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    Ciudadano de un día

    Columnista de Búsqueda

    N° 1929 - 03 al 09 de Agosto de 2017

    Una de las primeras miradas escépticas sobre el destino de esta agotada ilusión política que se ha dado en llamar democracia fue planteada a mediados de la década de los 40 del siglo pasado por Bertrand de Jouvenel en su libro Du Pouvoir. Histoire naturelle de sa croissance (Hachette, París, 1972). Allí plantea que la libertad no está invitada a la mesa cuando se trata de articular formas políticas que intercambian con los reyes dignidades e instrumentos para ser más eficaces sin por ello mejorar la situación de los derechos personales.

    Dice al respecto: “La conducta del poder democrático ofrece notables particularidades. Se presenta como si viniera a liberar al hombre de las ataduras a que le tenía sometido el antiguo poder, surgido más o menos directamente de la conquista. Lo cierto, sin embargo, es que la Convención manda a la guillotina a los federalistas, el Parlamento inglés aplasta, en represiones que son de las más sangrientas de la historia, al separatismo nacional irlandés, el gobierno de Washington desencadena una guerra tal que Europa aún no había conocido para sofocar los intentos de los estados del sur de organizarse como colectividad independiente. ¿Debemos recordar aún la acción de la República española en 1934 contra la voluntad de independencia de Cataluña? Esta hostilidad a la formación de comunidades más pequeñas no se concilia con la pretensión de instaurar el gobierno del pueblo por el pueblo, pues es evidente que este gobierno es tanto más real cuanto más pequeñas sean las comunidades en que se ejerce. Solo entonces pueden los ciudadanos elegir directamente sus magistrados, ya que los conocen por experiencia. Solo en tal caso se justifica el elogio de Montesquieu: ‘El pueblo es admirable para elegir’, pues, como explica a continuación: Sabe muy bien que fulano ha estado a menudo en la guerra, donde ha tenido tales y cuales éxitos; es, pues, muy capaz de elegir a un general. Sabe que un juez es diligente, que muchos abandonan su tribunal contentos de él, que nadie ha podido acusarle de corrupción, lo cual es suficiente para elegirle como pretor. Ha quedado deslumbrado por la magnificencia y las riquezas de un ciudadano, y ello basta para elegirle como edil”.

    El quiebre de esta inmediatez, el camino hacia la abstracción, la mediatización que se produce a partir de la representación significativa en los parlamentos, las campañas electorales con sus ruidos y repertorio infinito de vacuidades y promesas terribles para el erario y deliciosas para el grosero apetito de las turbas, produce una suerte de asentimiento dócil que consigue adormecer mediante la esperanza y satisfacer gracias a las dispensas de ocasión. Resultado: una minoría de habilidosos manipuladores adquieren un poder de tal modo completo y complejo como ninguno de los reyes absolutos ha tenido jamás. Y como lo planteara Syés, se consagró “una administración general que, partiendo de un centro común, alcance de manera uniforme a los más apartados rincones del imperio..., una legislación cuyos elementos, proporcionados por todos los ciudadanos, vayan ascendiendo hasta la Asamblea Nacional, única encargada de interpretar la voluntad general, esa voluntad que luego recae con todo el peso de una fuerza irresistible sobre las mismas voluntades que han concurrido a formarlo...” .

    Al respecto comenta De Jouvenel: “Así, sobre las voluntades particulares cae, con todo el peso de una fuerza irresistible, una ‘voluntad general’ que justifica esta fuerza en el concurso de dichas voluntades particulares... En estas fórmulas encontramos una realidad, el carácter irresistible de la ‘voluntad general’, y una falacia, la generación de este deseo general por los deseos particulares. Lejos de ser el pueblo el único autor de las leyes, ni siquiera se le permite pronunciarse sobre las más generales, que son las que afectan más profundamente a su existencia. Aunque existe un modo de consulta popular, el referéndum, que ha demostrado su eficacia en Suiza, el poder democrático se guarda muy bien de recurrir a él. Mientras proclama la soberanía del pueblo, la limita exclusivamente a la elección de los delegados, que son los que tienen el pleno ejercicio de la misma. Los miembros de la sociedad son ciudadanos un solo día y súbditos cuatro años”.

    A esa comedia de enjuagues le llamamos la mejor opción política posible.

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