Nº 2074 - Nº 2074 - 4 al 10 de Junio de 2020
Nº 2074 - Nº 2074 - 4 al 10 de Junio de 2020
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos insultos entre políticos no son nuevos ni mucho menos. Hay registros de más de 2.000 años como los de Marco Tulio Cicerón a Marco Antonio alrededor del 40 a. de C. Lo hostigaba con expresiones como “vergüenza humana”, “borracho disoluto”, “profanador de la honestidad y la virtud”, “campeón de todos los vicios” o “el más estúpido de los mortales”. El filósofo y orador romano nunca manifestó arrepentimiento.
En el pasado los políticos en general, sin distinción de partidos, para atacar a sus rivales desarrollaban una esgrima verbal preñada de ironías y metáforas antes que denuestos descarnados. Es verdad que a veces cambiaban el florete por el sable y causaban heridas graves, pero no era lo habitual. Con el desvanecimiento de la calidad política y la irrupción de personajes de segunda y tercera categoría se fueron colando insultos como estrategias para satisfacer o captar electores. También, ¿por qué no?, para canalizar ira contenida hacia quien piensa diferente.
Se acentuó con las redes sociales, especialmente mediante cobardes comentarios anónimos que causan debates virulentos. Lo abonan algunos periodistas que optan por pasarle el rastrillo al Twitter (copian y pegan con fotito incluida) en lugar de salir a la calle a buscar noticias.
La vergüenza o el pudor por insultar o descalificar ya no existen. Es más, cuando alguien formula reproches por un insulto muchos ofensores callan o argumentan que no dijeron lo que en realidad dijeron, que no es lo que quisieron decir, sino otra cosa. Un asco cantinflesco.
Los ejemplos con tonos diversos abundan.
Hace varios años la diputada frenteamplista Daniela Payssé salió en defensa del sindicalista Óscar Andrade, que había sido cuestionado por el diputado colorado Fernando Amado. Le reprochó que ocupara una banca como suplente del diputado Doreen Ibarra y que se pasara de líder sindical a político.“¡En Cámara de Diputados apareció el enano fascista! ¡Fernando Amado cuestionó que un trabajador ocupe una banca! Salú, compañero Óscar Andrade”, replicó Payssé en Twitter. Andrade, Payssé y el tránsfuga Amado patean hoy para el mismo lado.
Hace algunas semanas Julio Luis Sanguinett también apeló a la estatura para descalificar. Tildó al canciller Ernesto Talvi de “petiso acomplejado” luego de que el gobernante frenara su pretensión de ocupar un cargo que depende de la cancillería.
En 2007, durante una discusión en el Senado sobre la prórroga de la misión de paz en Haití, Álvaro Vega del MPP salió al cruce de Washington Abdala y le dijo que ignoraba de lo que hablaba. El ahora propuesto como embajador en la OEA replicó: “A veces estoy en el Senado mientras vos estás en dos lados, violando la Constitución, delincuentón”.
Tiempo atrás Montevideo Portal repasó insultos y en un ranking colocó al tope uno del diputado del MPP Juan José Domínguez durante un debate con el entonces diputado Luis Lacalle Pou. Discutían revelaciones del extupamaro Jorge Zabalza en el libro Cero a la Izquierda, de Federico Leicht. En el fragor de la discusión Domínguez le dijo a Lacalle Pou: “Sos un atrevido, guacho”. El diputado blanco replicó: “Y vos, un asesino”. Domínguez montó en cólera, lo desafió a pelear y sin argumentos racionales culminó con un “¡Callate, oligarca puto!”.
Un insulto parecido fue el del dirigente de Antel-Sutel Gabriel Molina al comentar en un grupo de WhatsApp la decisión del presidente Lacalle Pou de recortar los salarios públicos y jubilaciones estatales para combatir la emergencia sanitaria del coronavirus.
“Fue muy inteligente lo que este hijo de mil putas hizo”, dijo. Y agregó: “Salir a decir públicamente que no queremos que se nos descuente para darles a los que necesitan nos deja muy mal parados como trabajadores…”.
Más tarde se disculpó mediante un comunicado en el sitio web del PIT-CNT, pero aprovechó para un autoelogio sobre su vida sindical de lucha y para justificarse porque sus dichos fueron en “códigos de boliche”. Claro, sumergido en su vulgaridad no se refirió a lo más importante: excusarse con la madre del presidente, la exsenadora Julia Pou, la principal ofendida por el dirigente barriobajero.
Es sobre disculpas y perdones que viene esta columna: ¿es válido pedir perdón o disculpas luego de un insulto? ¿Es razonable que el ofendido las acepte y que luego la relación siga como antes? Personalmente, tengo firme una posición: en esos casos no hay que aceptar perdones ni disculpas porque se expresan como parte de principios sociales, religiosos o de lo que se considera políticamente correcto. No provienen de un espíritu dolorido, afectado por sus expresiones y realmente arrepentido.
¿Con una disculpa arreglamos todo? ¡Qué va! Un insulto descalificador o soez significa muchísimo más que la expresión literal. Es lo que el agresor realmente piensa o siente y que hasta ese momento había mantenido oculto en su fuero interno.
Es más, ni siquiera admito escuchar al ofensor. Hacerlo sería prestarle una atención que no se merece porque, voluntaria y conscientemente, rompió una relación personal, social o profesional. En consecuencia, borrón y cuenta nueva. Especialmente borrón y de repente una piña.
El psicólogo español Fernando Pena sostiene que los usos sociales y especialmente varias religiones enseñan que es necesario perdonar e incluso que para alcanzar el perdón basta con rezar una oración. La Biblia incluye una especie de amenaza para quien no perdone: a menos que perdonemos a quienes nos hacen daño, Dios no perdonará nuestros pecados (Mateo 6:15; Marcos 11:26). O perdonás o vas al infierno.
“Con todo mi respeto hacia ellas, alguien debería añadir algo más que un rezo, un buen pensamiento, una palabra amable o un gran arrepentimiento. Quizá si a ti también te han hecho daño alguna vez hayas querido que te pidan perdón con algo más que palabras. Con acciones que devuelvan las emociones positivas a su sitio. Y digo acciones. Y digo que generen e-mo-cio-nes positivas. Para llegar a pensar que esa persona vale realmente la pena”, razona Pena.