La hija del Boca Andrade podría haber elegido otros disfraces: de Caperucita Roja, de Heidi, de Frutillita, o de Glenda Rondán. Pero no. Eligió el de guerrillera, con metralleta y mameluco camuflado.
La hija del Boca Andrade podría haber elegido otros disfraces: de Caperucita Roja, de Heidi, de Frutillita, o de Glenda Rondán. Pero no. Eligió el de guerrillera, con metralleta y mameluco camuflado.
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La gurisa, como cualquier gurisa de 14 años que se va a una fiesta de Carnaval, es libre de elegir el disfraz que se le cante, con total independencia de lo que hace o piensa su papá, ya sea el capo del Sunca, el representante del FMI, el carnicero del barrio o el dueño de 3.000 hectáreas de soja en Cololó.
Es una gurisa que se disfraza, y chau.
Lo que una parte envenenada de nuestra sociedad no comprende, agazapada entre las zarzas espinosas de las redes sociales, con los colmillos afilados para saltar a la yugular de sus presas, es que así no vale. Que no se puede agredir así. Que la pelea está en otro lado. Que lo que se confronta son ideas, planes, proyectos, y no fotos de hijos disfrazados.
Pero siempre habrá rinocerontes.
Buena parte de ellos anidan hoy en el anonimato de Facebook, Twitter, WhatsApp, Instagram, y otros “parques naturales” de la realidad virtual a la que la humanidad (o al menos buena parte de ella) ha decidido mudarse, para vivir en la nube, lejos de la superficie de la tierra, sobre la que solíamos tener apoyados los pies.
Ojo, no se trata de recordar nostálgicamente un pasado rosado, de justas caballerescas, sin golpes bajos ni agresiones insidiosas. Pero los golpes de otrora, que fueron duros, iban directo a la quijada del adversario, no a las fotos de su descendencia. Si querías pegarle al tipo, ibas directo, o a la hipérbole, la alusión velada, y el fierrazo igual llegaba.
No estaba bueno, pero era más leal que la sucia penetración en la vida ajena, por más que fuera la de su familia.
Hubo célebres enfrentamientos —casi siempre en la prensa, que solía ser partidaria y jugada sectorialmente— que se desarrollaban más o menos así.
Un periódico partidario publicaba una nota que decía, por ejemplo, “el senador pelado y gordito, ese que suele usar traje cruzado a rayas y corbatas al tono, no solo se luce con sus discursos engolados defendiendo el triste proyecto engendrado por su mediocre bancada sobre el (pongamos por caso) plan de exoneraciones fiscales, sino que pudimos comprobar que también luce sus seductores discursos en la whiskería Los Farolitos, bien acompañado por una jovenzuela de voluptuosas formas, que dudamos se trate de un familiar próximo. Sus razones tendrá, tal vez estaba procurando nuevos argumentos para continuar su papelonera gestión legislativa, en fin, ya se sabrá”.
A lo que la prensa del partido opositor reaccionaba de inmediato con algo así: “Los escribas del diario Tal malgastan el tiempo de sus miserables cronistas haciéndolos visitar piringundines donde pululan mujerzuelas, en vez de ponerlos a estudiar los proyectos de ley de nuestra bancada, todos ellos inspirados en el progreso de la patria y el bienestar de sus ciudadanos. Nuestros políticos, senadores, diputados y asesores visitan permanentemente al pueblo dondequiera que se encuentre, y para ello no nos censuramos los lugares a los que nuestros representantes concurren para explicarle al ciudadano el alcance de nuestros proyectos de ley. Si un senador, o quienquiera que sea, representando a nuestro partido, es visto circunstancialmente visitando un lugar de solaz y esparcimiento, seguramente se ha debido a que procedía patrióticamente a explicarles a los asistentes en qué medida el proyecto de las exoneraciones que hemos presentado beneficia a todos y cada uno de los ciudadanos de nuestro país”.
Y a renglón seguido venía el retruco, no era cosa tan solo de defender, sino de reaccionar con otro viandazo al mentón en el mismo artículo.
“Y no podemos omitir, tras estas aclaraciones, tan justificadas como innecesarias, el habernos cruzado en más de una ocasión con un diputado perteneciente al grupo político que respalda este pasquín de las maledicencias gratuitas, saliendo de un garito clandestino en el que seguramente venía de dilapidar su sueldo y vaya uno a saber si no había gastado también los recursos con los que debería alimentar a su familia, con los ojos rojos por los efectos del alcohol al que es tan afecto, al punto que es vox populi en la Cámara de Diputados que este señor legislador, cuando les pide a los ujieres que le traigan ‘un té’ en plena sesión de la Cámara, los humildes servidores del Parlamento le acercan una taza de porcelana con un líquido amarillo en el que, además del supuesto té, flotan un par de cubos de hielo. Y no es preciso individualizar a este sujeto, ya que se trata del único legislador que viste en invierno un sobretodo de pelo de camello, de tanta distinción como elevado precio, seguramente adquirido en una tienda de moda uno de los días en los que, en vez de dilapidar su fortuna, tuvo la suerte de ganar al póquer, y, en vez de ahorrar las ganancias, las fue a tirar en una prenda más digna del Aga Khan o del príncipe de Gales que de un mediocre leguleyo electo por los votos de unos despistados electores, que sin duda pensarán mejor antes de volver a votarlo en las próximas elecciones”.
Así de duras (y divertidas) eran las querellas entre políticos en tiempos en los que las redes solo servían para sacar los peces del agua, o para recibir el impacto de la pelota cuando entraba al arco.
Nunca supimos si los aludidos tenían hijos o nietos, ni si se disfrazaban en Carnaval.