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    Comisión Nacional de Energía Atómica

    Sr. Director:

    Al haberse cumplido 60 años de la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica y a poco de cumplirse los 20 años de su final, considero que merecen recordarse, aunque sea en forma resumida, los antecedentes de su origen y evolución.

    En 1945, en Hiroshima y Nagasaki, hizo su dramática aparición la energía atómica poniendo fin a la II Guerra Mundial. Fue tan honda la conmoción mundial que produjo el singular acontecimiento que hubo de crearse el Comité de Energía Atómica a nivel de las Naciones Unidas (NN.UU.) con la finalidad de ejercer el control de la nueva y poderosa tecnología militar. Si bien su uso militar era desconocido, esa energía ya venía originando creciente expectativa por otras razones. En nuestro país, por ejemplo, hacía varios años que se percibía el interés científico por la radioactividad y los radioisótopos, habiendo sido los ingenieros Walter S. Hill y Germán Villar —distinguidos académicos— los iniciadores de ese proceso en sus respectivas cátedras universitarias.

    A fines de 1953, las NN.UU. aprobaron por aclamación un plan que presentó EE.UU. —conocido como “Átomos para la Paz”— por el que la nación del norte ofrecía transferir al resto del mundo su tecnología nuclear para usos pacíficos. Entre las consecuencias a nivel mundial que trajo este plan caben mencionarse la formación de organismos nacionales de promoción y control de la tecnología nuclear y la creación del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de las NN.UU., que sustituyó al antiguo Comité agregando fines de control, divulgación y cooperación para usos pacíficos de la energía atómica.

    En nuestro país, en 1954, el ingeniero Hill propuso a las autoridades universitarias la creación de una Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Trasladada la iniciativa al Poder Ejecutivo, éste la aprobó bajo forma de decreto el 30 de noviembre de 1955.

    La CNEA nació ubicada en el Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social y tuvo sede en diferentes organismos públicos, para terminar sus días en el Ministerio de Industria, Energía y Minería. En su larga vida llegaron a integrarla simultáneamente 21 instituciones entre ministerios, organismos públicos y facultades de la Universidad de la República y finalizó formada —a partir de 1985— por seis ministerios (Industria y Energía, que la presidía, Educación y Cultura, Defensa Nacional, Salud Pública, Ganadería, Agricultura y Pesca y Relaciones Exteriores) y por la Universidad de la República.

    Cumplió etapas muy importantes: formación de recursos humanos, particularmente en el exterior; ingreso al OIEA; desarrollo de programas técnicos (prospección de uranio, protección radiológica y seguridad nuclear, ensayos no destructivos); creación del Centro de Investigaciones Nucleares y del Centro de Medicina Nuclear (ambos hoy en la órbita de la Universidad de la República); propuesta de la política nuclear (aprobada por el Poder Ejecutivo); realización del Estudio de Viabilidad de la Generación Nucleoeléctrica en el Uruguay (entregado al Poder Ejecutivo en 1985); realización del Estudio de Factibilidad de un Centro Tecnológico Nuclear; realización de seminarios y cursos nacionales y regionales relativos a la tecnología nuclear.

    En 1985, a tal punto se había incrementado la actividad técnica desplegada en la CNEA (con laboratorios diversos en la propia sede y fuera de ella), que se entendió conveniente proponer al Poder Ejecutivo la creación de una Dirección Nacional dentro del Ministerio de Industria y Energía para encargarse de las funciones de promoción y control de la tecnología nuclear, quedando para la CNEA las relativas al asesoramiento político y las relaciones internacionales. Fue así como por el Art. 340 de la Ley Nº 15.809 del 8 de abril de 1986 se creó la Dirección Nacional de Tecnología Nuclear (DNTN), en tanto por el Art. 342 de esa misma ley recibía la CNEA sus nuevos cometidos. El director de la DNTN sería, a su vez, Presidente de la CNEA.

    En 1995, me desempeñaba como director de la DNTN (y por tanto presidente de la CNEA). Al solo efecto de mostrar la magnitud de la labor que se llevaba a cabo en la DNTN, digamos que en ella funcionaban la Oficina de Cooperación y Asistencia Técnica, la División de Administración y Servicios, la División de Programación y Documentación Técnica, la División de Protección y Seguridad Radiológica (con sus departamentos de Regulación y Licenciamiento, Supervisión y Control y Emergencias Radiológicas) y la División de Promoción y Desarrollo Tecnológico (integrada por los Laboratorios de Fluorescencia de Rayos X, de Radioanálisis, de Aplicaciones Agrícolas, de Hidrología Isotópica, de Producción de Reactivos, de Informática, de Documentación Científica y Tecnológica y de Electrónica e Instrumentación Nuclear). Las distintas áreas de competencia de la tecnología nuclear (Medicina Nuclear, Radioterapia, Agricultura, Veterinaria, Ensayos no Destructivos, Hidrología, Industria, etc.) tenían su propio Grupo de Trabajo Asesor y Coordinador integrado por representantes de todos los organismos públicos y privados ligados a la temática. Cada Grupo aconsejaba las pautas de trabajo conjunto y coordinaba las acciones del desarrollo tecnológico nacional correspondiente, incluyendo las necesidades de asistencia técnica y formación de recursos humanos del área. Además, en aquel entonces la DNTN debía atender funciones de Gobernación en el OIEA —en representación de Uruguay— y de Coordinación Nacional del Programa ARCAL (Acuerdos Regionales Cooperativos para la Promoción de la Ciencia y Tecnología Nucleares en América Latina financiados por el OIEA).

    Para dar solo una idea de la dimensión de la actividad desarrollada en el tiempo a través de la CNEA-DNTN, veamos algunos números: el total de personas capacitadas en el exterior desde 1961 era de 739 (por un total superior a 50.700 días/hombre de entrenamiento) y el aporte financiero recibido solo del OIEA desde 1963 por concepto de cooperación técnica sumaba más de 5:760.000 dólares. Por aquella época, anualmente, se ejecutaban unos 40 proyectos de cooperación técnica y se capacitaban en el exterior, en promedio, unos 34 técnicos.

    Al cumplirse los 40 años de creación de la CNEA, el 30 de noviembre de 1995 se celebró el hecho con un acto académico en la sede del Poder Ejecutivo —entonces ubicada en el Edificio Libertad— al que asistieron el señor presidente de la República, doctor Julio María Sanguinetti, autoridades ministeriales, nacionales, departamentales y universitarias, técnicos y profesionales vinculados a la tecnología nuclear y una vasta concurrencia.

    Poco tiempo después, el Art. 296 de la Ley Nº 16.736 del 5 de enero de 1996 disponía “fusionar las Unidades Ejecutoras Comisión Nacional de Energía Atómica y Dirección Nacional de Tecnología Nuclear, pasando las asignaciones de bienes, cometidos y atribuciones de la primera, a cargo de la segunda”. Quedaría, a partir de entonces, en el mejor de los recuerdos una larga historia de esfuerzos llevados a cabo por profesionales —civiles y militares— de alta y reconocida jerarquía intelectual (entre ellos, nuestro actual presidente de la República), que lucharon, honorariamente y sin pedir reconocimiento alguno, para que una tecnología casi desconocida pero de inmensas posibilidades de aportación de beneficios a la humanidad, pudiera dar sus frutos a nuestro país. Si bien legalmente había dejado de existir la CNEA, como director de la DNTN me reuní muchas veces con ex miembros con quienes disfrutaba muy especialmente de su compañía y sus sabios consejos; un núcleo selecto de profesionales y amigos, entre los que recuerdo muy especialmente al doctor Helmut Kasdorf, lamentablemente fallecido, al ingeniero Manuel Berger y al doctor Jorge Servián.

    A partir del año 2000, una sucesión de medidas políticas fueron conduciendo, paulatina pero inexorablemente, a la desatención de altas responsabilidades propias de la DNTN, dejando al país, en los hechos, sin una autoridad nuclear nacional idónea en condiciones de promover, coordinar, asesorar y relacionarse internacionalmente en materia de tecnología nuclear. Desaparecieron los laboratorios (a algunos pocos se les dio un nuevo destino) y también los tan importantes Grupos de Trabajo. Si bien Uruguay cuenta hoy con una Dirección Nacional de Energía y Tecnología Nuclear, la realidad es que no se cumple con funciones indispensables.

    La importante función de Protección Radiológica se asignó a una Autoridad Reguladora Nacional creada al efecto, de acción independiente, que mantuvo el personal y parte del equipamiento y funciones de la ex División de Protección y Seguridad Radiológica de la DNTN. También se mantiene la Oficina de Cooperación y Asistencia Técnica con lo que el país no ha perdido el enlace con los organismos extranjeros e internacionales que cooperan en la materia. Lo que se perdió definitivamente fue aquella genuina masa crítica de profesionales y técnicos que, acompañados de administrativos experimentados, constituían un verdadero orgullo para el país; ya no existe el organismo nacional que se dedique a coordinar, promover y regular las muy variadas facetas de la tecnología nuclear funcionando en grupos de trabajo con el propio director de la DNTN; tampoco hay una autoridad nuclear nacional capaz de presentar propuestas sobre política nuclear basadas en el asesoramiento y coordinación de los idóneos representantes de los diversos organismos vinculados, estatales y privados.

    La tecnología nuclear sigue siendo para muchos —lamentablemente— esa gran desconocida que aparece en su imaginación con el trágico disfraz de Hiroshima, de Chernobyl o de Fukushima. Su nombre sigue encerrando misterio y temor.

    En este mundo cada día más preocupado por la calidad de vida, por la protección ambiental y por un desarrollo sostenible, la tecnología nuclear resulta una herramienta imprescindible para ayudar en la resolución de múltiples problemas. El mejor uso de los recursos naturales —cada día más escasos y comprometidos por la contaminación química— y los avances logrados en los campos de la medicina, la agricultura, la ganadería, la industria, el medioambiente y la hidrología, por mencionar algunos, vienen teniendo un fuerte apoyo de la tecnología nuclear. En nuestro país esto fue posible durante algo más de 40 años gracias a un puñado de personas provenientes de la Administración Central, de los centros universitarios, de las Fuerzas Armadas y de empresas públicas y privadas que supieron optimizar y aprovechar sus conocimientos científicos y tecnológicos para beneficio del país con auténtica y sentida vocación y con verdadero y marcado profesionalismo.

    Debemos reconocer, también, que la empresa fue posible gracias al invalorable concurso de la cooperación y asistencia técnica proveniente del exterior, tanto bilateral como internacional. Los apoyos recibidos desde Argentina en el primer caso y desde el OIEA en el segundo, merecen ser destacados. Ocupan un lugar especial a la hora de los reconocimientos las instituciones públicas, paraestatales y privadas que, en un marco de estrecha colaboración, estuvieron junto a este esfuerzo, destacándose muy particularmente la Universidad de la República.

    Coronel Walter R. Cibils

    Ex Presidente de la CNEA