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    Coincidencias significativas

    N° 1937 - 28 de Setiembre al 04 de Octubre de 2017

    A poco de culminar la II Guerra Karl Jaspers se propuso entender la historia en cuanto ciencia o área de conocimiento. Su libro Origen y meta de la historia (Acantilado, que distribuye Gussi) aborda la inquietud, las referencias y los propósitos de la indagación histórica, pero más que esos aspectos busca, ya en el campo de la pura reflexión, entender qué significa el propio contenido de la materia, vale decir, qué es lo que define la historia, de qué está hecha, qué acontecimientos o figuras o procesos entran bajo su dominio y de qué forma han operado para traernos al escenario de los tiempos modernos.

    Con independencia de los fecundos encuentros que producen sus avances por entre la miscelánea caravana de fuegos, esperanzas, caminos, vértigos y frustraciones establece una clasificación de los momentos o fases de lo que denomina nuevos comienzos de la humanidad, saltos cualitativos que se dan de manera decidida y con un misterioso sentido universal en determinadas franjas de tiempo. Así, nos habla de la prehistoria o “época prometeica”, inaccesible para nosotros, donde tuvo lugar el origen del lenguaje, de las herramientas, del uso del fuego, período en el que el hombre “se convirtió en hombre”. La segunda fase corresponde a la fundación de las culturas más antiguas. La tercera es la fase del “tiempo-eje”, por la cual se convirtió en hombre verdaderamente espiritual “en pleno estado de lo abierto”. A la cuarta fase la llama la época de los técnico-científico, en la cual “como un crisol la humanidad se halla hoy en estado de fusión”.

    Sin perjuicio de considerar la última de las caracterizaciones, que tiene que ver con la naturaleza de la civilización occidental y de su exclusivo dominio sobre la historia universal (lo que seguramente sea tema de futuras columnas), hoy quiero retener las notas del concepto tiempo-eje, que refiere a los 600 o 700 años que van desde Homero, digamos, hasta las guerras púnicas y que tiene su centro o emblema en el siglo de Pericles. Lo que observa Jaspers es que en ese relativamente corto período de la historia se dieron cita en distintos lugares muy distantes entre sí movimientos transformadores en el orden material, intelectual y social que fueron cimiento de las más evolucionadas civilizaciones. “La novedad de esta época —explica el filósofo—estriba en que el hombre se eleva a la conciencia de la totalidad del ser, de sí mismo y de sus límites. Siente lo terrible que es el mundo y su propia impotencia. Se formula preguntas radicales. Aspira desde el abismo a la liberación y a la salvación, y mientras cobra conciencia de sus límites se propone a sí mismo las finalidades más altas”.

    Esa sincronicidad o conjunto de coincidencias significativas las aprecia no sin cierto asombro Jaspers a lo ancho de todo el hemisferio norte, desde el mar de la China hasta el Mediterráneo; ve allí que en una estrecha franja de tiempo tuvieron lugar apariciones providenciales de filósofos, moralistas, grandes reformadores del programa espiritual y existencial de las sociedades. “En China viven Confucio y Lao-tse, aparecen todas las direcciones de la filosofía china, meditan Mo-ti, Chuang-tse y otros muchos. En India surgen las Upanishads, vive Buda, se desarrollan como en China, todas las posibles tendencias filosóficas, desde el escepticismo hasta el materialismo, la sofística y el nihilismo. En el Irán enseña Zaratustra la excitante doctrina que presenta al mundo como el combate entre el bien y el mal. En Palestina aparecen los profetas Elías y Jeremías, hasta el Deuteroisaias. En Grecia encontramos a Homero, los filósofos —Parménides, Heráclito, Platón—, los trágicos, Tucídedes, Arquímedes”.

    A Jaspers, como a cualquier espectador de la materia histórica, le resulta prodigioso, inexplicable, que estas civilizaciones se forjaran simultáneamente sin que una tuviera noticia de la otra, y que todas estuvieran convocadas a oficiar de nacimiento, base y referencia de vastas tradiciones y determinaran los cambios más radicales de que se tuvo noticia antes y después en esas regiones. Es el tipo de fenómenos en el que la razón queda como en suspenso, arrinconada por el peso y el viento de unas evidencias que parecerían indicar no el concurso fatuo del azar sino la ejecución minuciosamente calculada de un plan, de una voluntad, de un supremo propósito.