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    Conflicto de principios

    El valor de los principios. En mi vida desde la adolescencia, una de mis vocacionales actividades fue la política, heredada sin duda la misma de mi padre quien la desempeñó siempre, ocupando diferentes cargos y falleciendo siendo muy joven como senador de la República.

    En su tiempo, año 1950, cuando murió, la política para los hombres que profesaban era una religión, se debía ser íntegro moralmente y tener la decidida vocación de ayudar al prójimo con total determinación, aunque no fuera de su propio partido. La corrupción estaba tan alejada de ellos que nos valió en el mundo, entre otras razones, el concepto de “tacita de plata” (mi padre, y lo digo con orgullo, porque recuerdo, ante la exageración al respecto, tuvo que soportar los rezongos de mi madre), no tenía inconveniente en ayudar inclusive económicamente al correligionario que se encontrara notoriamente en muy precaria situación, sin perjuicio de darle al mismo tiempo el consejo adecuado para ayudarse a sí mismo con sus condiciones y su propia fuerza interior (al necesitado no le des pescado, enséñale a pescar).

    Eran tiempos en que la política se desempeñaba con total altura moral, como expresé, al punto de que no existían enemigos políticos, sino políticos con profundos principios y códigos morales que se enfrentaban dentro de cada uno de los partidos tradicionales, sin dejar de ser por ello grandes amigos, al tenerse en cuenta que solo se combatía con honestidad y firme dedicación en base a sus respectivas metas políticas, convencidos de que lo hacían en beneficio de su pueblo.

    Cumplida esa etapa en los accidentales contrincantes, ya no existían motivos de enfrentamientos retomándose los conceptos de amistades y relaciones sociales que siempre existían entre ellos y sus respectivas familias. Durante la actividad política podían surgir en una misma mesa, fuertes discusiones (así lo viví dentro de una familia que profesaba en profundidad la política), pero allí quedaba, posteriormente solo podía concebirse la amistad y las sinceras relaciones humanas entre iguales, jamás existirían enemigos entre los integrantes de los diferentes partidos tradicionales, ni rencores, por más que se discutiera apasionadamente en virtud de sus respectivos principios.

    Hoy, y ello desde hace varios años, existe el triste concepto de que si no piensas como yo, eres mi enemigo. Entonces, ante esa arraigada determinación de un partido que en estos momentos nos gobierna y que notoriamente ha transmitido ese principio a su gente, cosa que podría asegurar todos estamos viviendo con nuestros propios parientes y amigos, me pregunto: ¿cómo podríamos neutralizar de aquí en más ese estado de situación de enfrentamientos con nuestros seres queridos y apreciadas amistades? Pero además, cómo podríamos reflotar para bien, la probada incapacidad que se ha demostrado en la administración de la educación, de la salud, de la seguridad pública, de las relaciones diplomáticas, etc., en el aspecto nacional por un lado, y por otro, limpiar la ciudad, arreglar e iluminar las calles, cuidar las plazas, etc., si dependemos para ello de un gobierno nacional y otro departamental con mayorías absolutas, que impiden por ese concepto inclusive las investigaciones por actos de notorias corrupciones, llámese Pluna, Casinos, Intendencias, etc.?

    En consecuencia, y de aquí el título de las presentes reflexiones, se crea en mi espíritu un estado de ánimo que sin duda me llega a confundir respecto a la valorización de los verdaderos principios que uno debe tener hoy en día: puedo morir en la demanda de mantenerme irreductiblemente en los antecedentes históricos y políticos que por herencia y como dirigente han guiado mis pasos en la actividad, o debo adherirme al concepto de luchar con todas mis fuerzas junto a las demás colectividades, “balotaje” o no, en la esperaza de detenerse de una vez por todas la inevitable destrucción de los verdaderos valores humanos, recuperándose de esa manera la imagen interna y, fundamentalmente del exterior, de la que gozó siempre nuestro país.

    Me consta que este conflicto de principios lo están viviendo muchos ciudadanos de los partidos tradicionales, como ocurre en mi conciencia, pero los hechos a la vista me obligan a pensar que una acción política mancomunada, manteniéndose siempre los respetivos principios tradicionales, estaría en inmejorables condiciones de combatir con dignidad a una colectividad calificada fundadamente como “colcha política de retazos”… ¿o no?

    Oscar Calleriza

    CI: 609.179-0