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    China, la original superpotencia del siglo XXI

    Nº 2133 - 29 de Julio al 4 de Agosto de 2021

    “Todo el mundo habla de China, de cómo va a conquistar el mundo o estallar como una burbuja.

    Para comprender sus planes debemos saber que está controlada por una sola persona: Xi Jinping” (Emperador rojo, de Nitzan David).

    La República Popular China es la superpotencia emergente que se ubica como el mayor rival de Washington en el siglo XXI. Con 1.400 millones de habitantes y 9.600.000 km² su desarrollo ha sido asombroso. La capital es Pekín (Beijing), la ciudad principal Shanghái y cuenta con 58 grupos étnicos.

    Según el especialista en temas internacionales David Nitzan, “todo el mundo parece tener una posición sobre el futuro de China, una posición que suele ser binaria: o se convertirá en una nueva superpotencia y cambiará el mundo o se derrumbará como un castillo de naipes y desaparecerá de la arena internacional. La actitud hacia China también parece extrema: hay quienes la elogian como una potencia tecnológica de historia milenaria, mientras que otros la ven como un país totalitario y peligroso. Cada uno tiene su propia China y parece estar pintada en color blanco o negro”.

    El enfoque dicotómico sobre China, la controversia sobre su futuro y sus posibilidades, deriva de cierta falta de comprensión del país. No se conoce tanto su historia, su visión geopolítica, su estructura, sus metas y sus riesgos. El Partido Comunista (PCCH) es la fuerza más poderosa del país, “recibe su mandato del pueblo y tiene la intención de servirlo”. La persona que hoy lleva las riendas del poder es el presidente Xi Jinping. Es él quien determina la política del Partido y del Estado.

    La base legal del régimen es el Congreso Nacional, electo cada cinco años por todos los ciudadanos. Tiene amplios poderes —en teoría—, pues puede modificar la Constitución, designar al primer ministro, al presidente, los jueces y al Consejo de Estado (Poder Ejecutivo). Promulga las leyes, aprueba informes oficiales y planes quinquenales. Pero en realidad el Congreso es solo un sello de goma cuyos 3.000 miembros se reúnen solo una vez al año durante dos semanas. El Partido Comunista es la organización que gobierna el Estado. Por lo tanto, quien controla el Partido controla China. El núcleo de su poder es la Conferencia Permanente del Buró Político. Se reúne semanalmente y está integrada por nueve miembros. Formalmente el PCCH funciona como una democracia, pero solo en el papel. El Buró controla el Departamento de Organización, responsable de nombrar todos los cargos de liderazgo y gestión, desde ministros hasta comités locales.

    Desde 1978 China es la economía de más rápido crecimiento mundial, siendo la segunda potencia por PBI nominal. Es además el mayor exportador e importador de bienes. Dispone de un gran ejército, posee armas nucleares y cuenta con el mayor presupuesto militar tras EE.UU. Desde 1971 es miembro de la ONU y su Consejo de Seguridad. Tras la muerte de Mao, Deng Xiaoping implementó la transición de una economía planificada a una mixta. En 1989, la violenta represión de la protesta estudiantil en la plaza Tiananmen provocó una condena mundial. En la década del 90, unos 150 millones de ciudadanos salieron de la pobreza, aunque se mantiene una amplia brecha entre ricos y pobres. El rápido desarrollo impactó negativamente en el medio ambiente, un problema que Pekín intenta revertir. China fue el tercer país en realizar un alunizaje y realiza una creciente actividad espacial.

    En 2013, Xi Jinping, secretario general del PCCH, fue electo presidente y comenzó el proceso de depurar la oligarquía comunista para convertirse en jefe supremo. Lanzó una campaña anticorrupción sin precedentes, en la que miles de dirigentes fueron condenados, incluidos altos cargos civiles y militares. Aumentó además el control político sobre el Ejército.

    En 2017, se declaró a Xi Jinping líder supremo y su estrategia política se convirtió en doctrina oficial, junto con el pensamiento de Mao. Otra prueba de su poder ocurrió en 2018, pues se eliminó el tope de mandatos presidenciales, de dos a tantos como quiera (o pueda). El último obstáculo en el camino hacia el poder vitalicio llegará en 2022, cuando cumpla 68 años. En el PCCH existe la norma de que los líderes se retiren a dicha edad, pero dado el férreo control de Xi seguramente la derogue.

    Xi Jinping es un nuevo “emperador chino”. Para alcanzar este poder no se limitó a cambiar el Partido, reconstruyó las relaciones entre este y la sociedad civil, intensificó la censura, profundizó el control de la economía y aumentó la represión de opositores. Hubo pasos hacia la liberalización política, con elecciones abiertas en pueblos y ciudades. Sin embargo, el PCCH mantiene el control efectivo sobre el gobierno. Sin una oposición real, gana todas las votaciones.  En julio de 2021 celebró su centenario. En una sociedad cada vez más plural el comunismo se mantiene monolítico y autoritario, sin señales de cambio en el horizonte.

    A finales de 2019, en Wuhan se produjo el brote inicial de la grave pandemia de Covid-19 que el mundo sigue enfrentando. El rol de China en el tratamiento del problema ha sido duramente cuestionado por su encubrimiento inicial. Según Jorge Guajardo, exembajador mexicano, cuando Pekín cerró Wuhan ya estaba involucrada en importaciones masivas de máscaras. En marzo, “las máscaras compradas en enero las vendía a un precio 20 veces mayor”.

    Un poder en aumento

    Teóricamente, la política exterior se fundamenta en los “cinco principios de coexistencia”: no injerencia en asuntos internos, no agresión, convivencia pacífica, trato igualitario y beneficios mutuos. También se guía por el concepto de armonía sin uniformidad, que fomenta la relación diplomática ignorando diferencias ideológicas. Esta política ha llevado al apoyo a dictaduras consideradas peligrosas como Venezuela, Irán y Corea del Norte.  Más allá de su reclamo sobre la isla de Taiwán, China tiene disputas fronterizas con India y Bután. Las reuniones entre líderes extranjeros y el Dalái Lama provocan una dura oposición de la República Popular, que considera al Tíbet parte integral de su territorio.

    Su poder militar, el progreso económico y la enorme población sugieren que continuará siendo un actor global clave. Existen analistas, sin embargo, que advierten sobre las “burbujas financieras” y el desajuste demográfico como factores que pueden frenar el crecimiento chino. También cuestionan la definición de superpotencia, afirmando que la economía no es suficiente para tal definición y que carece de la influencia política, militar y cultural estadounidense.

    Según Alberto Ballesteros, “los líderes chinos han perseguido dos metas principales en política exterior: recuperar los territorios que el país considera suyos y convertirse en una gran potencia global. Con diferentes estrategias de acuerdo al contexto de su tiempo, Mao, Deng y Xi han avanzado de modo imparable hacia la concreción de estos objetivos, que hoy parecen más cercanos que nunca”. El proceso ha sido “eminentemente lineal”. Con Mao, “China se ganó el derecho a existir por sí misma, luego Deng lideró la revolución económica y ahora Xi está al frente de un país que busca convertirse en el mayor poder mundial”. El dragón ha recuperado el control del Tíbet y Hong Kong. Solo Taiwán ha sido capaz de resistir.

    La llegada al poder de Xi Jinping ha endurecido la línea diplomática. Ahora que China es un actor de peso y fuertes lazos con múltiples naciones, tiene pocos motivos para temer la confrontación, lo cual le permite perseguir sus objetivos con mayor energía. Ante esta nueva posición, el liderazgo chino “ha ido armando una serie de estrategias, planes e ideas que, aunque son difusos, nebulosos y en constante cambio, dan una vaga idea del tipo de sistema internacional al que aspira para proteger sus intereses”. La consolidación de Xi aceleró el cambio de la política exterior china. El veloz crecimiento junto con la opacidad oficial y la multiplicidad de conceptos abstractos han hecho resurgir las teorías sobre la amenaza china, siendo ahora considerada un serio rival estratégico por la Casa Blanca.

    La política externa muestra un cambio notable “fruto no solo de la mayor capacidad política, militar o económica, sino también por la acumulación de poder en manos del presidente”. Su objetivo es consolidar la supremacía en Asia Oriental y su fuerza a escala global. La “comunidad de futuro compartido” es uno de los conceptos más importantes en la diplomacia china y tiene dos pilares: uno político y otro económico. Con el primero busca expandir el autoritarismo en el exterior, y el segundo intenta exportar su modelo de desarrollo. Ambos tienen como objetivo final “crear un escenario propicio a los intereses nacionales”. Esto podría apuntar a dividir el mundo en dos sistemas: el orden liberal con Washington a la cabeza y un orden autoritario con Pekín como centro. La visión de Xi Jinping corresponde a una coyuntura donde China ya es la segunda potencia mundial. El éxito dependerá de su capacidad para atraer países al “paraguas de la comunidad”, pero también de la firmeza de las naciones interesadas en proteger el orden liberal.

    Acercamiento e inversiones en América Latina

    Desde inicios del siglo, la relación entre China y América Latina (AL) ha experimentado un gran cambio, principalmente en el área económica pero también en la relación política. Algunos temas que influyeron en la relación son la incorporación de Pekín como observador al BID y la OEA.

    Anteayer, martes 27 de julio, 13 embajadores de América Latina y el Caribe participaron de un foro en Pekín para discutir la cooperación con China. Según los organizadores, 19 países de América Latina se han unido a la propuesta del dragón, impulsando el comercio y las inversiones, cuyo monto total sumó 300.000 millones de dólares durante tres años consecutivos.

    En los últimos 12 meses China ha sido —por lejos— el principal cliente para Uruguay. Las compras sumaron 1.953 millones de dólares, según la Unión de Exportadores, lo cual representa la cuarta parte del total exportado. Según el expresidente Luis Lacalle Herrera (América Latina entre Trump y China, 2016) el “escenario parece ideal para el avance chino, que a esta altura es algo más que aprovechar una oportunidad, es una política a largo plazo. Beijing se consolida como el otro centro de poder mundial, y nuestro subcontinente es uno de los objetivos del avance (…)”. Luego afirma que “a las cancillerías de nuestros países cabe el moverse con habilidad y sentido de defensa del interés nacional en este nuevo mundo multipolar que asoma”.

    El embajador uruguayo en China, Fernando Lugris, es el actual jefe del grupo diplomático latinoamericano y caribeño. Afirmó en el foro que más países en la región amplían sus redes diplomáticas por toda China, intentando profundizar sus lazos con las principales ciudades. A principios de mes, Chile abrió su quinto consulado en la ciudad de Chengu, buscando diversificar sus oportunidades comerciales. China define la meta frente a América Latina como “crear un vínculo de confianza política y consenso estratégico”. Para ello se compromete a tratar “en pie de igualdad y respeto mutuo” a todos los países, formando una asociación comercial enfocada al “desarrollo común” bajo el ideal del “beneficio recíproco y la ganancia compartida”.

    Autodefiniéndose como “el país más grande en vías de desarrollo”, China intenta liderar parte del heterogéneo grupo, en particular en lo referente a las relaciones entre estados. La geopolítica china percibe al mundo como dividido —entre otros criterios— en países desarrollados y países en vías de serlo. Su meta es posicionarse como vocero del segundo grupo, donde también ubica a Latinoamérica, estableciendo alianzas que aumenten su poder para definir las “reglas de juego” de la política internacional. Pekín busca sumar a los países de la región en su particular forma de concebir el escenario global, priorizando lo económico sobre los diversos modelos políticos. Profundizar las relaciones comerciales con el gigante asiático implica importantes oportunidades, pero también cierto riesgo por la necesaria protección de los valores democráticos.

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