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El comienzo ya es notable. Las voces en off de Charlie (Adam Driver) y de Nicole (Scarlett Johansson), leen un listado de lo que les gusta o sencillamente aman o les encanta del otro. Se trata de un simple y enternecedor inventario de acciones, de formas de ser y estar en la vida diaria, que el realizador Noah Baumbach (Frances Ha, Historias de familia) acompaña con escenas justas e ingeniosas para darle mayor profundidad a lo que se dice. Parecen votos matrimoniales, pero en realidad se trata de un ejercicio planteado por el mediador de su separación y su futuro divorcio, que busca empezar la sesión con un gesto de positividad.
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Historia de un matrimonio es la historia de una separación y un divorcio que presenta algunas constantes, entre ellas, que los involucrados hacen lo que hacen con las mejores intenciones, aunque eso no garantiza para nada evitar el sufrimiento o que todo salga bastante peor.
Cuando se conocieron, Charlie era un joven director teatral de vanguardia, respetado y legitimado. Nicole era una joven actriz conocida por ser la chica que muestra las tetas en una comedia juvenil tipo American Pie. Ella es de Los Ángeles, se mudó a Nueva York acompañando a Charlie y su compañía de teatro. Esto está cambiando. Nicole se va con Henry (Azhy Robertson), el hijo de ambos, a Los Ángeles para trabajar en el piloto de una serie. Y no piensa volver.
La anécdota (con sus personajes y el marco en el que se mueven) podría ser la de una película de Woody Allen (el de Maridos y esposas). O de John Cassavetes (el de Rostros), en especial en la parte técnica, con esa cámara en mano que a veces se va de foco y, sobre todo, en la franqueza con la que se aborda la naturaleza humana de cada personaje, del primero al último, enlazando, más que escenas, estados de ánimo.
Aquí hay gente imperfecta, compleja, con contradicciones y vulnerabilidades. A su vez hay un esmerado trabajo en la fauna que rodea este tipo de situaciones, como el veterano que da consejos sin que nadie haya tenido la urgencia de solicitarlos o los familiares que se meten pero no quieren meterse en el tema. Y están los abogados, claro. En Los Ángeles, una compañera de rodaje le recomienda a Nicole que se ponga en contacto con Nora Fanshaw (Laura Dern), la abogada que la defendió a ella en su separación. Y aquí es cuando todo empieza a pudrirse. No porque los abogados interpreten el papel de malos de la película (no hay buenos ni malos). Sino porque cada uno, a su modo, intenta sacar lo mejor para su defendido. Aunque eso implique que en algún punto la situación se convierta en una especie de pelea callejera. “Imagina que eres una pobre madre cuyo marido la abandonó y se niega a pagar nada. El sistema trata de proteger a esa gente”, explica Bert Spitz (Alan Alda), el abogado de Charlie, quien no logra entender cómo es que se le presentan tantos obstáculos en el camino hacia un divorcio más tranquilo, si es que algo así realmente puede existir.
Lo que hace Dern en el papel de esa fiera inteligentísima y elegante y de vestidos ajustados que se come en dos panes a casi cualquiera de la competencia es superlativo. Brilla en cada escena. Más secundarios destacados: Alan Alda y Ray Liotta, ambos interpretando a abogados. El pasaje de Liotta es breve pero sustancioso. Alda encarna a un afable veterano de las batallas legales cuyos consejos y modo de proceder confunden y a la vez alivian y exasperan a Charlie, que trata de mantener la compostura ante las contradicciones y la mansedumbre con la que Spitz le habla de asuntos dolorosos, como la custodia de Henry, que es, en el fondo, a quien se quiere salvar por encima de todo. “Tenemos que prepararnos para ir a la Corte con la esperanza de no ir a la Corte”, le dice el abogado a su cliente.
En medio de esta crisis, otras puertas se abren. La obra de Charlie llega a Broadway (por razones obvias, sin Nicole) y él gana la beca MacArthur, una distinción que en la vida real han recibido Cormac McCarthy, John Sayles, Thomas Pynchon, Susan Sontag y Lydia Davis. La MacArthur es conocida popularmente como la “beca a la genialidad”. Spitz, su abogado, lo reconoce así, llamándolo “nuestro geniecillo”, con una especie de cariño y orgullo paternal.
Durante este viaje de dolor e introspección, hay una discusión desesperante en la que se dicen cosas bestiales e intencionalmente hirientes, al estilo Escenas de la vida conyugal, de Ingmar Bergman. Entre lágrimas y gestos y muecas de impotencia y sufrimiento, dos personas que se quieren y que con las mejores intenciones han intentado cuidarse mutuamente ahora se gritan de manera violenta y desesperada hasta quedar afónicos. Las mismas manos que querían apretar el cuello de la otra persona acaban suplicantes rodeando sus piernas. Es una de las escenas más fuertes del filme. Una de esas escenas para las que se necesita un par de intérpretes excepcionales y una dirección sensible y atenta al timing, evitando siempre la posibilidad del desborde histriónico. John Ford decía que el paisaje más fascinante del mundo es el rostro humano. Baumbach lo sabe. Es inteligente y sensible y cuenta con intérpretes excepcionales. Johansson está genial. Y Driver, enorme.
Johansson ha dado sobradas muestras de su talento y versatilidad en títulos como Perdidos en Tokio, de Sofia Coppola, Bajo la piel, de Jonathan Glazer, ¡Salve, César!, de los hermanos Joel y Ethan Coen, y Match Point, de Woody Allen. Al listado hay que agregarle su participación en la franquicia Avengers, de Marvel. En cierta forma, no sorprende que esté tan bien en este papel. Nicole siente que sus intereses, sus motivaciones, en definitiva, su persona, se fueron desdibujando en su matrimonio. Necesita salir de ahí para encontrarse con quien es.
Driver no para de hacer goles de media cancha desde la serie Girls. Ha sido megaelogiada su performance como conductor de autobús y poeta aficionado en Paterson, de Jarmusch, y como alumno de cine en Mientras somos jóvenes, del propio Baumbach. Con su voz potente y cavernosa y sus 1,89 m de altura, este corpulento exmarine graduado en Bellas Artes tiene una presencia magnética en pantalla. Es de una valiosa versatilidad y una expresividad precisa y controlada. Ha tenido pequeños papeles en J. Edgar de Clint Eastwood y en Lincoln de Spielberg. Fue secundario en Silencio, de Martin Scorsese, y uno de los protagonistas de El hombre que mató a Don Quijote, de Terry Gilliam. También tuvo papeles de distinto espesor en Inside Llewyn Davis de los Coen, Infiltrado en el KKKlan, de Spike Lee, y The Dead Don’t Die, de Jarmusch. Ganó la Copa Volpi en el Festival de Venecia por su protagónico en Corazones hambrientos, de Saverio Costanzo, sobre una pareja neoyorkina que intenta construir una vida juntos. Pronto se lo verá nuevamente como Kylo Ren en El ascenso de Skywalker. Y, como Johansson, en Historia de matrimonio tiene su momento musical, canta Being Alive, pieza de un famoso musical de Broadway, que en un momento dice: “Siempre estaré allí, tan aterrado como tú, para ayudarnos a sobrevivir”.