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Las opiniones del Sr. Presidente sobre los abogados que se dedican a la defensa en juicio contra el Estado. 1. Introito. Según “El País” de 15-III-2013, pág. A-8 bajo el título “Mujica: abogados le roban al Estado”, en recientes declaraciones el Sr. Presidente “criticó a los abogados que litigan contra el Estado”, a los que catalogó de “una de las peores patologías” y de “formas parásitas de picapleitos que viven escudriñándole los intestinos al Estado y terminan en muchos casos robándoles suculentas sumas al Estado”. Por si fuera poco, agregó: “lo peor es que después uno siente a estos picapleitos opinar de la democracia, del Estado de derecho, de las garantías constitucionales. Engolan la voz y hablan en sesudos programas y no son otra cosa que parásitos del sistema jurídico que tratan de medrar con recursos no del Estado sino del pueblo que trabaja..., etc.”. (Audición de FM privada M-24).
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Con los debidos respetos por su alta investidura, debemos expresar que la barbaridad intelectual y cultural por ignorancia y soberbia, y la simplista equivocación y generalización que caracterizan a estas opiniones, además de la brutal agresividad, irrespetuosidad y ofensividad hacia quienes se dedican a una de las profesiones más nobles y antiguas de la civilización, surge de su simple lectura.
Empero, ante este paradigma del maltrato verbal, debemos decir algo más como titulares del derecho y el deber cívico de no callar ante los insultos de un presidente que debería ser ejemplo de respeto por todos. Partiendo de la base de que al presidente le deben preocupar los principales rubros de litigiosidad contra el Estado, nos referiremos a ellos para aclarar algunos conceptos y desnudar lo injustificado de los insultos hacia los abogados que profirió.
2. La garantía que es la responsabilidad patrimonial del Estado y la imprescindible necesidad de cualquier pueblo civilizado y libre de que sean los profesionales abogados quienes —por su formación específica— efectivicen esa garantía ante los Tribunales. Las opiniones del presidente, al atacar a quienes, como auxiliares de la Justicia, patrocinan en juicio a quienes han sido damnificados por la actividad estatal, o a quienes el Estado debe dinero por otros conceptos y no cumple, etc., en realidad parecen renegar indirectamente de la existencia en nuestra Constitución de la responsabilidad del Estado estatuida como garantía fundamental en su art. 24. Indirectamente, pues, el Sr. Presidente parece atacar, entre otras, a una de las normas más relevantes del sistema jurídico uruguayo, incorporada desde antiguo a todas las constituciones del mundo civilizado y libre. Al contrario de la irresponsabilidad patrimonial del Estado fundada en el principio “el Estado personificado por el monarca no se equivoca” que se identificaba con el “antiguo régimen” y su monarquía absoluta, y que más tarde tuvo aplicación en los regímenes políticos totalitarios y autoritarios (nazismo, fascismo, comunismo y otros congéneres menores), la responsabilidad civil del Estado ha quedado consagrada y consolidada por el constitucionalismo moderno como una de las instituciones fundamentales de la democracia constitucional. Renegar directa o indirectamente de ella es algo así como intentar retrotraer la cultura jurídica a las cavernas. Desde este punto de vista, es llamativo e indicativo de ignorancia y soberbia que el Sr. Presidente no se debería dar el lujo de ostentar, que ataque —erróneamente— los efectos del fenómeno en vez de cumplir con su deber de percibir y atacar las verdaderas causas de lo que parece considerar excesiva litigiosidad contra el Estado y hacer algo al respecto. Esa causa no es otra que la extraordinaria capacidad que tiene el Estado uruguayo para generar pleitos en su actividad, sobre todo acciones de reparación y cobro de pesos por diversos conceptos y, luego, no intentar siquiera transar en aquellos casos en que —como suele ser frecuente— esté en estricto derecho perdido. Como todo el mundo sabe, a los jerarcas de la administración pública les importa “un bledo” la eventualidad —a mi juicio— cada vez más distante de perder un juicio, y sus abogados nunca tienen la facultad de transar. ¿Por qué será? Lo que debería ser una vigorosa política de Estado que —como tantas otras que necesitamos— brilla por su ausencia.
3. La ignorancia, indebida generalización y total inercia del presidente acerca de la actividad estatal como generadora de gran litigiosidad y su pretendida ignorancia de la realidad actual de la defensa en juicio contra el Estado. Sin perjuicio de que puedan existir colegas que se ocupen lícitamente de salir a buscar “el pleito” contra el Estado en algunas áreas, lo cierto es que la mayoría de las acciones de reparación o de cobro de pesos, en general, contra el Estado no se salen a buscar y se inician con demandas meticulosa y debidamente fundadas. Sin perjuicio de que —ahora más que nunca— con demasiada y significativa frecuencia (lo que el Sr. Presidente no puede ignorar) dichos fundamentos argumentales y probatorios no sean, en general, suficientes o compartibles —a juicio de los Tribunales— para que el litigante contra el Estado gane el pleito. Salvo honrosas excepciones, los juicios contra el Estado se han transformado en un negocio muy vidrioso por más razones que tenga el litigante, sin contar, además, que estos procesos son excesivamente trabajosos porque se desarrollan como difícilísimas, tortuosas y largas carreras de obstáculos.
De modo que cuando el Sr. Presidente ataca tan bajo a los abogados que patrocinan contra el Estado, es decir, los efectos y no las causas del fenómeno, en realidad está haciendo por lo menos cuatro cosas: primero, niega indirectamente un dogma inconmovible de la democracia constitucional y el Estado de derecho, como es la responsabilidad civil del Estado en sentido amplio; segundo, simula ignorar la verdadera situación procesal que están atravesando los procesos contenciosos administrativos o de derecho público, en general. Amén de ocultar una consecuencia que él conoce, como es lo esforzado que es dedicarse profesionalmente a litigar contra el Estado en esta realidad que, cada vez más claramente, parece convertir la responsabilidad civil estatal en la irresponsabilidad propia de los totalitarismos y autoritarismos, debido a las múltiples y variadas cortapisas, limitaciones y obstáculos procesales con que tropiezan los demandantes en estos juicios; tercero, desconoce la obviedad de que el patrocinio en juicio es, según la Constitución y la ley, lo específico de la profesión de abogado y que ello configura una necesidad social en todo país civilizado y, además, un modo de vivir honesto de muchos compatriotas; cuarto, exagera en sus apreciaciones, porque el derecho ilimitable legislativamente a ser resarcido por la actividad estatal ilícita y dañina del Art. 24 de la Constitución y el del acreedor del Estado a que se le pague cuando éste no cumple sus obligaciones, ha tiempo que se vienen acotando cada vez más en la realidad de estos procesos en contra de la Constitución y la ley.
No sabemos con certeza qué se trae el Sr. Presidente “abajo del poncho” al haber manifestado opiniones tan equivocadas, exageradas y agraviantes para los abogados que patrocinan en juicio contra el Estado. Pero creemos que cualquiera que sea su propósito, no debería tardar en retractarse y pedir públicamente las debidas disculpas a los ofendidos. La buena educación se ha inventado para disimular nuestros humanos defectos.