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    Creer en la verdad

    Columnista de Búsqueda

    N° 1988 - 27 de Setiembre al 03 de Octubre de 2018

    Cada vez que ocurre algún hecho grave, alguno que conmociona lo que se conoce como “la opinión publica”, pasa lo mismo: las redes sociales se agitan y aparecen toda clase de reclamos, exigencias y, sobre todo, odio. El mecanismo fue visible hace pocos días, cuando se confirmó el asesinato de un niño de ocho años en Pinamar Norte. De inmediato las redes comenzaron a supurar su bilis habitual: pena de muerte, castración, eliminar la presunción de inocencia, bajar la edad de responsabilidad penal, culpar a los medios de esto y lo otro. En medio de ese cúmulo de agresividad entrecruzada, la figura del pequeño asesinado parecía achicarse en la agenda colectiva e irse convirtiendo en poca cosa más que una coartada para sacar la bestia que buena parte de nuestros conciudadanos parece llevar dentro.

    Personalmente, creo que la cobertura del caso fue cuestionable, como ha ocurrido otras veces. Incluso si no incumplió ningún protocolo vigente, el hecho de que a partir de la información brindada por los medios una turba se haya desplazado hasta la casa de la familia del presunto asesino y la haya intentado linchar, es simplemente nefasto. Peor es la cosa si esa información se hizo pública gracias a que la propia Justicia no respetó sus procedimientos: el imputado es menor y por tanto su identidad debería estar protegida.

    Mas allá de toda esa brutalidad simbólica (y real, efectivamente querían linchar una familia), me interesa poner la lupa en cierta clase de reacciones que se despertaron con este caso y que siguen de manera estricta la lógica de las fake news. Esas fake news que, lo sabemos empíricamente, son empujadas, difundidas y hasta deseadas por los ciudadanos. En particular, me interesó (y me alarmó) una suerte de “meme ampliado” que fue replicado y aplaudido miles de veces por miles de uruguayos indignadísimos que, reaccionando a la publicación de los nombres del niño asesinado y de su presunto asesino pedían esto: “Exijámosles­ a los medios uruguayos que nos informen sobre el asesinato de un chico de 19 años en la rambla de Pocitos, por dos ‘pilotos hedonistas’ que alcoholizados jugaban picadas. No hay detenidos; ni una foto; ni el nombre del chico y solo luce la censura informativa porque, según parece, los presuntos homicidas son de familias acomodadas. Si los medios no levantan la censura informativa, censurémoslos dejándolos de ver. Los medios inventan y censuran información para que terminemos pensando según sus conveniencias” (sic).

    Este es un ejemplo perfecto de fake new destinado a provocar una reacción emocional en el lector. Un lector que, si tuviera dos dedos de frente y un dedo extra con el que hacer click, habría podido usarlo y comprobar que la noticia que supuestamente se ocultaba estaba absolutamente en todos los medios de prensa: grandes, chicos, viejos, nuevos, conservadores y progresistas. En televisión, radio y prensa escrita. Que todos tenían imágenes, fotos y todo lo que el morbo habitual del indignado necesita para poder ejercer como tal. Que no fueron “dos pilotos hedonistas” sino un hombre de 23 años, sin antecedentes penales, que fue imputado por el asesinato, que ya está en prisión y a quien le podrían tocar hasta 10 años de cárcel. Todo eso a dos clicks. Ya lo dijo Josep Pla, “es mas fácil creer que saber”.

    Con todo, lo peor del popular “meme ampliado” no era su mentira flagrante y fácilmente rebatible. Era la exigencia explícita de que, si en el caso de Pinamar se había hecho todo mal a la hora de manejar la información sobre las identidades de los involucrados, lo correcto era hacer todo mal en el resto de los casos. Y para ello recurría a mentiras (“ni una foto”) y especulaciones gratuitas (“según parece”), todo convenientemente aderezado con lo que no creo exagerado llamar “odio de clase invertido”: si suponemos que sos un maldito burgués, queremos saber tu nombre y escracharte aunque no esté claro que seas culpable de nada. En resumen, exigían replicar lo que tan buenos resultados dio: la familia del menor imputado tuvo que abandonar su casa protegida por la Policía y los geniales ciudadanos que los querían linchar se contentaron con robar lo que pudieron. Un país de primera, sin duda. Y una ciudadanía acorde.

    Uno de los problemas que estamos teniendo como sociedad, y que las redes sociales amplifican con la alegría de quien cobra por el tráfico que se genera con esa amplificación, es la más completa ausencia de responsabilidad personal y colectiva. La idea de que alcanza con ofenderse por una causa justa para quedar eximidos de toda responsabilidad por nuestros actos. Una suerte de micro impunidad a medida que cada uno puede aplicar a su antojo. ¿Cómo? Eligiendo del menú de ofensas que nos ofrece el entorno, aquello que más nos impulsa a querer terminar con lo que más odiamos. El común denominador de la acción social pasa a ser así el odio. Y la mentira que se necesita para alimentarlo adecuadamente.

    “Abandonar los hechos es abandonar la libertad. Si nada es verdad, entonces nadie puede criticar al poder, porque no existe una base sobre la cual hacerlo. Si nada es verdad, entonces todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más cegadoras”, dice el historiador Timothy Snyder. Y agrega: “Te sometes a la tiranía cuando renuncias a la diferencia que hay entre lo que quieres escuchar y lo que son las cosas realmente. Esta renuncia a la realidad puede sentirse natural y agradable, pero el resultado es tu desaparición como individuo”.

    Las fake news seducen porque eluden los hechos y se concentran en proporcionar al ciudadano la droga que más le apetece y que él mismo elige. Y cuando uno se convierte en adicto a esa droga, comienza a necesitar una dosis cada vez mayor de irrealidad. Si para obtenerla hace falta instrumentalizar la muerte de un joven atropellado y la de un niño, se hace. Son todos simples medios para un fin. Y es que ciertas drogas duras, la mentira es una de ellas, son un camino de ida hacia el totalitarismo: se renuncia a los hechos, luego al criterio individual y así puede uno fundirse en la masa de indignados, todos juntos en una nube de convicciones que no tienen el menor arraigo en la realidad. Eso sí, pidiendo fotos y nombres, como piden todos los totalitarios.

    Para muchos de sus lectores, lo más impactante de la novela Fahrenheit 451, escrita por Ray Bradbury en 1953 (con los horrores del nazismo y el estalinismo bien frescos), era que en esa sociedad distópica la tarea de los bomberos no fuera apagar fuegos sino crearlos para quemar libros. A mí, en cambio, siempre me horrorizó más el instante en que los ciudadanos, convocados a través de la televisión, salen como zombis a la calle, todos a una, para detectar y delatar al bombero rebelde Guy Montag.

    Nuestra televisión de hoy son las redes. Para que esa zombificación colectiva y autoasumida no nos lleve a todos puestos hay que rechazar las fake news, aferrarse a los hechos y creer en la verdad. Sí, en la verdad.

    ?? Sobre olvidos peligrosos

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