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    Coartada de la incapacidad

    Columnista de Búsqueda

    N° 2005 - 24 al 30 de Enero de 2019

    Los antiguos atenienses determinaban la pertenencia responsable a la comunidad (polis) a partir de los 18 años. En esa edad concluían sus estudios obligatorios y comenzaba a regir un sistema de derechos y obligaciones que hasta el momento no los alcanzaba sino como obligación de sus padres o tutores. Aristóteles nos explicó que la función de la educación en la infancia y adolescencia era de alguna manera subrogada por la firme determinación de la ley en la vida adulta.

    Ese concepto de minoridad y aptitud ante la ley se ligó en la tradición del derecho con el concepto de capacidad civil. Los menores no la tienen, como no se les reconoció tampoco a las mujeres hasta épocas relativamente cercanas. Se considera que hay personas sin facultades idóneas para velar por sus intereses, de modo que otros —los padres en el caso de los menores o los esposos o curadores en el caso de las mujeres en aquellas sociedades donde tal especie se puso en práctica— son los que toman decisiones en su lugar, establecen fines, fijan límites, elaboran planes. Todo ello en el optimista entendido de que se trata de buscar el mayor bien para la persona a cargo.

    La política enemistada con las personas, que es toda política destinada a sustituirla por medio de la administración y la legislación entrometida, funciona exactamente así. Considera al individuo un incapaz al que han de resolvérsele los problemas a cambio de solamente quedarse con su libertad.

    En su libro Camino de servidumbre, Friedrich van Hayek define este extremo que está en la base de la tentación totalitaria, que aqueja a los gobiernos y a los pueblos de toda condición y lugar desde la aparición primero del mercantilismo en el siglo XVII y luego con la aparición de las ideas socialistas a mediados del siglo XIX. “La cuestión que plantea la planificación económica no consiste —explica— solamente en si podremos satisfacer en la forma preferida por nosotros lo que consideramos nuestras más o menos importantes necesidades. Está en si seremos nosotros quienes decidamos acerca de lo que es más y lo que es menos importante para nosotros mismos, o si ello será decidido por el planificador. La planificación económica no afectaría solo a aquellas de nuestras necesidades marginales que tenemos en la mente cuando hablamos con desprecio de lo simplemente económico. Significaría de hecho que, como individuos, no nos estaría ya permitido decidir qué es lo que consideramos como marginal. La autoridad directora de toda la actividad económica intervendría no solo la parte de nuestras vidas que afecta a las cosas inferiores: intervendría en la asignación de los medios limitados con que contamos para todas nuestras finalidades. Y quien controla toda la vida económica, controla los medios para todos nuestros fines y, por consiguiente, decide cuáles de estos han de ser satisfechos y cuáles no. Esta es realmente la cuestión crucial. El control económico no es solo intervención de un sector de la vida humana que puede separarse del resto; es el control de los medios que sirven a todos nuestros fines, y quien tenga la intervención total de los medios determinará también a qué fines se destinarán, qué valores serán calificados como más altos y cuáles como más bajos: en resumen, qué deberán amar y procurarse los hombres. La planificación central significa que el problema económico ha de ser resuelto por la comunidad y no por el individuo; pero esto implica que tiene que ser también la comunidad, o, mejor dicho, sus representantes, quienes decidan acerca de la importancia relativa de las diferentes necesidades. La supuesta liberación económica que los planificadores nos prometen significa precisamente que seremos relevados de la necesidad de resolver nuestros propios problemas económicos, y que las penosas elecciones que estos a menudo exigen serán hechas para nosotros. Como, bajo las condiciones modernas, para casi todas las cosas dependemos de los medios que nuestros semejantes nos suministran, la planificación económica exigiría la dirección de casi todo en nuestra vida. Difícilmente se encontrará un aspecto de ella, desde nuestras necesidades primarias hasta nuestras relaciones con la familia y los amigos, desde la naturaleza de nuestro trabajo hasta el empleo de nuestro ocio, en el que el planificador no ejercería su intervención expresa”.

    No es necesario abundar en ejemplos para que el lector de hoy comprenda qué significa el altruismo ejercido en nombre del bien común y de la felicidad colectiva.

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