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    martes 04 de junio de 2024

    Carteles de plástico en los árboles

    Nº 2277 - 23 al 29 de Mayo de 2024

    Vengo circulando por una calle cualquiera. No es demasiado ancha, tiene árboles y postes a los dos lados. En el auto suena música que me gusta pero hay algo que me viene incomodando y no sé bien qué es. Al cabo de unas cuadras me doy cuenta: todas las columnas y casi todos los árboles están cubiertos de carteles electorales. De plástico, con los colores partidarios brillando, son pura contaminación visual que distrae al conductor y que, muy probablemente, no empuje a ningún votante en ninguna dirección. Para peor, como una vez pasadas las elecciones casi nadie se hace cargo de limpiar el estropicio, es probable que se queden allí durante meses y hasta años, clavados en los árboles, afeando y ensuciando esta ya de por sí no demasiado limpia ciudad.

    En realidad, pienso, esa es solo la incomodidad superficial que plantea la existencia de esos carteles y de esa estrategia de comunicación política. Hay otra incomodidad que resuena en mi cabeza y que podría resumirse en un par de largas preguntas: ¿será posible que unos políticos que siguen creyendo que con carteles de plástico en la vía pública convencen a sus electores sean capaces de lidiar con los cambios inminentes que se avecinan en nuestras sociedades, impulsados por la velocidad imparable que viene adquiriendo la tecnología en el mundo en estos tiempos? Alguien que en términos de autopromoción sigue firmemente anclado en el siglo XX, ¿será capaz de generar planes y políticas para que ese nuevo mundo del trabajo que viene emergiendo en el siglo XXI no se lleve puestos a los ciudadanos más expuestos a la intemperie social?

    En un artículo publicado en El País hace unos días, el economista Aldo Lema apuntaba lo siguiente respecto a esos cambios económicos y sociales que ya están llegando: “Las revoluciones industriales anteriores transformaron los sectores productivos y las sociedades, pero con un balance muy favorable para el bienestar general. Al acelerar el crecimiento económico, también expandieron la masa salarial vía la combinación de mayores empleos y salarios reales, por el gran impulso a la productividad. Si bien muchos puestos de trabajo se perdieron o terminaron peor remunerados en términos relativos, sobre todo por la automatización de tareas repetitivas, paralelamente se crearon más, mejor calificados y pagados, con un saldo neto largamente positivo. Por eso creció la masa salarial”.

    Sin tener el ánimo de enmendarle la planilla a alguien que entiende estos procesos mucho mejor que yo, señalaría que no vendría mal recordar que si bien ese incremento del bienestar general es real y tangible, si viene acompañado de un crecimiento de la desigualdad, puede no llegar a ser percibido como tal. Un poco aquello que los teóricos de la teoría de dependencia llamaban “efecto demostración”: si veo que otros viven muchísimo mejor que yo y yo apenas raspo la supervivencia (que igual puede ser un límite mejor que el de generaciones previas), es posible que eso instale en mí el descontento de todas maneras.

    Más allá de ese matiz, es interesante lo que señala Lema sobre qué hacer desde el ámbito de las políticas públicas, en ese contexto de nuevos cambios radicales en que estamos metidos. Entre esos argumentos destaco tres. Por un lado, el tema debería estar metido de lleno “en el debate público, las campañas electorales y los programas de gobierno”. En el Uruguay de la campaña electoral de los cartelitos de plástico clavados en los árboles, no parece ser el caso. Por otro, las políticas educativas deberían “favorecer la actualización de contenidos en la enseñanza y el aprendizaje en el trabajo. Todo queda obsoleto muy rápido, salvo las ciencias básicas y ciertas habilidades blandas”. Finalmente, pero no menos importante, Lema afirma que “las políticas laborales y prácticas sindicales no deben estar orientadas a salvar puestos de trabajo, sino a reentrenar a los trabajadores para reinsertarlos rápidamente en las nuevas tareas”.

    Uno puede estar de acuerdo o no con los caminos que plantea Lema, pero de lo que no cabe la menor duda es que los procesos a los que alude en su texto (“el teletrabajo, Internet de las cosas, los vehículos autónomos, el machine learning, la nueva robótica y la inteligencia artificial”) son un hecho en el que estamos inmersos desde hace ya un rato. También que la pandemia fue un factor de aceleración brutal en su velocidad de extensión y aplicación. Tal como ocurre a menudo con la tecnología, por más que no tengamos un código sobre cómo manejarla y darle un buen uso social, no vamos a dejar de usarla. Ahí tenemos las redes como ejemplo de una tecnología que usada de manera inteligente es útil pero que usada sin una ética social se destina casi en forma exclusiva a tirarle piedras al rancho ajeno. Como siempre, el problema no es la herramienta sino el uso que le damos.

    La pregunta entonces es si el sistema político uruguayo cuenta con la inteligencia para capturar el instante y proyectarlo en políticas que logren darle un giro virtuoso. Como dice el lugar común, ver si ese sistema es capaz de convertir una potencial crisis en una oportunidad de avance social para el país. A la luz de los métodos de propaganda callejera y el bajo nivel de propuesta que se viene difundiendo en la campaña, es legítimo preguntarse si tal inteligencia existe. No parecen sobrar liderazgos que vayan en esa dirección y de hecho la “inteligencia política” parece más concentrada en intentar construir un enemigo al que se pueda votar en contra antes que por promover una agenda propia. Una “inteligencia” interesada en construir un adversario o un enemigo exterior al que aborrecer y promover entonces el voto por la negativa. Nada nuevo, es verdad, pero lo que es más novedoso es la velocidad de cambio del contexto en que todo esto ocurre.

    Exactamente al revés de lo que ocurría en el mundo premoderno, en donde la gente permanecía en el mismo oficio a través de las generaciones y el abuelo zapatero se perpetuaba en el oficio a través de sus hijos y sus nietos, en el mundo posmoderno actual la velocidad del cambio obliga a aguzar los sentidos para entender cómo orientarse en un mañana del que vamos aprendiendo a medida que nos va llegando. Sin orden visible, sin un plan maestro (que me perdonen los conspiranoicos) y a los ponchazos, solo porque tecnológicamente podemos hacerlo y no vamos a dejar de hacerlo.

    Dadas esas condiciones, se hace imperativa la existencia de una clase política que apoye sus discursos y sus estrategias cada vez más en los datos y en la evidencia en vez de hacerlo en torno a sus resortes y ejes ideológicos tradicionales. Si seguimos clavando carteles en los árboles para comunicar nuestro mensaje político, como si fuera 1950 y Uruguay acabara de ganar en Maracaná, es casi seguro que estamos condenados a perder el tren o, consuelo de tontos, ser el vagón de cola. Por el bien de todos ojalá no sea así y la inteligencia de nuestros precandidatos y quienes los rodean demuestre ser algo más que puro deseo o mera hipótesis.