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“La tarea del poeta es describir no lo que ha acontecido, sino lo que podría haber ocurrido. Esto es, tanto lo que es posible como probable o necesario”. La sentencia se lee en Poética, de Aristóteles. En el tratado, que data del siglo IV a.C., el filósofo y científico griego postula que la distinción entre las figuras y las tareas del historiador y del poeta no radica en que uno escriba en prosa y el otro en verso (“se podrá trasladar al verso la obra de Herodoto, y ella seguiría siendo una clase de historia”). La diferencia estriba, según Aristóteles, en que uno relata lo que ha sucedido, y el otro lo que podría haber acontecido: “De aquí que la poesía sea más filosófica y de mayor dignidad que la historia”.
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Otra historia del mundo, segundo largometraje del director uruguayo Guillermo Casanova (El viaje hacia el mar), se conecta con este postulado. El filme es una adaptación de Alivio de luto, de Mario Delgado Aparaín, cuya acción transcurre en Mosquitos, un pueblo del interior, durante la dictadura militar (1973-1985). La novela sigue los pasos de Gregorio Esnal, un profesor que a través de una serie de clases magistrales reescribe la historia universal, vinculando ficción y realidad, torciendo hechos y datos, creando un pasado cargado de aventura y gloria. En un marco contextual de represión y desesperanza, de temor y desconfianza, la intención de Esnal es enaltecer la reputación de su amigo Milo Striga, subversivo-detenido-desaparecido cuya familia, además, es inflexiblemente estigmatizada en Mosquitos, un pueblo imaginario uruguayo que también podría ser muchos pueblos reales de Uruguay.
La adaptación cinematográfica estuvo a cargo del mismo Casanova junto a Inés Bortagaray, que no solo es una escritora esencial, también ha colaborado en los guiones de La vida útil (de Federico Veiroj), Mujer conejo (de Verónica Chen) y Una novia errante y Mi amiga del parque (de Ana Katz), este último, premiado Mejor guion internacional en el Festival de Sundance. Su conexión con el cine incluye trabajos como segunda asistente de dirección en Whisky, de Rebella y Stoll, entre otros aportes. Como escritora, Bortagaray es una especialista en historias breves, que recrea con una prosa limpia y poética. Y es particularmente hábil y precisa en el tratamiento del tiempo y el espacio. En Prontos, listos, ya, originalmente de 2006 y hasta ahora su única novela publicada (también tiene una recopilación de cuentos, Ahora tendré que matarte, publicada en 2001), condensa la acción dentro de un vehículo durante un viaje familiar en vacaciones, todo a través del punto de vista y la voz de una niña. Bortagaray tiene un oído fino, sus diálogos suenan verdaderos, naturales.
En el departamento técnico se encuentra el sonidista, compositor y editor Daniel Yafalian, responsable de una buena parte de la textura sonora de la cinematografía uruguaya, desde Los días con Ana y 25 watts a Los enemigos del dolor y Avant. Junto con Hugo Fattoruso, Yafalian se encarga de la composición musical.
La puesta en escena de este guion cuenta con algunos intérpretes de mayor presencia y prestigio del cine que se produce desde hace al menos una década en Uruguay: César Troncoso, Roberto Suárez y Néstor Guzzini. El trío protagónico está secundado por Jenny Goldstein, María Elena Pérez, Cecilia Cósero, la brasileña Natalia Mikeliunas y la joven Alfonsina Carrolcio.
Con un plantel así son escasas las chances de que algo salga mal. No es exactamente lo que sucede en Otra historia del mundo, pero tampoco puede afirmarse que haya salido del todo bien.
Troncoso interpreta el papel de Esnal, el profesor que les confiere lirismo y color a los hechos, el poeta enfocado a hacer de la historia un ensamblaje de cuentos asombrosos. Suárez es el agitador que acaba en la cárcel luego de perpetrar junto con su amigo lo que, en el entorno de Mosquitos, es percibido como un acto terrorista. Una noche, mientras Esnal secuestra los enanos de jardín del recién llegado coronel Valerio (Guzzini), Striga toma un programa radial a punta de pistola para un comunicado revolucionario. Pero, claro, algo sale torpe y chistosamente fatal.
Constituida por momentos visualmente bellos, distintos toques de humor, la película de Casanova tiene un entorno de alto potencial, historias dentro de historias, situaciones y varios personajes interesantes (hay toda una saga familiar virtualmente viva en la trama) y, en especial, una idea poderosamente seductora, que postula al arte como una fuerza capaz de transformar las mentes y, por lo tanto, la realidad. El arte —lo han señalado, entre otros, Alan Moore— es una herramienta poderosa para manipular símbolos, imágenes, palabras y conseguir por medio de esta operación cambios en la conciencia de las personas y la sociedad. Y Esnal está dispuesto a tomar las armas.
El asunto aquí es que estas piezas, por distintas razones, no siempre cohesionan. Y ni la intervención de los intérpretes y la belleza fotográfica de algunos tramos llegan a subsanar el conjunto, lo que genera la sensación de inconsistencia. Y aunque la recreación histórica y la ambientación del pueblito están bien resueltas, especialmente con proyecciones indirectas de elementos que están fuera de la trama y que repercuten dentro de ella (la más obvia: la dictadura), Mosquitos no sale de la categoría de esbozo de escenografía, un decorado carente de personalidad (recordar, como ejemplo de lo contrario, Las Palmas, de Clever, que habla de los personajes que lo habitan y viceversa). Algunas criaturas apenas logran trascender la unidimensionalidad (el cartero de Gustaf, que tiene como detalle “excéntrico” una chancha de mascota).
La narración encastra viñetas costumbristas, presentando relaciones que no se sugieren sino que directamente parecen poco explotadas (el vínculo entre el hijo del coronel y una de las hijas de Striga), y realizando algunos giros (especialmente hacia el sentimentalismo, aunque también hacia el humor) con recursos no del todo afinados. Como el momento del sueño del coronel, que es de una extraña precariedad. O la escena de Suárez —un actor de gran densidad creativa— trepado al árbol, que parece desfasada en su esfuerzo por ser graciosa. Son algunos de los intentos de llevar la película hacia la comedia con vaivenes melodramáticos. En el camino, la veta humorística pierde fuerza, se estanca precisamente por la forzada cohesión del conjunto.
Otra historia del mundo. Uruguay, Argentina, Brasil, Alemania, 2017. Dirección: Guillermo Casanova. Con César Troncoso, Roberto Suárez, Néstor Guzzini, Jenny Goldstein, María Elena Pérez, Natalia Mikeliunas. Duración: 112 minutos.