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En la edición del pasado jueves 5 de julio, se publica un artículo referente a la elección del Profesor Director de la Cátedra de Cirugía Cardíaca de la Facultad de Medicina, en el cual se me implica mencionando mal ni nombre de pila, que es Mauricio y no Mario. Error evitable si el periodista me hubiese contactado, tratando por elemental ética periodística de corroborar las informaciones de quien puso mi nombre “en danza”.
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Se cuestionan en el artículo mis méritos académicos, argumentando que soy “un cirujano de amplia trayectoria fuera del país (en particular en Cuba y Venezuela) pero que cuenta con muy poco reconocimiento a nivel académico en Uruguay”. Parece que le informaron muy mal. Mi carrera profesional ha transcurrido íntegramente en Uruguay, desde 1977 en que siendo aún estudiante me vinculé a la especialidad y realicé mis primeras publicaciones científicas sobre temas de la misma, hasta junio de 2010 en que decidí dedicarme a trabajos en el exterior. Me gradué de médico en 1980 y obtuve mi título de especialista en 1987. Entre 1982 y 1987 me desempeñé como asistente grado 2 del Departamento, luego de lo cual decidí desvincularme de la Facultad, al comprobar la poca disposición de quienes tomaron la dirección de la Cátedra desde esa fecha hasta el presente para desarrollar un IMAE público vigoroso y competitivo. Para confirmarlo basta revisar los números de pacientes operados en el Hospital de Clínicas desde entonces y cotejarlo con el elevado porcentaje de pacientes del sector público que terminó asistiéndose en IMAEs privados en igual período, según datos oficiales del FNR publicados en su página web. Puede calcularse entonces la enorme transferencia de recursos del sector público al privado que ha ocurrido en las últimas décadas. Y ni hablar de los aportes académicos que se hicieron desde ambos sectores en igual período, donde la presencia universitaria es de carácter marginal. A pesar de la inauguración del Centro Cardiovascular del Hospital en junio de 2011, construido a un costo que ronda los 4 millones de dólares con dineros, dicho sea de paso, otorgados por el gobierno venezolano. Todo lo que deja en evidencia que una carrera académica no se construye por el mero hecho de “marcar tarjeta” en la Facultad. Se requieren otro tipo de valoraciones y empeños. De mi parte, decidí que era mejor emplear mi tiempo en completar mi formación profesional con sucesivas visitas a diversos y prestigiosos centros de Estados Unidos, Canadá, América Latina y Europa, en ocasiones becado por la Academia Nacional de Medicina, para completar mi formación en diversos aspectos de la especialidad sobre los cuales no había experiencia nacional suficiente ni conveniente.
Más allá de mi larga y fraternal vinculación con la red nacional de la cirguía cardiovascular cubana, y especialmente con el Cardiocentro de la ciudad de Santa Clara donde comenzamos en 1988 el primer programa de cirugía coronaria fuera de la capital (el más prolífico y exitoso hasta el día de hoy), mi trayectoria internacional es mucho más que “Cuba y Venezuela”.
Desde 1992 hasta mi retiro de la actividad nacional en 2010, visitaron mi Servicio en Montevideo más de treinta cirujanos y otros especialistas extranjeros de trece países de América Latina y África por períodos variables de entre una semana y un año o más. También acudimos durante todos esos años a prestar nuestra colaboración a más de cuarenta centros extranjeros, desde México y Caribe hasta la Argentina, entrenando a decenas de colegas en el empleo de nuevas técnicas y tecnologías, en una tarea inédita para el medio uruguayo, sea este “académico” o no. He asistido a más de dos centenares de Congresos y otros eventos en toda América Latina, EEUU, Canadá y diversos países europeos, brindando en muchos de ellos conferencias (más de doscientas a la fecha), en carácter de invitado internacional sobre muy variados temas, alcanzando múltiples distinciones y membresías societarias honoríficas, y no solo el otorgamiento de las Llaves de la ciudad de Santa Clara, sin perjuicio de ser esta una de las que más valoro por diversos motivos. Con más de 4.000 cirugías realizadas y 106 publicaciones nacionales e internacionales, resulta difícil descalificar una trayectoria académica realizada más allá de los estrechos confines de nuestra Facultad.
En relación a la referencia a mi “breve período” de Asistente grado 2 en el Departamento “durante la dictadura militar”, cabe aclarar que la dictadura terminó en 1984, al elegirse el primer gobierno democrático que le sucedió. Y mi cargo fue desempeñado entre 1982 y 1987. Al mismo tiempo, el desempeño de cargos en la Facultad intervenida militarmente entre 1973 y 1984, no parecen haber constituido obstáculos ni “observaciones” para los dos catedráticos que ocuparon el cargo desde 1987 en adelante, lo que descalifica el argumento. Cuando me presenté en setiembre del pasado año al llamado a aspirantes para el cargo, jamás imaginé que esto se convertiría en un interminable trámite burocrátio, enlentecido por múltiples presiones de sectores que no parecen muy interesados en que el departamento de Cirugía Cardíaca de la facultad salga de su somnolienta realidad. Si mis méritos no le parecen suficientes a algunos Sres. Consejeros, no pienso enfrascarme en una discusión bizantina acerca de lo mismo. Tendrán otras y mejores opciones para la facultad.
Resulta desatinado urdir tramas inexistentes para intentar vincularme a alguna filiación política que no tengo. Sin hablar de la descontextualizada referencia a nuestra atuación en el ámbito del Ministerio de Defensa Nacional, donde intentamos concretar la formación de un Servicio de Cirugía Cardíaca para los usuarios de Sanidad Militar, hoy inexistente. Cada quien es libre de ver fantasmas donde no los hay.
Por último, y sobre las “fuentes del SMU” consultadas, no conozco que el sindicato tenga posición institucional alguna, ni mayoritaria ni minoritaria, sobre este tema. Soy miembro cotizante del sindicato desde 1978 y no me consta que el tema haya sido tratado formalmente en ese ámbito. Al tiempo que las “fuentes” ponen en entredicho la posición de los colegas que representan en el Consejo de la Facultad al orden de egresados, cabría preguntarse si la posición “unánime” de los cinco consejeros docentes refleja “democráticamente” la posición favorable a mi candidatura de un sector nada despreciable del cuerpo docente y de ADUR. A menos que sea “demócrata” a veces y “unánime” otras veces.
Más allá de las distorsiones y visiones sesgadas del artículo de marras, está en manos de los Sres. Consejeros de la Facultad, decidir qué clase de Hospital Universitario quieren. Parece que este tema ha levantado una polvareda tal, que puede llegar a constituirse, aunque nunca “de prepo”, en el punto inicial de una discusión mucho más fructífera sobre qué Facultad necesita el país para transitar el siglo XXI, sin estrechas y anquilosadas visiones decimonónicas.