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La nueva película del cineasta uruguayo Federico Veiroj, director de El apóstata y La vida útil, sigue los pasos de Javier Belmonte (Gonzalo Delgado), artista plástico de relativa fama, quizás de cierto prestigio, que está a punto de inaugurar una exposición en el Museo de Artes Visuales. Belmonte debería estar más que contento y orgulloso. Tal vez lo esté. O tal vez esas emociones viven dentro de él, aunque se encuentran sepultadas bajo capas y capas de sentimientos no del todo identificados pero que claramente tienen algo de amarga insatisfacción. La esencia de la película se condensa en la canción Imaginate m’hijo, de Leo Maslíah, que forma parte de la banda sonora. Belmonte quería algo más (o algo diferente) de la vida, de su vida, incluso de la vida de los demás. Ahora ya está. Además, grandes cambios se aproximan. Jeanne, su exmujer (Jeannette Sauksteliskis), rehizo su vida y está embarazada. La hija de ambos, Celeste (Olivia Molinaro Eijo), de 10 años, tendrá un hermanito. Y con la llegada del bebé, Belmonte intuye que el acotado tiempo junto a la niña será todavía más acotado.
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El protagonista fue concebido para Delgado, que es artista plástico, además de director de arte, guionista, productor, director y ocasional actor. Su trabajo está ligado a importantes títulos de la cinematografía rioplatense. Podría decirse que ha vestido y diseñado la atmósfera y la textura del cine uruguayo reciente. Fue director de arte de Whisky, La perrera, Miss Tacuarembó, Los enemigos del dolor y Clever, además de trabajar en las coproducciones El otro hermano y El custodio. Cuando no ha escrito o dirigido su propia obra, ha colaborado en los guiones de otros, como sucedió con El apóstata y La vida útil, con 3 de Pablo Stoll y con Whisky y 25 Watts, de Stoll y Juan Pablo Rebella. No es actor profesional, aunque ha tenido participaciones breves en algunos filmes, entre ellos Las toninas van al este, coescrito y codirigido con Verónica Perrotta. Y se lo ha visto recientemente en la serie Todos detrás de Momo, emitida por TNU.
Delgado compone con naturalidad e intensidad a un hombre de emociones contenidas, un individuo incómodo e insatisfecho, uno de esos personajes que sin una buena dirección puede desviarse hacia el estereotipo. Pero lo verdaderamente notable, impresionante, es la interpretación de Molinaro Eijo, a un nivel que se roba algunas escenas, como cuando organiza la disposición de los cuadros para la muestra de su padre.
Belmonte (guion premiado en el Festival de Mar del Plata) tiene algo de fábula, especialmente de fábula de iniciación. Hay un protagonista emocionalmente estancado, en tensión continua entre la imagen que proyecta, el relato que se construye sobre sí mismo, y las emociones reales que anidan en la persona real, detrás de la máscara. En su comportamiento público, Belmonte se muestra un poco misántropo, un poco agresivo, sin llegar a ser grosero, aunque aparentemente decidido a transferir su agria incomodidad y su turbio desánimo en los demás.
Parte del paisaje emocional del protagonista asoma en los trazos de sus dibujos y sus pinturas, que muestran hombres desnudos y desesperados, ahogándose, escondiéndose, escapándose. En un momento, a Belmonte se lo ve pintar como si estuviera en un combate de esgrima. Al igual que el tiempo que pasa con Celeste, la música tiene una especial importancia en su vida, y hay dos escenas breves y particularmente conmovedoras, que desnudan al personaje: una de ellas transcurre durante un concierto sinfónico, la otra es a la intemperie, en la rambla, cerca del mar.
Más allá de la naturalidad en los diálogos y las actuaciones, el humor agridulce, la intervención de algunos elementos surrealistas, hay algo notablemente distintivo en el cine de Veiroj, al menos en el corpus que conforman La vida útil, El apóstata y Belmonte (incluso comparten la misma tipografía), y es que solo se parece al cine de Veiroj. Cuando lo que abundan son películas que se parecen o que remiten o que homenajean o que realizan alguna especie de relectura de otras películas, las de Veiroj no se parecen a nada, son únicas, no remiten a nada más que a sí mismas. Está bien: la acción puede transcurrir en Madrid o Montevideo, en escenarios más o menos reconocibles, los actores (o los no actores) pueden ser más o menos conocidos, incluso puede generarse la ilusión de que algunos intérpretes están haciendo de sí mismos, pero lo que sucede solo sucede en un mundo enteramente cinematográfico. La cinefilia presente en Belmonte no tiene nada que ver con la metatextualidad, los guiños o la ironía. Tiene que ver con la concepción del cine como zona temporalmente autónoma, como espacio para la construcción de un universo vivo. Es lo que hace que estas películas parezcan tan extrañas y tan familiares al mismo tiempo.