Uruguay, no solo por la cercanía sino, y sobre todo, porque hoy, en épocas de globalización, internet y redes sociales, somos todos arte y parte de la aldea global.
De todas formas hay algo más que la interconexión instrumental de base tecnológica: hay una realidad, una percepción y una reacción ciudadana a las carencias y falencias de los gobiernos en áreas sensibles de la vida cotidiana ciudadana. Diferentes en distintas latitudes, de acuerdo, pero similares en sus causas: falla la gestión de los gobiernos y por ende del Estado, no hay respuestas adecuadas en tiempo y forma, hay autocomplacencia y/o desidia política. Las consecuencias son entonces la impaciencia ciudadana, la indignación y la reacción por la vía que les queda. Que no es ciertamente la que les dan sus representantes políticos que los gobiernan.
Para agravar el tema-problema, lo que sucede no es exclusivo de los gobiernos de turno, son consecuencias de los predecesores y no hay muchas razones para pensar que los que vengan los resuelvan... salvo que haya un sacudón monumental, tipo la reaccion ciudadana indignada, que atraviesa todas las tiendas políticas y supera las propuestas de sus políticos.
Porque ninguno podrá hacerlo solo, y solo se unirán las fuerzas ante un clamor popular, un reclamo ciudadano, el del soberano en su máxima expresión, la asamblea democrática participativa.
El tema es cómo adelantarse a ella. En ese sentido compartimos una cita de un ensayo recientemente editado, escrito en el 2012, premonitorio de lo actual, “La salud en Uruguay; un rompecabezas a armar”:
“Vivimos una época de globalización y efervescencia mundial. Se mira el presente y se apunta al pasado. El manifiesto ‘Indignaos’ de Hessel inspira los reclamos y las redes virtuales detonan Movimientos de Protesta en varias partes del mundo.
En Uruguay bien podríamos mirar el presente y apuntar al futuro. ¿Qué tal generar un Manifiesto para Reavivar Ideales y alinearlo a un Movimiento de Realizaciones?
Al analizar el manifiesto ‘Indignaos’ vemos que es un enfoque retrospectivo que deriva inconcientemente en un movimiento desorientado y desorientador en lo conceptual, y táctica y fácticamente reconstructor. Resulta en una convocatoria a la plaza, al paro, caceroleos y piquetes de rechazo que terminan en un dualismo antagónico y excluyente. La perspectiva que queda del futuro es una realidad incierta, indefinida y abierta.
Si se lograra un Manifiesto por los Ideales, bien podría resultar una brújula, guía conceptual, táctica y fáctica; una prospectiva que inspire un movimiento proactivo, constructivo, ejecutivo y ampliamente convocante. Este movimiento inspirador, desafiante y renovador, por la positiva, se basaría en la responsabilidad social ciudadana. La perspectiva de un Movimiento de Realizaciones sería, en este caso, ir hacia una realidad definida y querida.
Retomando el subtítulo, ‘Nuestra época’, podríamos plantear una rebelión cívica, armada con ideas e ideales que habiliten quebrar algunas rigideces político-partidarias que resultan funcionales a ciertos intereses sectoriales y/o corporativos. Sería una tímida aproximación a la democracia directa, que en rigor debiera denominarse participativa, que permee a nuestros representantes políticos y, en consecuencia, a los partidos.
De esta forma quizás se revertiría la sensación que, demasiado frecuentemente, nuestra política hace el camino inverso: 1) Reunión y decisiones en la cúpula de los partidos; 2) Mandato y bajada de línea a los políticos; 3) Imposición a la ciudadanía.
No perdamos la ilusión y menos la esperanza, que como dice la canción, ‘Lo mejor está aún por llegar’… ¡en la medida que lo hagamos! Si a esta altura alguien piensa que estamos contra los políticos, o no entendió o no fuimos claros. Estamos a favor de ellos, o mejor dicho, de su función, y por ello es que queremos que la cumplan a cabalidad. Como a veces parece que están distraídos, deseamos que asuman sus responsabilidades y, de no ser así, pensamos que hay que ayudarlos. Desde la ciudadanía.
Estamos convencidos de que todos los partidos políticos tienen una cuota importante para aportar a las soluciones requeridas y que ninguno puede llevarlas a cabo en solitario. Esto no es cuestión para frenteamplistas, colorados, blancos o independientes, tampoco para los de asamblea popular u otros. Es de y para todos, trasciende los límites y las fronteras partidarias. No es tema partidario para resolver por un gobierno. Son temas nacionales a resolver con políticas de Estado impulsadas por la ciudadanía”.
Lo peor es que el ensayo aporta información suficiente para estar desencantados e indignados, y eso que refiere solo a la salud y no refiere a otros temas pendientes, que nos darían razón suficiente para pensar que tenemos el cartón lleno. Así que “...las bardas a remojar”.
GEP
Sr. Director:
El fin de semana pasado fue “fin de semana largo” en Argentina, lo que motivó que organizáramos un evento familiar aquí en Montevideo, al cual invitamos a familiares y amigos de la vecina orilla. Debo decir que nuestros visitantes se sintieron literalmente “como en su casa”. Y no solo por el trato ameno que le brindamos. Paso a contarle:
El viernes por la noche a uno de nuestros invitados le reventaron el vidrio de su automóvil —al cual saquearon, obviamente— en la puerta del hotel donde se alojaba en Pocitos. Cuando el sábado a la mañana concurrió a una vidriería tuvo que “esperar turno”: antes que él había otros cuatro turistas argentinos aguardando la colocación de vidrios ya que también habían sido víctimas de ilícitos.
Mientras este amigo esperaba que le repararan el auto (esto, repito, el sábado 22 a las 10 hs. de la mañana), a una tía mía de setenta años le arrebataron la cartera en calle Payán a 30 metros de la sinagoga, mientras se disponía a ir hacia ese templo. Un auto en velocidad y a contramano ingresó por esa calle y de un certero y violento tirón se hicieron de su cartera, dejándole además un importante dolor en su brazo.
El sábado por la noche a otros dos invitados les reventaron los vidrios de sus respectivos automóviles y los saquearon en las puertas mismas de sus respectivos hoteles, también en Pocitos. Es decir que el domingo 23 emprendieron el regreso sin posibilidad de siquiera arreglar el “desperfecto”: sendos cartones suplieron los cristales.
Quisiera entonces dejar en esta carta plasmados algunos pensamientos. El primero es que todos los casos que he enumerado no entran en estadística alguna: en efecto, todos estos turistas regresaron a Argentina sin celulares, lentes de sol, dinero, matera, prendas, GPS, etc, pero sin formular ninguna denuncia policial. El segundo es que no dudo (y no hay dejo de ironía alguna en mis palabras) que las autoridades municipales y nacionales están profundamente preocupadas por el grave problema de la inseguridad creciente en Montevideo. El tercer pensamiento es que esa gran preocupación de las autoridades es directamente proporcional a la incapacidad que tienen para resolver el gravísimo problema que día a día deteriora la calidad de vida de los montevideanos. El cuarto es que a medida que aumente (y no duden que ocurrirá) el deterioro de la calidad de vida producto de estar la sociedad desprotegida y en peligro, en igual proporción aumentará la incapacidad de las autoridades de resolver el conflicto. En quinto lugar —y dicho con todo respeto— también es directamente proporcional al aumento de la violencia, los robos, los atracos, los arrebatos, etc., el aumento de la anomia de la sociedad uruguaya que no reacciona y no ejerce su derecho de peticionar a las autoridades la solución del problema mediante las normas constitucionales y las leyes vigentes.
Sr. Director: desconozco cómo se soluciona esta gravísima situación. Presumo que deben conjugarse soluciones de largo plazo que atiendan a las causas profundas del crecimiento descomunal del delito con medidas coyunturales de corto plazo que les permitan a los que son contribuyentes y mantienen con sus impuestos al Estado, y a los ciudadanos en general, vivir como personas dignas y con mínimos de seguridad aceptables.
Pero repito: desconozco cuáles son las medidas. Lo que puedo asegurar, Sr. Director, es que cuando estos delitos se “saturen”, esto es, cuando ya no alcancen para cubrir las necesidades de los delincuentes, la escalada será, desafortunadamente, peor y mucho más violenta. Así los arrebatos, los hurtos, etc., se conjugarán en cantidades descomunales con el asalto a mano armada con muertos a cambio de un teléfono celular o con puntazos producidos por armas blancas a menores para robarle los championes. Aumentarán los asaltos violentos a comercios. Aumentarán los copamientos de inmuebles. Pero no en la cantidad actual, repito, sino con una cotidianeidad alucinante y en forma exponencial.
Como remedo de una “Crónica de una muerte anunciada” con otro argumento, otros paisajes y otros protagonistas, pero mirando lo que ocurre en el país cercano de las víctimas que he narrado, lo que pasará en Uruguay es como un secreto a voces que comentan todos, que todos conocen, que es tema común en todos los “corrillos” y que, al parecer, prefieren igual mirar hacia otro lado.
Una pena. Pero, tal como dice el poeta, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.
Raúl Geller
CI 1.436.785-0
Sr. Director:
Leyendo la excelente columna de Daniel Gianelli en el último número de Búsqueda, “La Cancillería hoy”, confieso que me dio tristeza. A pesar de estar al corriente de la información dada (no suficientemente publicitada en otros medios), al verla impresa y detallada por un periodista que conoce el tema, tuve esa sensación de desasosiego, de comprobar, una vez más, a qué niveles ha descendido el Palacio Santos —en el cual pasé 45 años de mi vida— desde que el Frente Amplio ocupa su titularidad.
La igualación para abajo, de la que habla Gianelli y que es característica “progresista” en todos los campos del quehacer gubernamental, hace que se adopten resoluciones fundamentadas en motivos espurios. Así, en los concursos de ingreso a la carrera diplomática, se suprime el inglés en cuanto idioma obligatorio para “democratizar”, ya que los que dominan esa lengua “en su mayoría tienen alto nivel adquisitivo”. Y se pretende suprimir el límite máximo de 35 años de edad para “eliminar la discriminación, teniendo en cuenta el principio constitucional de la igualdad”.
Todo lo cual no resiste el menor análisis serio. En la actualidad, el inglés en la diplomacia es como el análisis matemático en Ingeniería o la biología en Medicina: no son suficientes para obtener el título, pero son imprescindibles para la formación y el desempeño profesional.
Y suprimir el límite de edad por el “principio de igualdad” es un criterio absurdo. El Servicio Exterior es un escalafón especial dentro del Presupuesto Nacional, como lo es el militar, que tiene un límite máximo de 22 años para ingresar a la Escuela Militar y entre 18 y 30 para hacerlo de soldado. Y como lo es el policial, cuyo límite de edad es 24 años para la Escuela Nacional de Policía; y entre 18 y 35 años para agente de segunda. ¿Violan el principio de igualdad los cargos militares y policiales? Por otra parte, con ese criterio, tampoco se podría exigir —como se hace— la posesión de un título universitario, porque quebrantaría ese principio.
Lo que ocurre —y hay indicios para suponerlo— es que seguramente esos cambios para abajo tienen nombre(s), apellido(s) y tufillo “emepepista”.
Sin embargo, lo más grave no son estas irracionales decisiones de administración, que menoscaban el profesionalismo de los diplomáticos, sino la conducción de la política exterior del Uruguay en manos de un presidente voluntarista, que basa su accionar en las afinidades ideológicas y con un sempiterno grado de improvisación. Y esa política internacional es implementada por un canciller incompetente, rodeado de un equipo integrado ya sea por militantes, por obsecuentes o por mediocres.
El botón de la muestra es la ignominia que pretenden perpetrar con Paraguay en el Mercosur y la manera de efectuarla. Porque si es voluntad de los otros cuatro (Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela) que no se cuestione el ingreso de Venezuela, que ese país asuma la Presidencia y que Paraguay vuelva al organismo con el hecho consumado y bajo la batuta de Nicolás Maduro, la forma en que se hizo es tan mala como la intención de fondo.
En efecto, si recordamos la cronología para fijar la fecha de la cumbre del Mercosur, esto ha quedado claro. Inicialmente prevista para el 28 de junio, el presidente José Mujica anunció en España, en ocasión de su visita a ese país, el aplazamiento para que Paraguay pueda ingresar tras la asunción de Horacio Cartes.
La periodista Pilar Valero, de la agencia EFE, le preguntó al presidente uruguayo por qué se había retrasado la cumbre, si era para dar tiempo a que el presidente electo Cartes asuma el próximo agosto, pueda levantarse la suspensión a ese país y que, a su vez, el Senado de Asunción también apruebe el ingreso de Venezuela. Y Mujica responde (sic): “Así es. Es para que Paraguay pueda ingresar como corresponde” (ver información en la pág. web del Mercosur, del 31/05/2013).
Se supone que, ejerciendo la Presidencia “pro-tempore” del Mercosur, Mujica sabe de lo que está hablando. Sin embargo, luego, aquel que el diario “El País” de Madrid considera “un referente de la izquierda latinoamericana”, y por supuesto no es tal, seguramente recibe una llamada de la Casa Rosada, del Planalto o de Miraflores, o aún de los tres a la vez, y cambia su posición, como ha hecho sin ningún pudor, en múltiples ocasiones.
Entonces, el Dr. Luis Almagro informa que la cumbre se realizará el 12 de julio por “razones de agenda de los presidentes”. También afirma que se va a levantar la suspensión de Paraguay para que el 15 de agosto regrese y se le entregará la Presidencia del bloque a Venezuela.
Mientras tanto, el gobierno electo paraguayo había enviado a Montevideo a Leila Rachid y Eladio Loizaga, asesores internacionales de Cartes, para dialogar con el canciller uruguayo sobre la posición paraguaya en relación a este asunto.
Loizaga fue consultado sobre la respuesta de Almagro y dijo: “Escuchó con atención y respondió que la cumbre se postergará”. Pero al regreso a Asunción, el representante paraguayo se entera que la cumbre se convocó para el 12 de julio (“Últimas Noticias”, 15/06/2013).
Si la política exterior uruguaya tuviese gobernantes experimentados y utilizase funcionarios con conocimiento y profesionalismo, para llevar a cabo las aviesas intenciones que comentamos ut-supra, lo lógico hubiese sido mantener la Cumbre el 28 de junio y no entrar en el berenjenal de cambios de fecha. Y pedirle al presidente —misión imposible— que piense dos veces antes de hablar, sobre todo en materia externa y cuando tiene la representación de un organismo.
Digamos al pasar y para finalizar, que nos falta saber —porque hay versiones contradictorias— si Paraguay, después de un proceso electoral sin objeciones (contrariamente a Venezuela), está dispuesto a seguir siendo humillado por el populismo autoritario que rige el Mercosur.
De cualquier forma —y ojalá no me equivoque— confío en la proverbial dignidad de nuestros hermanos paraguayos, que no pueden continuar aceptando las violaciones al derecho internacional y el avasallamiento de los grandes y sus lacayos, siguiendo a Nicolás Maduro como al flautista de Hamelin, pero al son de los petrodólares.
Adolfo Castells Mendívil