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    Cómo Uruguay resistió al socialismo sudamericano

    Sr. Director:

    De todos los epítetos para América Latina, el más frustrante y desmoralizador debe ser el de “continente olvidado”. América Latina no está tan olvidada como ignorada. Parte de la razón puede residir en su proximidad cultural, pero su distancia geográfica con el occidente: lo que Alain Rouquié, el politólogo francés, denominó “extremo occidente”. La familiaridad, incluso en estos márgenes, ha generado indiferencia.

    El mes pasado, sin embargo, Gran Bretaña recordó sus lazos históricos con América Latina cuando Boris Johnson recibió al presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, en Downing Street. La invitación había sido “extendida” y no “solicitada”, lo que el presidente se apresuró a señalar a la prensa uruguaya. Se trataba de un encuentro entre iguales y no del habitual tropo del Sur Global hacia el Norte pidiendo limosna. Para muchos países latinoamericanos, las relaciones con la angloesfera siguen siendo complejas, a menudo basadas en cambios de ideología política. Ninguno más que con Gran Bretaña, cuya conexión con la región es más matizada, ya que se basa en un imperio informal concebido a través del comercio en el siglo XIX.

    Mientras que otras repúblicas sudamericanas obtuvieron la independencia a través de sus libertadores, el camino de Uruguay hacia la emancipación en 1828 fue idiosincrásico, incluso para los estándares de la región. Le correspondió a un inglés, Lord Ponsonby, establecer un Estado tapón que apaciguara a sus beligerantes vecinos, Argentina y Brasil, así como atender los intereses británicos. El resto del siglo XIX se desarrolló en una sucesión de guerras, pero en las primeras décadas del siglo XX Uruguay pasó de ser un remanso rural a la primera democracia social moderna de América Latina. La secularización, la abolición de la pena de muerte y el reconocimiento de los derechos de los hijos ilegítimos aceleraron el desarrollo del país. El sufragio, mediante la introducción del voto secreto y la representación proporcional, reforzó la idea de Uruguay no solo como “un país modelo” (según Batlle y Ordóñez), sino como un país atípico en la región. En 1951, un artículo del New York Times describió a Uruguay como la “Suiza de las Américas” debido al auge del comercio exterior y a la gran cantidad de capitales fugitivos que entraban al país. El apodo se mantuvo, al igual que la idea del excepcionalísimo inherente al país.

    El presidente Lacalle, un político a fines de sus cuarenta, atractivo y con visión de futuro, lidera la coalición de centro-derecha del país (que también incluye un partido de centro-izquierda). Es pragmático, defensor de la economía de libre mercado y se muestra cosmopolita a pesar de proceder de un país de solo 3,5 millones de habitantes. “Yo tengo una enorme confianza que este mundo que se viene está diseñando para un país como Uruguay,” dijo el año pasado. La globalización, según él, es la clave para el país. Sin embargo, necesita socios dispuestos para ello. Lacalle se ha mostrado crítico con el gobierno de Estados Unidos, aunque solo sea por su actitud arrogante y única hacia la región: “Acaso piensan que desde la frontera en México hasta Tierra del Fuego tenemos todos los mismos problemas y las mismas necesidades”. El hecho de que Uruguay no tenga una necesidad imperiosa de infraestructuras supondrá una relación comercial con China mucho más equilibrada que la de otros Estados latinoamericanos.

    Uruguay sigue siendo la gran historia de éxito de la región. Puede que sea uno de los países más pequeños de América Latina, pero es uno de los de mayor calidad de vida y cuenta con la mayor clase media. (A los uruguayos les gusta aplicar la vieja máxima gauchesca de “nadies es más que nadies”.). El país también tiene uno de los índices de pobreza extrema más bajos de la región y la mayor renta per cápita. No es de extrañar, pues, que también sea uno de los menos corruptos. Y lo que es más importante, la estabilidad política y la solidez de las instituciones han protegido a Uruguay de las fluctuaciones políticas sísmicas que experimentan sus vecinos. Durante la pandemia, el Gobierno se apresuró a poner en marcha la vacunación y a reducir los lockdowns. La coalición ha tenido cuidado de no deshacer demasiadas políticas —especialmente en materia de salud y educación— de sus predecesores izquierdistas. En un país tan unido, la noción del estado de bienestar sigue siendo fundamental para la identidad política uruguaya. El gabinete de Lacalle es también mucho más joven que su predecesor frenteamplista.

    Por desgracia para el presidente, la pertenencia del país al Mercosur, el bloque comercial sudamericano creado en 1991, está frustrando sus planes de globalización. El Mercosur, formado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay (que ha suspendido la pertenencia de Venezuela por transgresiones comerciales y de derechos humanos), sigue siendo una de las regiones más proteccionistas del mundo, algo que no se le escapa a Lacalle. En una reciente entrevista a la BBC, admitió que “Brasil y Argentina no están dispuestos a abrir tan rápido como queremos y tan rápido como necesitamos”. En el 30º aniversario del bloque comercial, el pasado mes de marzo, hubo un intercambio petulante con Alberto Fernández, el presidente de Argentina, cuando Lacalle presionó para que los miembros tuvieran más flexibilidad para negociar acuerdos de libre comercio. “Si somos un lastre que tomen otro barco”, fue la cortante respuesta del líder peronista.

    Para mediar entre los diferentes intereses del Mercosur, a Lacalle le gusta recordar una máxima que suele citar su bisabuelo, Luis Alberto de Herrera, quien dirigió su partido durante más de cincuenta años. “No tenemos aliados eternos, ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y esos intereses es nuestro deber seguirlos”. El discurso de Lord Palmerston en la Cámara de los Comunes puede ser una fuente improbable para un político latinoamericano, pero está en consonancia con la perspectiva de libre mercado de Lacalle.

    En un momento en el que América Latina se encuentra inmersa en una nueva marea rosa, Lacalle tendrá mucho trabajo. Los partidos de izquierda han llegado al poder en Argentina, Bolivia, Perú, México y Chile, y es probable que Luiz Inácio Lula da Silva desbanque a Bolsonaro en Brasil a finales de este año. Lula, que instó a los chilenos a votar por el nuevo presidente y por el izquierdista radical Gabriel Boric, ha pedido al pueblo de Colombia que vote por el “compañero” Gustavo Petro. Si Petro gana la segunda vuelta, se convertirá en el primer presidente izquierdista de la historia del país. A dos años de las próximas elecciones generales en Uruguay, el Frente Amplio busca ahora recuperar el terreno perdido emprendiendo una gira política por el país para conseguir votos.

    A diferencia de la primera marea rosa de 1999, es probable que esta se vea debilitada por la pandemia, la recesión y las instituciones corroídas. La fuerte resaca política y económica de Uruguay, por no hablar de su liderazgo moral, tiene el poder de tirar de la región en una nueva dirección.

    Andreas Campomar