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    De gris en negro

    Si mis teorías sobre el futuro cada vez más aciago que espera a los países rioplatenses no fueran correctas, la presidenta de Argentina tendría un nivel de popularidad pasmosamente bajo y el Frente Amplio habría perdido las recientes elecciones. Pero Fernández cuenta con el 40% de aprobación y el FA ganó las elecciones con mayoría parlamentaria. Ambas cosas me dan la razón.

    Todos los indicadores argentinos están en la peor posición posible. El país ha vuelto a caer en default, las exportaciones se comprimen mes a mes, la desocupación sube en todos los ramos, el consumo se desploma, la deuda sigue creciendo y las reservas nacionales están en un mínimo histórico.

    Con el 40% de inflación, Argentina es vicecampeón mundial en este rubro. El aumento constante del gasto público (¡ya es la mitad del PBI!) y la incesante emisión monetaria garantizan menos actividad económica, más inflación y menos posibilidades de revertir la situación. El próximo año, con las elecciones nacionales y los costos que estas siempre acarrean, todos estos guarismos empeorarán más aún.

    Argentina es un país a la deriva, aislado del mundo, cada día más irrelevante. Cualquiera podría pensar que un panorama con estas características tendría que favorecer el crecimiento de una oposición política de fuste. Pero es justamente lo que no sucede.

    Si bien los indicadores macroeconómicos uruguayos no son tan malos como los argentinos, la situación general es igualmente deplorable. Hay varios elementos comunes, como por ejemplo la decadencia general, el desplome de la calidad de vida, el pésimo estado de la infraestructura, el alto nivel de corrupción, el avance del embrutecimiento duro y puro en todos los estamentos, la violencia, la inseguridad y la conversión de un aparato de enseñanza que fue modélico en una inmensa pocilga donde docentes y alumnos se revuelcan en el barro de la impotencia y la incapacidad.

    En varias columnas de opinión y en algunos libros (por ejemplo en “El tercer Uruguay”, de 2011), subrayé que solamente los países en donde reina la confianza en la ciudadanía pueden desarrollarse y crecer, y que esa confianza entre connacionales está relacionada con la idea de un futuro común, de un ideal de nación que es bueno para todos sin excepciones.

    Los países en donde esto no se da, no pueden desarrollarse. Por eso, a mayor desconfianza reinante, mayor atraso. Y viceversa.

    Argentina y Uruguay heredaron viejas cadenas de valores de diferentes fuentes, tanto aborígenes como europeas. También nuestras “madres patrias”, nuestras culturas madres, están en una grave crisis, debido a ciertas formas seculares de ver la vida, a una manera específica de entender las relaciones sociales y de encarar los retos que se presentan.

    Pero volvamos a la relación imperante en el mundo atrasado, resumida en la fórmula ganador-perdedor (a diferencia de la fórmula ganador-ganador, que es la que caracteriza a las naciones desarrolladas).

    Quien cree que su prójimo es un enemigo en potencia hará todo lo posible para cuidarse las espaldas. Ese es el caldo de cultivo donde crece el odio de clases, el resentimiento y el recelo crónico, signos típicos del mundo atrasado.

    En consecuencia, la idea de nación, o de pueblo, sufre castraciones. El pueblo danés son todos los daneses, así como el pueblo holandés son todos los holandeses. Pero en las naciones subdesarrolladas no es así. Por eso, el pueblo uruguayo no son todos los uruguayos y el pueblo argentino no son todos los argentinos. “El pueblo uruguayo” y “el pueblo argentino” son entendidos como una parte de la nación: su parte “buena”. El resto de los habitantes son “los enemigos” del pueblo uruguayo y del pueblo argentino.

    Cuando una nación se divide en dos colectivos enfrentados (“el pueblo verdadero”, o sea los “buenos”, y “los enemigos del pueblo”, o sea los “malos”), no puede existir armonía interna ni cohesión ni solidaridad nacional, ni proyecto común ni —mucho menos aún— posibilidad de progreso.

    Crece así, alimentada eficazmente por este espíritu propio del mundo atrasado, la violencia, sea la “opresora de arriba” como la “liberadora de abajo”, además de esa violencia “sin sentido” que se despliega día a día en cada rincón de la sociedad.

    Argentina lleva más de 70 años de cuesta abajo. Uruguay un lustro menos. En un comienzo, la bonanza económica acumulada por muchos años de vacas gordas impidió ver el comienzo de la crisis. Recién a partir de los 60, y a balazos, la misma apareció en la retina de muchos.

    Nadie puede vivir aceptando el hecho de que su mundo (la tierra en la cual vive junto a sus seres queridos) está condenada al fracaso. Por eso, al mal tiempo, buena cara; a las malas noticias, muchas ilusiones; a la dura realidad, meta optimismo.

    Sin embargo, este mecanismo natural, lógico, esperable y comprensible de supervivencia es, a la misma vez, un impedimento para tomar conciencia del verdadero calado de la situación.