“Este libro no es una investigación histórica ni musicológica. Surgió más bien de preferencias personales y de a poco se fue ampliando”, dice Andrés Torrón al inicio del prólogo. Y de movida menciona un disco que le calibró el oído: Mateo solo bien se lame, el opus de Eduardo Mateo que con el paso del tiempo se consolida como la piedra angular de la música popular uruguaya.
Bajo la evidente influencia de 1001 discos que hay que escuchar antes de morir y las innumerables listas que la Rolling Stone y afines vierten al público a escala industrial, 111 discos uruguayos (Aguaclara Editorial, $ 790) es un modesto y medido compendio de fonogramas editados por músicos uruguayos entre las décadas de los 50 y 2.000.
Modesto porque no usa palabras como “mejor” o “principales” ni pretende establecer una jerarquía estética a la interna de la lista. Aunque lo hace de todos modos, por algo hay unos dentro y otros fuera.
Y medido porque, en un país donde la producción discográfica no guarda relación con las reducidas dimensiones del mercado —en estos tiempos se editan cerca de 250 discos por año—, no apunta a ser una enciclopedia inabarcable sino que apela a la síntesis de la evolución del disco como obra conceptual en Uruguay.
He ahí el patrón que rige este trabajo: discos que para el autor exhiben coherencia formal de principio a fin. Por eso se constituyen en buenos discos. Eso explica la ausencia de géneros populares como la música tropical, en la que siempre primó el tema —el éxito— por sobre el disco, o la murga —no la murga-canción, protagonista excluyente—, cuya esencia es escénica y no discográfica. En estos días, Torrón ha declarado en entrevistas que descubrió que unas cuantas piezas excluyentes del cancionero uruguayo están insertas en discos irregulares, que no ameritan ingresar a su lista. Tampoco alcanza esta obra a la música clásica y académica porque Torrón se concentró adrede en el terreno popular.
Las reseñas están escritas con un lenguaje simple, en el que prima la divulgación periodística por sobre el léxico musical. La lectura puede acompañarse con la música en cuestión, gracias a los códigos QR que linkean con una o dos composiciones de cada disco.
El gusto del autor se moldeó en la década de 1980. Está claro. Aquello, Siempre son las cuatro y Mediocampo (Jaime Roos), Presentación y Segundos afuera (Jorge Galemire), Recital especial (Leo Maslíah), Cuerpo y alma y La mosca (Eduardo Mateo), En familia y La yapla mata (Ruben Rada) y Zurcidor (Eduardo Darnauchans), son algunos elegidos entre sus héroes. También figuran El viento en la cara, Autoblues y El tiempo está después (Fernando Cabrera), Baldío (Baldío), Dos y Pelota al medio (Jorge Lazaroff), Sosteniendo la pared (Rumbo), La tambora (Jorginho Gularte), Esa tristeza (Laura Canoura) y Todo depende (Mariana Ingold)
Están, por supuesto, los mojones de la segunda ola del rock nacional, desconectada casi por completo de la primera: Tango que me hiciste mal (Los Estómagos), Los Tontos (Los Tontos), Montevideo agoniza (Los Traidores), Soy una arveja (El Cuarteto de Nos) y Gusano loco (Níquel) conforman una sólida pentalogía.
Torrón creció en Montevideo en los años 80 y lo primero que dice es la frase citada al inicio de esta reseña. Su centro de gravedad es Eduardo Mateo, ergo, gran parte de los protagonistas de este libro son deudores del creador de Yulelé: Rada, Jaime, Hugo, Cabrera, Drexler y Galemire tienen la llevada de Uh, que macana impresa en el oído. Y este canon confirma a Mateo como común denominador de la música popular uruguaya.
Es evidente que el autor trabajó, investigó, escuchó y seleccionó, más allá de sus preferencias inmediatas, discos fundamentales por su importancia, por la huella que trazaron hacia el futuro, más allá de su popularidad circunstancial. Allí aparecen nombres fundacionales como Romeo Gavioli, Alberto Mastra, Julio Sosa, Manolo Guardia, Daniel Lencina, Anselmo Grau, Daniel Viglietti, Los Iracundos (única referencia a las raíces de la música tropical, aunque en esta época hacían rock)... y Hugo Fattoruso, cuya presencia fue aumentando conforme avanzó el trabajo de campo. Es que el autor de Homework está en todos lados y el libro lo atestigua en los Shakers, Opa, como solista y en decenas de colaboraciones decisivas. Junto a Rada y Mateo, son la trilogía estelar de la primera época del rock, de la mano del candombe-beat y de grupazos como El Kinto, Tótem, Montevideo Blues, The Killers, Los Mockers y Psiglo. Y está Gastón Ciarlo (“Dino”), por supuesto, ese viejo rockero que siempre estuvo y sigue rockeando.
Quizá lo más cuestionable de la selección sea la magra presencia del folclore rural: no están las voces emblemáticas de Tabaré Etcheverry, Carlos María Fossati y Carlos Benavídez, ni las de Osiris Rodríguez Castillos, Santiago Chalar, Eustaquio Sosa y Aníbal Sampayo, compositores de enorme preponderancia para el cancionero nacional y de la región (la obra de Sampayo es seminal en Santa Fé, Entre Ríos y otras provincias argentinas). Los entusiastas de la música del interior profundo se sentirán despechados y podrán tildar esta obra de montevideocentrista. Y tendrán razón. Los que están son los más populares en Montevideo. Se podrá discrepar con los trabajos elegidos de Alfredo Zitarrosa, Los Olimareños y José Carbajal, los tres nombres de mayor arraigo ciudadano en el folclore uruguayo. Pero nadie duda que Guitarra negra, Nuestra razón y Colmeneras son unos discos formidables.
También se quejarán los amantes del jazz, género indudablemente popular a nivel global pero que en Uruguay ha estado fallidamente asociado a una élite cultural. Quizá tenga que ver con que al influjo de los hermanos Fattoruso, el candombe se relacionó en forma muy orgánica con la esencia libertaria del jazz y esa fusión, bien presente en esta lista, concentró los mejores talentos.
Puede sonar extraño no encontrar ningún disco de La Tabaré, La Triple Nelson, La Chancha, o que no esté un prócer del bajo oriental como Urbano Moraes, ni la voz aguardentosa del Canario Luna, ni el fraseo dulce de Malena Muyala ni la simpleza de Pablo Estramín. Y es discutible que de los Buenos Muchachos esté Dendritas contra el bicho feo y no Amanecer búho. O que de Buitres no figure el consagratorio Maraviya sino Rantifusa, su disco bisagra. Pero el filtro de Torrón es coherente, porque luego de la irrupción referencial de Terraja, de El peyote asesino, aparece Drexler, Bajofondo, Supervielle, La Vela Puerca, Santullo, “el nuevo” Cuarteto (Raro) como referentes de la música uruguaya de calidad que ha trascendido fronteras, con Juan Campodónico como común denominador, a ambos lados de la consola.
Entre las múltiples opciones ejecutadas para construir este edificio, está Mandrake Wolf por triplicado, están Roberto Darvin, Lágrima Ríos, La Abuela Coca, Gustavo “Príncipe” Pena, Martín Buscaglia, La Teja Pride y emerge Franny Glass entre las nuevas voces solistas.
Volviendo al inicio, la subjetividad con la que está confeccionado este canon discográfico oriental está fuera de discusión. Tendría que ser una obra colaborativa al estilo Wikipedia para conformar todos los gustos. Por supuesto que cada uno tiene su propia lista de notables ausentes, y ahí está el doble mérito de Torrón: pegó primero, creó la primera de estas vías de divulgación artística en Uruguay, y con ella sobre la mesa, estimula a que cada uno elabore su ranking y discuta con el autor, práctica por demás saludable.