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    Crónicas de un affaire, de Emmanuel Mouret

    El dulce arte del engaño

    Un año después del estreno de su película, Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, el realizador francés Emmanuel Mouret se está convirtiendo en una voz confiable para el público uruguayo en busca de un cine seductor, entretenido e inteligente. Su última historia, Crónicas de un affaire, a estrenarse el jueves 1º de junio, lo reafirma al evadir los lugares comunes de la comedia romántica y presentar a los intérpretes Vincent Macaigne y Sandrine Kiberlain como una dupla de comedia digna de devoción.

    Las primeras imágenes de la película son las de una noche parisina y el primer diálogo —“Nunca hice esto antes”— adelanta la promesa de la aventura amorosa en cuestión. Si se considera al título en original en francés, Chronique d’une liaison passagère, se obtiene una pista adicional: el amorío será efímero.

    Simon (Macaigne), un hombre casado que ayuda a mujeres embarazadas a prepararse para el parto, y Charlotte (Kiberlain), una madre soltera y divorciada, se convierten en amantes luego de conocerse y besarse en una fiesta. En el primero de los veinte encuentros que la película muestra, establecen su plan de acción. Su relación se basará únicamente en la atracción y el sexo; los proyectos y las peleas serán problemas de parejas que ellos querrán obviar. “Tenemos que dejar de hacernos tantas preguntas, nos hará bien no pensar tanto en el futuro”, sugiere Charlotte.

    Crónicas de un affaire, que fue seleccionada por Cannes en 2022, se sumerge rápido en el presunto idilio concebido por ambos y la conexión con Las cosas que decimos, las cosas que hacemos se hace, entonces, evidente. Mouret, una vez más, presenta personajes de la alta sociedad francesas, avezados en sus campos profesionales y con un camino en el amor ya recorrido.

    A diferencia de otras historias de vínculos extramaritales enfocadas en la intimidad sexual, aquí se explora lo que precede y sigue a ese momento, mostrando de a poco la complejidad de los deseos, expectativas y miedos que manejan los personajes. Evita a su vez toda escena en torno a la exploración de la culpa, idea reforzada en la decisión de no mostrar en ningún momento a las familias de los protagonistas.

    Por el contrario, se divide en secciones temporales que muestran cada uno de los encuentros entre Simon y Charlotte a lo largo del tiempo, apelando a la emoción con la que navegan la relación clandestina. Se logra así un equilibrio entre la efusividad y la seriedad del conflicto amoroso, una vez que Simón y Charlotte ven a su plan derribado por los sentimientos que empiezan a generar uno por el otro.

    Con su baja estatura, su espalda ligeramente encorvada y la tristeza de sus ojos, Macaigne, uno de los actores más interesantes y prolíficos del cine francés actual, ha sido comparado con los personajes románticos que Woody Allen interpretó en sus películas. Al impregnar a sus diálogos de inseguridad y neurosis, la comparación es pertinente. Habitualmente, el actor aparece en papeles donde su ingenuidad es explotada y su atractivo contrastado con una belleza más clásica para los protagónicos masculinos, como es el caso con su amigo y colaborador frecuente, Louis Garrel.

    Pero Macaigne es un perdedor adorable y esos suelen tener las historias de amor más interesantes. Su presencia fatalista y preocupación constante son el contrapeso ideal a la seguridad y confianza a la Charlotte de Kiberlain. Con su elegancia, sonrisa y estatura imponente, la actriz demuestra talento para timonear la aventura de estos parisinos. A medida que la dinámica de atracción y poder cambia, también lo hace el encanto de la película, alejándose gradualmente de la comedia y acercándose a una exploración del lado más agrio de las relaciones en la mediana edad.

    Con escenas largas y sin cortes, en las que Simon y Charlotte conversan y racionalizan cada aspecto de la aventura en la que se embarcan, Mouret juega hábilmente con la velocidad y el movimiento en la película. A través de los constantes desplazamientos y caminatas de los personajes por diferentes escenarios de París, se refleja el cambio y la evolución que experimentan en su relación. Esta dinámica refuerza el sentido de fluidez y transformación que impregna la historia, así como el cambio que experimentan entre ellos a medida que se conocen y los miedos de cada uno adquieren mayor importancia en su relación.

    Son los diálogos rápidos y cargados de significado los que Mouret utiliza para desarrollar su historia. La palabra se convierte en el principal elemento de seducción entre los personajes y crea una tensión y una conexión emocional que va más allá de lo físico. Los diálogos revelan sus motivaciones, pensamientos y emociones y permiten que el espectador se adentre en su mundo interior e intente entender las reacciones que tienen en cada escena, donde los primeros planos se reservan para momentos muy particulares.

    A medida que avanza la trama, la película revela que la relación de Simon y Charlotte está destinada a evolucionar y Mouret eleva la naturaleza de su vínculo a un nivel más profundo y cautivador cuando una tercera persona, una mujer, entra en escena para dar lugar a un triángulo amorosos. Con un final optimista que presenta la posibilidad de un lazo más significativo y duradero, Crónicas de un affaire seduce desde lo intelectual y emocional, y confirma el talento de Mouret como director y guionista en la creación de historias de amor auténticas.

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