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    Debilidad ideológica y seguridad

    N° 1690 - 29 de Noviembre al 05 de Diciembre de 2012

    Todo padre se desvela por la seguridad de sus hijos adolescentes durante sus salidas nocturnas. Esa preocupación se ha acentuado con el aumento de la criminalidad. Ya no solo preocupan los riesgos del consumo de alcohol o drogas, los enfrentamientos entre barras o los accidentes de tránsito. Para el hampa, la vida no vale nada.

    Es complejo encontrar un equilibrio adecuado entre seguridad y el pleno respeto de los derechos individuales, y en esto último no caben dos opiniones.

    Esta cuestión fue colocada sobre la mesa por el diputado socialista Gustavo Bernini, cuyo hijo de 17 años y unos amigos fueron interceptados a medianoche por tres policías uniformados y dos de particular. Los cachearon contra una pared en Paysandú y Tristán Narvaja. Los liberaron 20 minutos después (Búsqueda, Nº 1.688).

    ¿Es razonable controlar la identidad de las personas y comprobar si van armadas? Sí, pero la cuestión no es solo esa, sino los procedimientos.

    Bernini escribió lo sucedido en su muro de Facebook. Lo dominó la seducción publicitaria de la red y expuso ante la sociedad a su hijo menor de edad en lugar de denunciar el hecho. Argumentó que carecía de datos para individualizar a los responsables, pero igualmente debió hacerlo en razón de su cargo. Más tarde borró el mensaje.

    Es comprensible su preocupación por eventuales abusos policiales. Pero afirmar que el Ministerio del Interior padece una “debilidad ideológica” que no resiste la “manija” de reclamos de mano dura es un despropósito partidario. Tampoco es cierto —aunque sea políticamente efectista— que estos procedimientos nos retrotraigan a la dictadura: “me ericé, inevitablemente me trajo a la memoria mi adolescencia y juventud, ME DA MIEDO”, comentó.

    En esa época los adolescentes hubieran sido trasladados a una dependencia policial o militar con el riesgo de ser torturados, sin posibilidad de recurrir a la Justicia. Incluso podían desaparecer. Todos sentimos entonces ese miedo. Aunque hoy tenemos plenas garantías no es diferente el temor de centenares de miles de uruguayos que no saben si volverán a sus casas o integrarán la larga lista de asesinados, rapiñados o violados por las hordas. Todos nos erizamos.

    Si por “debilidad ideológica” se entiende acentuar los controles, velar por la seguridad de los ciudadanos y agotar los medios lícitos para combatir el delito, bienvenida sea la debilidad. Se contrapone a las debilidades de utilizar menos represión y control y de abrir las puertas de las cárceles al amparo de una presunta humanización carcelaria, como en 2005. Sin humanizarlas.

    La inseguridad y la violencia provocan vacíos de poder que en un sistema democrático deben ser llenados con gente preparada para combatir a la delincuencia. No alcanza con funcionarios inexpertos, muchos de los cuales o sus familiares viven en los mismos asentamientos que los delincuentes que deben combatir.

    Es necesario defender la seguridad con profesionales conscientes de que determinadas acciones ilegales arriesgan la estabilidad de la democracia y la credibilidad de las instituciones a las que ellos mismos pertenecen. Si no ocurriera se abriría paso al ejercicio discrecional de la fuerza, a la violación de derechos y a la reactivación de organizaciones mafiosas.

    Se debe tener claro que cuando el poder utiliza las herramientas que otorga la Constitución para defender sus privilegios y sus intereses en lugar de hacerlo en beneficio de la sociedad, se atenta contra el Estado de derecho y la democracia. Y eso es incompatible con el respeto a los derechos fundamentales de los ciudadanos, a quienes un poder sin límites podría vigilar clandestinamente para saber qué piensan u opinan, o sobre sus actividades sociales y políticas. Usar un organismo público, pagado con nuestros impuestos, en beneficio propio, vulnera la transparencia, el uso de los recursos y atenta contra un elemental fundamento de la convivencia.

    Todos esos riesgos y falencias son las que pueden constituir una “debilidad ideológica”. Las dictaduras (y las dictablandas) han recurrido sistemáticamente a estos procedimientos para mantenerse en el poder y evitar que la oposición se organice para reducir sus posibilidades políticas. Mire sobre el Río de la Plata.

    Es a todo eso que debemos estar alertas. La seguridad pública es otra cosa. Atribuirle “manija” a miles de padres, angustiados por sus hijos, familiares, amigos y ellos mismos es despreciarlos y desconocer un reclamo popular y la seguridad de los ciudadanos.

    La Policía requiere más efectivos policiales, mejores salarios, mayor número de autos, motos, equipos de comunicación y también instrucción. Esto se soluciona con rubros presupuestales que Bernini y sus colegas deben votar. No es cuestión de buscar caminos fáciles aprovechando alguna circunstancia para pujitas preelectorales entre sectores del gobierno. Es irresponsable y muy peligroso. 

    A la denuncia de Bernini se añadieron luego la ex ministra del interior y diputada socialista Daisy Tourné, quien denunció un “policiamiento” del Ministerio, y el Partido Socialista que denunció “abuso policial” contra militantes del barrio Marconi. ¿Esa coincidencia es una casualidad? (Búsqueda, Nº 1.689).

    En una sociedad democrática —democrática en serio, sin demagogias baratas para aferrarse al poder o descalificar a eventuales candidatos de otro sector— hay cuestiones vitales que requieren políticas de Estado. La seguridad es una de ellas.

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