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    Cómo salir del atolladero

    N° 1875 - 14 al 20 de Julio de 2016

    Desde que el “castigo” a los partidos tradicionales en la elección del 2004 y la bonanza económica que benefició a sus dos primeros gobiernos pasaron a ser parte de la historia reciente, la coalición gobernante no tiene un minuto de respiro. Quizás sí lo tuvo la semana pasada: el laudo favorable en el juicio entablado por Phillips Morris. Pero su impacto político es efímero.

    Cada día que pasa el oficialismo enfrenta una situación interna más y más compleja. Controversias y forcejeos continuos entre dirigentes y sectores de consecuencias desgastantes. De ello dan cuenta todas las encuestas. 

    La pérdida de la confortabilidad económica por no haber ahorrado para tiempos de “vacas flacas”, el derrumbe de los proyectos popu-progresistas en la región y el giro que están tomando los nuevos gobiernos de Argentina y Brasil en lo político y comercial, agudizan las diferencias, los perfilismos y las luchas internas, replantean situaciones y problemas cuyas definiciones se postergan para evitar eventuales fracturas. “Gobierno en disputa” fue la acertada definición del ex senador comunista Eduardo Lorier.

    Este cuadro de situación, en el que las diferencias y pugnas se acentúan, sobreviene en tanto está en juego una inevitable renovación generacional que proyectará futuros liderazgos. También estarán en juego cambios en los procedimientos de elección y representación de los órganos decisorios del Frente Amplio (FA). Estructuras partidarias concebidas hace casi medio siglo ante una realidad política interna (militancia intensa), del país (fuerte polarización), y un contexto regional e internacional (mundo bipolar, rebeldía juvenil, guerrillas socialistas y represión) hoy inexistentes.

    Hace años que los sectores “moderados” del oficialismo alegan que las mayorías militantes que controlan los órganos de conducción partidario no representan el sentir y el pensamiento del “pueblo frenteamplista”. Y no ocultan su preocupación por las acciones que confrontan abiertamente propuestas y decisiones del Poder Ejecutivo, lo cual genera desconcierto y desánimo en los propios votantes de la coalición. Un clima poco favorable que ha ido asentándose en estos años de gobierno del FA.

    Nucleado en torno al MPP, el PCU, la dirección montevideana del PS, Confluencia Frenteamplista y el PVP, el polo “radical” cuestiona la “cautela” del equipo económico, al que considera “conservador”. Esta corriente asume una retórica que hace pie en el discurso tradicional de la izquierda, de base marxista, de rápida aceptación en la militancia partidaria y de organizaciones sociales cuyas demandas corporativas suele hacer suyas.

    Como si ello no tuviera otras consecuencias sobre la marcha de la economía, un día sí y otro también le reclaman al gobierno aumentar la presión tributaria sobre el capital y reducir las exoneraciones fiscales a la inversión extranjera para volcar esos recursos en programas sociales. Su obsesión es distribuir, no crear riqueza.

    En la lógica que durante años todo el FA ha desarrollado, no acompañar tan justos reclamos resulta inexplicable y suele dar paso a acusaciones y agravios que enrarecen y tensan las relaciones entre dirigentes y militantes.

    Basados en militancia, escasa pero disciplinada en tiempos en que esta no abunda, los sectores más radicales siguen imponiendo un discurso voluntarista y maniqueísta. Asumen todas las demandas e insatisfacciones del “movimiento popular”, se apropian de la calle y toman de rehén al gobierno como si no fueran parte de él. Se ubican a ambos lados del mostrador, como gobierno y oposición a la vez.

    Se aprovechan de que quienes desde posiciones de gobierno han comprendido que nada es blanco o negro y asumen la complejidad e imprevisibilidad del mundo de hoy, evitan confrontar, enfrentar y desafiar el discurso histórico, facilongo y demagógico que mantiene el radicalismo.

    Solo unas pocas voces se han alzado para contestar recibiendo por respuesta una catarata de descalificaciones y agravios con frecuencia desde la impunidad que ofrece el anonimato de las “redes sociales”. Un patoterismo propio de mentes autoritarias que tiende a inmovilizar a los sectores más oficialistas.

    Es un discurso que se ha impuesto para frenar cambios en materia educativa, en el funcionamiento del Estado, en redefinir una estrategia adecuada de reinserción internacional ahora que, ante el evidente fracaso del Mercosur, los dos socios mayoritarios cambian la pisada y miran hacia el Pacífico.

    Durante su primera Presidencia, Tabaré Vázquez prometió llevar adelante “la madre de todas las reformas” en la administración pública. Pero las fuerzas conservadoras pudieron más. En la campaña electoral del 2014 prometió cambiar el ADN de la educación; sin embargo, todo indica que no habrá cambios sustanciales durante su mandato. El año pasado los sectores radicales y el corporativismo sindical le obligaron a retirar al país de las negociaciones del TISA (acuerdo destinado a liberalizar el comercio de servicios). En esa negociación se había involucrado el gobierno de Mujica y fue defendida públicamente por el canciller Nin Novoa.

    Fracasada la Ronda de Doha, sin perspectivas de un pronto acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, reconocido el profundo estancamiento del Mercosur, con nuevos gobiernos en Argentina y Brasil que rectifican políticas comerciales y se fijan nuevos horizontes, el eslogan tantas veces invocado por dirigentes de la coalición (“Más y mejor Mercosur”) carece hoy de sentido.

    ¿Qué respuesta aportan las corrientes radicales del FA? Ninguna. Esperar a que aclare.

    Mientras tanto, en los últimos tiempos, como lo señaló el embajador brasileño Ruben Barbosa (“El País”, 10/7/2016) más de 400 acuerdos de libre comercio han ido redireccionando inversiones e intercambio de bienes y servicios. Estos acuerdos generan y trasladan trabajo y riqueza a través de las fronteras.

    La consecuencia de no incorporarse a este complejo mundo de negocios supone ir quedando al margen de las nuevas corrientes comerciales. Si para un país grande como Brasil, con un inmenso mercado interno, este es un gran problema, cabe imaginar lo que el inmovilismo, el marginamiento de este proceso, implica para el futuro de Uruguay y de los uruguayos. Sobre todo para quienes tienen menos educación y encuentran mayores dificultades para acceder a trabajos calificados bien remunerados.

    Los ministros Astori y Nin Novoa aprecian los nuevos enfoques de Argentina y Brasil y coinciden en flexibilizar la normativa del Mercosur para poder explorar nuevos acuerdos comerciales.

    En un seminario realizado la semana pasada en el Parlamento (“Inserción de Uruguay en el mundo”), el subsecretario de Relaciones Exteriores, José L. Cancela, recordó que “desde siempre” Uruguay ha sido en lo político y en lo comercial “profundamente multilateralista”. No obstante, opinó que “tiene que estar abierto” a procurar oportunidades comerciales, “debe pensar cómo se inserta en el mundo de la manera más eficaz y eficiente”, debe negociar “sin miedo” en un mundo que “exige valentía”. Su exposición mereció cuestionamientos allí mismo de un diputado socialista, un sindicalista y un representante de una organización ambientalista.

    El debate apenas está planteado. Habrá que ver cuánto “miedo” o cuánta “valentía” tiene el gobierno para tratar de salir del atolladero actual.

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