N° 1915 - 27 de Abril al 03 de Mayo de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCon excepción de la cena de Ulises entre los feacios, de la mano tendida de Eneas cuando pierde a Creusa en medio de la terrible noche del incendio de Troya, de la inoportuna muerte de Cordelia y más tarde de la cruel noticia de la muerte de Albertine, ninguna página me ha suscitado tan vivos sentimientos de piedad y un tal encogimiento del alma como algunas de las líneas del capítulo vigésimo octavo de la segunda parte de El mundo como voluntad y representación, de Arthur Schopenhauer (CFE, que distribuye Gussi). En los casos anteriores la idea de pérdida, de fatalidad o de dolor están sensibilizadas por los trazos delicados y enérgicos de la dramatización; son escenas donde personajes singulares habitando en un contexto conflictivo determinado operan según sus características psicológicas y morales que a los lectores, que los venimos siguiendo desde antes y a cada paso tememos por su suerte, nos resultan cercanas, familiares. Establecer empatía con esas queridas criaturas no implica ningún esfuerzo: mucho antes que nuestra conciencia, ya nuestros sentimientos toman la palabra y guían la lectura sirviéndose de nuestra historia personal para ahondarla, para hacerla más vivaz y fecunda.
No es el caso de Schopenhauer, que no dramatiza, sino que reflexiona secamente y describe con devastadora precisión el espectáculo de la vana lucha por la vida en el reino animal y en el hombre. Sus enumeraciones y comentarios son tan elocuentes que nos cuesta escapar al embrujo de su iluminado desaliento, de su radical pesimismo antropológico, de su agobiante y oscura belleza. Comparto mi infortunio. El filósofo se propone mostrar la absoluta irracionalidad y falta de sentido trascendente que tiene el vivir, que es una voluntad ciega que meramente empuja, que desconoce y empeña todo para dar momentánea satisfacción a su absurda y fatal ausencia de fines distintos a los de la mera obstinación de provisoriamente ser. Dice allí que “si pasamos revista en primer lugar a la incalculable serie de los animales, consideramos la infinita multiplicidad de sus formas, que se modifican continuamente conforme al entorno y al modo de vida, ponderamos al mismo tiempo el arte sin par de su estructura y engranaje perfectamente consumado en cada individuo, y finalmente tomamos en cuenta el increíble derroche de fuerza, destreza, astucia y actividad que cada animal realiza incesantemente a través de su vida, si reparamos, por ejemplo, en la infatigable laboriosidad de las pobres hormigas, en la maravillosa y artística industria de las abejas, o en como un único enterrado sepulta en dos días a un topo cuyo tamaño es cuarenta veces mayor, para depositar sus huevos y asegurar el sustento de la prole; si tenemos presente que la vida de la mayoría de los insectos se reduce a preparar alimento para las larvas de su futura prole, las cuales, una vez consumido ese alimento y haberse transformado en crisálidas, vienen a la vida simplemente para reanudar desde un principio el mismo trabajo; si observamos que la vida de los pájaros se consagra en su mayor parte a sus lejanas y penosas migraciones, la construcción del nido y allegar el alimento a sus crías, que luego desempeñarían el mismo papel en los años venideros y, de igual modo, todo trabaja en pos de un porvenir que pronto se declara en quiebra; al mirar alrededor uno no puede dejar de preguntarse por la recompensa para todo este arte y esfuerzo, por el fin que tienen a la vista los animales al esforzarse tan infaliblemente; en suma, ¿cuál es el resultado de todo esto? ¿qué se alcanza mediante la existencia animal que requiere tan enormes disposiciones? Nada puede mostrarse salvo la satisfacción del hambre y del instinto sexual, así como algo escaso y momentáneo deleite que cada individuo tiene de tarde en tarde, en medio de tanta miseria y fatiga”.
Al final de la aflictiva parrafada va a sellar con una sentencia que desde entonces pesa como una cruz sobre la desventura de nuestra conciencia: “Si comparamos el indescriptible arte de las disposiciones y la inmensa riqueza de los medios con la mezquindad de lo conseguido, se impone la evidencia de que la vida es un negocio cuyo beneficio no cubre para nada los gastos”.
Deplorablemente, a pesar de todas las esperanzas y todas las breves alegrías, creo que Schopenhauer tiene razón.